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8 mar 2011

Ser y parecer (en la selva de las letras)

Fuente | Planeta

En la literatura, como en la vida, se dan a cada tanto fenómenos difícilmente explicables. Verbigracia: en las últimas semanas un libro titulado What every man thinks about apart from sex -algo así como 'Lo que todo hombre piensa aparte de sexo'- se ha convertido en un acontecimiento editorial en Reino Unido. ¿Por su provocador contenido? Pues sí... y no.

Resulta que sí, que el contenido del libro de marras es provocador, pero no precisamente por lo que uno podría imaginarse. Su autor, un cachondo mental que atiende por Sheridan Simove, un joven algo menos joven que yo graduado en la Universidad de Oxford, tuvo la feliz ocurrencia de dejar en blanco las 200 páginas resultantes de "39 años de minuciosa investigación y el estudio práctico en el tema". Aquí termina la sorpresa inicial.

Lo más curioso del (aparentemente) inexplicable fenómeno de ventas es que los estudiantes británicos están utilizando el engañabobos como bloc de notas; algo que, indirectamente, está echando por tierra la 'sesuda' investigación de Simove: al cabo, parece que la realidad demuestra que, más allá del tópico chiste, el hombre piensa en algo más que sexo.

Como quiera que sea, el autor del libro superventas amenaza con continuar sus (escasamente científicas) investigaciones y publicar un estudio semejante alrededor del pensamiento femenino para dentro de una década. Si cumple su anuncio, pasará, sin pretenderlo, a formar parte -por derecho- de la ilustre nómina de escritores presentes en uno de los más sugestivos ensayos de la temporada: Saber de libros sin leer, un heterodoxo manual de literatura para 'midcults' elaborado por el crítico Henry Hitchings que proporciona todos los conocimientos necesarios para defenderse con pericia en la selva de las apariencias culturetas.

24 feb 2011

Opinión pública y opinión publicada

Fuente | ¿Es posible?

El crítico extremeño José Luis García Martín abre sus 'ventanas de papel' de ABC Cultural a dos de los libros fundamentales de la 'rentrée' de 2011: los de Gimferrer y Marsé. Con su mala baba habitual, y arrogándose -de manera pretenciosa- la voz colectiva de los lectores, desprecia la altura literaria que jamás podrá alcanzar él como creador. Conviene tenerlo en cuenta, en todo caso:

"Dijo una vez un político que no hay que confundir opinión pública con opinión publicada. Así es, al menos en literatura. Cada vez resulta más frecuente el aplauso unánime de la crítica y el unánime desdén de los lectores (no de los compradores). Dos ejemplos recientes: Rapsodia, de Gimferrer, y Caligrafía de los sueños, de Marsé. 'Escrito en seis días' se anuncia uno, con circense fanfarria; 'La primera novela después del Cervantes', el otro. Tras ripiosos tumbos entre modernismo y postismo, vuelve Gimferrer a reescribir sus versos de hace cuarenta años: lo que entonces deslumbraba, por contraste con la grisura realista, ahora parece envejecida quincallería, aunque no deje de sorprender alguna imagen, pronto difuminada en el automatismo del conjunto. Caligrafía de los sueños suena tan a Marsé que ni siquiera necesitaría haberla escrito Marsé. Se equivoca quien piense que son malos libros. Son solo prescindibles, cansinas vueltas de tuerca. Tan consabidos que quien conoce su obra anterior podría, no ya reseñarlos, sino dar conferencias sobre ellos sin haberlos leído. El poema 'más que a significar aspira a ser' afirman Gimferrer y tantos teóricos de la literatura. Pero nada más fácil que un poema que 'es' y 'nada significa': cualquiera escrito en una lengua que ignoramos. Deleitarse con la musicalidad de sus significantes supondría así la culminación del placer estético.

Barcelona, años cuarenta, un tranvía lleno, un viajero que se dirige a un orondo sacerdote afirmando que nunca será 'siervo de una Iglesia que pasea al centinela de Occidente bajo palio'. En una serie de televisión, cambiaríamos de canal. En una fantasía autobiográfica de Marsé, por cortesía seguimos leyendo. Con cierto nombre, y la adecuada promoción, se puede vender cualquier cosa sin que falten reseñistas que disfracen de crítica literaria los ditirambos publicitarios. Pero no hay que alarmarse: la opinión pública no siempre coincide con la publicada".

Marsé, el calígrafo

Fuente | El País

Marsé, al cabo uno de los premios Cervantes más justos de la literatura en español, publica nueva novela tras el (eternamente prorrogado) reconocimiento: Caligrafía de los sueños se titula una obra que es, a la vez, la misma canción 'marseana' de siempre y un soplo de aire fresco para la narrativa nacional. Como suena: se puede echar mano de la nostalgia con la vista puesta en el futuro, aunque eso solo esté al alcance de los maestros. Los descreídos, sigan la guía publicada por el crítico José-Carlos Mainer en Babelia:

"Se llama Mingo, que es un ridículo hipocorístico de Domingo, pero quiere que le llamen Ringo, como el personaje de John Wayne en 'La diligencia', de John Ford. Lo recordará algún lector de esta novela como uno de los adolescentes de Si te dicen que caí, el que tiene un padre más declaradamente 'rojo'. Aquí ha cumplido quince años, es hijo adoptado y acaba de perder un dedo en el taller de joyería donde trabaja. Y quiere ser pianista. Nada es lo que parece, o lo que la gente quisiera que fuera, en 1948... En la primera escena de Caligrafía de los sueños, una mujer desesperada se tiende sobre las vías del tranvía pero no son más que dos trozos de raíl que sobrevivieron a la retirada del servicio. Y la calle donde sucede todo tiene el nombre evocador de Torrente de las Flores aunque parece que recibió su designación por los dos apellidos de un antiguo propietario, el señor Torrente Flores. También Victoria Mir, la suicida, se hace llamar 'quinesióloga y quiromasajista' pero ejerce de curandera en su propia casa y hace sus ungüentos con las hierbas que recoge en la Montaña Pelada. Fue la mujer del alcalde de barrio falangista, que se suicidó; su amante, Benito Alonso, fue futbolista y ahora y siempre será un don nadie fantasioso y con pocos escrúpulos, como lo son casi todos: como el capitán Blay y el señor Sucre a quienes ya conocimos en El embrujo de Shanghai.

Nada es lo que parece pero todavía es peor en 'el culo del mundo' -se repite varias veces- que era la Barcelona de entonces (Ringo y sus amigos no olvidarán nunca que el 'malo' de la película 'El signo del Zorro' -era Basil Rathbone; el 'bueno' era Tyrone Power y la chica, Linda Darnell; el director, Rouben Mamoulian- había sido profesor de esgrima en Barcelona: jamás pudieron imaginar que el nombre de su ciudad se oyera en un filme de Hollywood). Pero Ringo intuye pronto la inestabilidad fantasmal de lo que le rodea: 'Como suele sucederle en los sueños, percibe en todo lo que está pasando aquí una mezcla de veracidad y absurdo', leemos al comienzo de la novela. Es su frase clave, si añadimos también a los ingredientes una tragedia impotente y un choteo resignado. Juan Marsé ha averiguado que la fidelidad a la memoria supone confiar en un material muy frágil que el tiempo y el egoísmo modifican inexorablemente. Novela a novela, el escritor ha descubierto que la memoria es cada vez menos exacta (al menos, desde la vuelta de tuerca que supuso Un día volveré). Pero también sabe que quien la cuenta es el que manda. Y los requisitos son dos, que conoce muy bien: hay que tener fuerza para evocar ('¿te sitúas?', repite aquí el contador de 'aventis', como si esto fuera una consigna literaria y quizá un recuerdo de aquella 'compositio loci' que recomiendan los 'Ejercicios Espirituales' ignacianos) y el recuerdo debe acompañarse de un cierto rencor justiciero (Ringo 'contempla la ciudad que se extiende hasta el mar bajo una levísima neblina y rechina los dientes': en el rechinar de dientes está lo que señalo).

Posiblemente, en la mutilación del muchacho, el testigo principal, haya algo de simbólico en orden a lo que se viene diciendo; perder el dedo fue una renuncia a su sueño y quizá un autocastigo, pero sabemos que mediante ellos se ganó la toma de posesión de su verdadero destino: tener derecho a narrar. Para alcanzarlo, ha debido soportar la identidad borrosa de un niño adoptado e incluso ser el culpable de pequeñas crueldades imborrables -la muerte de un gorrioncillo, no haber llegado a entregar una carta que se tragó la cloaca, tratar mal a Violeta y aprovecharse sexualmente de su pasividad- que generaron la mala conciencia y el apartamiento un poco soberbio que siempre habrá de tener un narrador conspicuo. En el capítulo homónimo del libro, 'Caligrafía de los sueños', se escenifica la toma de posesión de esa dignidad de testigo: Ringo coge una hoja limpia de la libreta y un lápiz afilado, y sabe que ya no le interesará la sopa de músicas peliculeras en la que vive sino 'la melodía de las palabras que ahora vuelven', aquel 'mutilado conjunto de notas que la memoria auditiva había guardado y ahora convertía en palabras [...]. Y corrige y concluye el que será, aunque todavía no lo sepa, párrafo seminal'. En toda novela de Marsé hay uno de esos párrafos: madeja que se devana, centro que irradia calor e incendia el resto de los párrafos.

La potestad de narrar hay que merecerla... Juan Marsé lleva más de medio siglo haciéndolo y, por supuesto, Ringo tiene mucho de él. No es una novela autobiográfica. Pero quien sea habitual de los relatos del escritor diría que se trata de nueva destilación de la autobiografía en forma de novela: en El amante bilingüe ya jugó con la doble identidad del personaje central -Faneca y Marés- con ánimo de crear un fantasma suyo en el relato y así burlarse de todos los participantes en la habitual rebatiña de las identidades lingüísticas excluyentes. Aquí, en torno al inicio de una vocación (y de un oficio y de un destino), ha reelaborado o inventado con ternura y sarcasmo las huellas de su propio pasado, lo que incluye el relato de su propio nacimiento y el recuerdo de unos padres adoptivos, que seguramente no tuvieron mucho que ver con los reales: la espléndida Berta de esta novela, siempre confiada en la suerte, y Pep, el Matarratas, anticlerical y republicano, a ratos contrabandista y otros secuaz de un grupo de ayuda a prófugos rojos, que además trabaja en un centro clandestino de torrefacción de café (cuyo olor también impregnaba el cuerpo de Juanita, en Si te dicen que caí, y el de Rosita, en Ronda del Guinardó).

Después de una novela como Canciones de amor en Lolita's Club, que tenía algo de violento reportaje, de respuesta visceral a lo que ahora mismo está pasando, Juan Marsé nos ha vuelto a contar muchas de las razones por las que persiste su fidelidad a un barrio, a unos tipos humanos y a una manera de narrar: en escenas demoradas cuando se siente a gusto en ellas, calibrando cada adjetivo, sumando bulímicamente cada detalle o cada imagen, hasta lograr la intensidad que se busca. Esta vez el relato tiene un tono más reposado y menos tenso, con algo de piedad bienhumorada y con un manifiesto deseo de final feliz. O casi, ya que, a la postre, lo que parecía una deriva de episodios a medias entre la fantasía y la verdad acaba por revelar su entraña de sordidez. Ringo-Marsé la ha descubierto y tiene de qué seguir escribiendo: por ejemplo, haciéndolo de 'los buenos propósitos y su flagrante inanidad'... Lo cual quiere decir que escribirá de la vida misma".

Gimferrer, el rapsoda

Portada del libro
Fuente | Seix Barral

Ha regresado a las librerías el gran poeta (vivo) de la literatura catalana: Pere Gimferrer. Rapsodia es el título de un subyugante poema-libro compuesto en seis días que Ángel L. Prieto de Paula valoraba así en Babelia:

"El sólido prestigio de Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) no le ha impedido embarcarse en arriesgados proyectos en los que juega al todo o nada, como si tuviese que trepar a un trono olímpico que ocupa sin disputa desde hace casi medio siglo. El autor que en 1966 había anegado el imperio del realismo con un río de imágenes surreales (Arde el mar), y que dos años después emitía un largo lamento semivelado por los brillos cinematográficos (La muerte en Beverly Hills), dio un primer quiebro cuando mostró al aire las raíces de un yo que, hasta entonces, aparecía y desaparecía en sus irisaciones culturalistas. Lo hizo en catalán (Els miralls, 1970), la lengua de su poesía durante varias décadas. Luego siguieron títulos como L'espai desert (1977) o Com un epíleg (1981), que amagaba con ser la cala del silencio definitivo. Pero el poeta volvió a sorprender con Mascarada (1996), donde a sus motivos anteriores se sumaba una poderosa carga de protesta civil. No sería su última inflexión. Amor en vilo (2006), otra vez en castellano, daba curso a un autobiografismo erótico y desmedido, que aturdió a muchos lectores tanto más cuanto que el autor había trabajado desde sus comienzos con correlatos objetivos y otros resortes para rebajar el confesionalismo. En este punto, y tras Tornado (2008), se entiende la expectación ante Rapsodia, el nuevo y excelente libro de Gimferrer.

Es este un poema-libro articulado en diecisiete secuencias, unitario por el fervor de la dicción y por la irradiación sucesiva de sus imágenes irracionales. Sus tiradas de endecasílabos blancos sortean la monotonía o el sonsonete mediante ocasionales alteraciones acentuales o versos de otra medida; solo difiere la primera serie, escrita casi en su totalidad en alejandrinos: 'Se ha desencuadernado por la mitad mi vida, / como el pienso del alba se desploma en los sauces'... Lo más llamativo es quizá su rescate del Gimferrer inicial, visible en su resplandor arrebatado, su mundo de asociaciones libres, el poema como palimpsesto donde se inscriben versos y motivos ajenos (de Dante a Cernuda, de Garcilaso a Eliot) y la lectura de la vida a través de los filtros del cine, la literatura, la pintura o la naturaleza sometida al arte. Destaca la traducción de las imágenes a palabras (écfrasis), una subversión aún activa de las vanguardias, en cuanto que rompe el orden discursivo como representación del logos; y también, a la inversa, la plasmación visual de las ideas. Aquí están, por lo demás, su universo amoroso, una cierta entonación hímnica teñida de elegía en algunas remisiones al pasado, y la concepción de la poesía en tanto que realidad autónoma que se dice a sí misma y que se aparta de la utilización de las palabras como meros instrumentos para comunicar.

De modo que Rapsodia supone para el lector una especie de reconocimiento platónico de Gimferrer: algo que debe subrayarse, pues en los últimos tiempos el autor nos había habituado a la sorpresa (si vale la paradoja). El libro relee creativamente la tradición gimferreriana más temprana: de Mensaje del Tetrarca (1963) tiene el encendimiento y el empaque cosmológico, aunque no su enfatismo; de Arde el mar (1966), el despliegue de su mapa cultural; de La muerte en Beverly Hills (1968), la nervadura visionaria y su bagaje de metáforas contemporáneas.

Como si quisiera evitarnos lecturas descarriadas, el libro proporciona algunas orientaciones 'ad usum Delphini': la definición de 'rapsodia' del diccionario Oxford (entusiasta y extravagante declamación o composición de tono elevado...), una relación de juicios críticos y una 'Nota' donde el autor explica que su redacción le ha llevado seis días, aunque la corrección le ocupara varios meses. Todo ello es adventicio o irrelevante. Se esforzará en vano o simplemente errará el tiro quien pretenda descubrir un argumentario referencial. Por el contrario, Rapsodia es una construcción sostenida por vislumbres suprarreales: 'La luz de una campana de titanio / envuelve los viñedos, y en las parras / una sirena de cristal de roca / desde el rosal del aire desgajado / separa nuestros ojos'... La intensidad lírica solo desciende cuando los versos ceden al didactismo metapoético, como en la serie XIV, que defiende la autosuficiencia del poema y un lenguaje cuya validez no está supeditada a los significados externos (y aquí resurge el propósito creacionista de Prometeo o de Luzbel, creo que esta vez sí periclitado): 'por versos anteriores al sentido / o por encima del sentido, versos / que significan lo que el verso es, / no lo que puede significar'...

Las fulguraciones de Rapsodia recorren el camino de retorno a la juventud del autor. Soberbiamente dotado para decir la vida en clave artística, Gimferrer ha compuesto un poema recapitulativo cuya maestría y belleza se perciben globalmente, pues todo en él está concertado para la música del conjunto: sin alardes, adornos o excrecencias que pudieran desviar hacia lo accesorio la atención lectora".

22 feb 2011

Decálogo para escribir claro

Portada del libro
Fuente | Editorial UOC

El (joven) periodista e (imprescindible) bloguero Jordi Pérez Colomé -colega y coetáneo de un servidor- ha escrito un librito titulado Cómo escribir claro. Su título espanta por pretencioso, pero cabe argumentar en su defensa que tan diminuto opúsculo huye de todo academicismo tanto como de sentar cátedra. En él se incluye un decálogo que todo aquel que se dedique a juntar letras debería tener en cuenta. No digo seguir a rajatabla: digo tener en cuenta:

"1. El lector manda

2. La cabeza, ordenada

3. Escribir no es fácil, tampoco es divertido

4. Hay que escribir, no demostrar que se sabe escribir

5. Para mejorar, hay que practicar

6. Si una palabra parece innecesaria, seguro que lo es

7. Si una palabra corta va bien, por qué poner una larga

8. La frase corta, la voz activa y afirmativa, el párrafo útil

9. El lenguaje debe ser definido, concreto

10. Releer, retocar, reescribir".

La (pen)última buena novela negra

Portada del libro
Fuente | RBA

RBA acaba de publicar, dentro de su 'Serie Negra', una obra maestra del género: El último buen beso, de James Crumley. "Una experiencia llena de trepidante acción, cruel ironía y crítica brutal al género humano", según la propia editorial. Mucho más que eso, para Rodrigo Fresán, que se deshace en elogios hacia este clásico de la literatura del siglo XX desde las páginas de ABC Cultural:

"Si puede afirmarse que Chandler reescribió con astucia El gran Gatsby, de Fitzgerald, a la hora de su El largo adiós, entonces puede decirse que James Crumley fue todavía más audaz. Porque Crumley -sin salir del género- se atrevió a reescribir El largo adiós cuando nos dio El último buen beso: 'philipmarloweiana' ya desde el título y su indiscutible obra maestra. Basta con recorrer tributos a la hora del adiós a Crumley (1939-2005) y enumerar apellidos de renombre haciendo fila y dándose codazos (nada más y nada menos que Ray Bradbury llegó a homenajearlo bautizando como Crumley al protagonista de sus policiales hollywoodenses) para asistir a noble y dolida competición por quién hablaba más y mejor de este 'escritor de escritores'.

Allí, muchas cosas buenas y graciosas, y diferentes, se dicen de él. Todos, sin embargo, coinciden en caer de rodillas cuando se refieren a El último buen beso.

Perteneciente al llamado 'Grupo de Montana', Crumley debutó con una excelente novela autobiográfica y soldadesca 'de Vietnam', pero transcurriendo en las Filipinas y con ecos de Trampa-22, de Joseph Heller (Uno que marque el paso, 1969). Pero enseguida resolvió que lo suyo pasaba más por la investigación privada que por la debacle nacional. Así, creó a dos detectives inolvidables que, a lo largo de sus respectivas misiones, a menudo parecen la misma persona. Ambos son cínicos, veteranos de Vietnam, sus narices son amantes de la cocaína, y Crumley acabó reuniéndolos en la demencial y fronteriza Bordersnakes (1996). A saber: Milton Chester 'Milo' Milodragovitch (a quien conocimos en Un caso equivocado, 1975) y C. W. Sughrue.

Este último es el que sale a la carretera en El último buen beso (1978) junto a un escritor etílico, cruce de Dylan Thomas con Norman Mailer (el Terry Lennox de la ecuación aquí), en busca de una joven perdida en más de un sentido para tropezar por el camino con un bulldog impasible (pero con un sentido y olfato ético mucho más desarrollado que el de sus dueños) y (reflejos de Ross Macdonald) con los despojos de la Generación de Acuario en un paisaje donde el amor libre deriva hacia la pornografía prisionera.

Todo se abre con una de las mejores y más líricas frases jamás encontrada en una novela 'noir' (buscarla, descubrirla, disfrutarla, admirarla) y cierra con uno de esos finales con antiheróico héroe asqueado por la calidad y pureza que puede llegar a alcanzar la podredumbre moral de hombres y mujeres. Llegado ese punto, se confirma lo que veníamos sospechando desde la primera página: estamos ante un gran libro, ante literatura de la buena a secas y sin etiquetas. 'La ficción seria a veces es seria. La ficción detectivesca a veces es seria, pero por lo general no. Por otra parte, cuando la ficción seria intenta ser seria, a menudo resulta ridícula. La ficción detectivesca, en cambio, nunca resulta ridícula cuando quiere ser seria', dictaminó Crumley en una entrevista. Basta con remitirse a El último buen beso como prueba de ello. Y, de acuerdo, a menudo se le criticó a Crumley -mientras se ensalzaba la fuerza y elegancia de su prosa- que sus tramas a veces eran, como la vida real, algo confusas y dejaban demasiados cabos sueltos.

Y ahí está su último libro, The Right Madness (2005, otra vez con Sughrue), donde Crumley parece estar reescribiendo, sí, la perfecta El último buen beso en la que todo encaja, no hay nada fuera de lugar, y la resolución del 'misterio' emociona e indigna como pocas veces en la vida de un lector curtido en tristes y solitarios finales".

Portada de la primera edición en inglés
Fuente | only detect

El burdel, Cercas y Espada

Arcadi Espada y Javier Cercas
Fuente | Letras Libres

El asunto del 'lupanar en Arganzuela' va camino de convertirse en el alimento más provechoso del panorama mediático español del modernísimo siglo XXI. Tras la apariencia de chisme cultureta se esconde una de las más sustanciosas lecciones periodísticas que ha deparado la profesión en los últimos tiempos. Por eso merece la pena seguir de cerca este duelo -en el que ambos contendientes esgrimen un arma tan (in)ofensiva como el teclado-; por eso me parece tan acertado el análisis que de él hace Daniel Gascón en el blog de la redacción de Letras Libres:

"Arcadi Espada y Javier Cercas mantienen desde hace años una polémica sobre la verdad periodística y literaria. En España no abunda ese tipo de controversias enriquecedoras que, cuando descienden lamentablemente de la teoría al insulto, recuerdan la frase de Woody Allen: “los intelectuales son como la Mafia: solo matan a los suyos”.

Hace unos días, Cercas escribió un artículo donde defendía a Francisco Rico, que había publicado un texto contra la ley del tabaco donde decía que no había fumado en su vida. Muchos lectores, que sabían que el filólogo es un hombre a un cigarrillo pegado, protestaron. Cercas les acusaba de no tener sentido del humor y defendía que “el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente”, “no una mera acumulación de hechos sino una interpretación de los hechos”, y que no debemos exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responda a la verdad de los hechos. El martes, Arcadi publicó una columna en El Mundo donde contaba que Cercas había sido detenido en una redada en un prostíbulo de Arganzuela. Algunos medios implicaban a Cercas en una trama de explotación de mujeres y Espada salía en su defensa.

Como ha explicado el propio Espada, lo que contaba la columna era falso: el periodista aplicaba los argumentos de Cercas al autor de Soldados de Salamina. Usaba con brillantez un procedimiento similar al que había empleado en un fragmento de Diarios:

'El célebre periodista español Mariano de Cavia mintió un siglo antes escribiendo un artículo donde narraba el incendio del Museo del Prado. Mucha gente lo creyó. Lo que Cavia quería, justamente, era evitar la posibilidad del incendio y convencer a las autoridades de la necesidad de mejorar la seguridad en el museo. Nunca sabremos si con ese artículo se evitó la quema del Prado y tamaña desgracia para la Humanidad. Pero sí sabemos que Alfonso Hueste-Medina, un anciano coleccionista de arte de Madrid, seguramente ya enfermo, murió de un infarto fulminante en su palacete de Serrano, seguramente después de llamar, horrorizado, a su criada y empezar a relatarle lo que contaba Cavia. No hay duda de que el Prado se quemó para él.

A la mañana siguiente

Ni Alfonso Hueste-Medina ni su historia son reales. Espero que hayan aprendido la lección'.

No creo que sea exacto decir que Espada 'ha lanzado un bulo' ni una calumnia, aunque el ejemplo que usa ha podido crearle más problemas a Cercas que otros a los que podría haber recurrido. En la disputa hay un elemento de antipatía personal, que también se ve en algunos de los que han criticado el correctivo de Espada. Pero, en todo caso, Cercas se equivocaba en su defensa de Francisco Rico. El periodista que introduce la ficción en un texto del periódico está violando su pacto con el lector. Ni siquiera tiene el mérito que supone obtener la suspensión del escepticismo, como en una novela, porque opera gracias a la credibilidad de los hechos reales y el lector asume de entrada que lo que le cuentan es cierto. Es un engaño. A diferencia del periodismo, la literatura no es verdad ni mentira, sino ficción, y sabemos que crea objetos y significados simbólicos, pero ese periodismo falaz o 'imaginativo' genera de forma fraudulenta significados simbólicos, que son muy peligrosos cuando no los identificamos como tales, y los genera, además, sobre objetos y personas de verdad. El propio Cercas, que hoy vuelve a escribir sobre el asunto, ha demostrado que entiende esa diferencia en otros textos. Su admirable libro sobre el 23-F, Anatomía de un instante, distingue claramente entre los hechos comprobados y la especulación. En términos pragmáticos, ese tipo de periodismo incumple como poco la máxima de calidad de Paul Grice. Eso perjudica a quien lo lee, al periódico y a menudo a un tercero. Y dinamita todo su discurso, porque la frontera entre realidad y ficción es el único lugar donde se cumple el principio homeopático: una sola gota de mentira contamina todo el contenido y desautoriza al emisor".

19 feb 2011

Espada, Cercas y el burdel


Las agarradas -negro sobre blanco, naturalmente- entre Arcadi Espada y Javier Cercas -maestros ambos para mí, cada uno en lo suyo- en torno a la delgada línea roja que separa periodismo y literatura, ficción y realidad en la narrativa (pseudo)periodística contemporánea -relatos reales me parece que lo llaman- son bien conocidas por los amantes de las letras españolas -en cualquiera de sus manifestaciones-. Sucede que esta semana la cosa ha llegado a las manos -es un decir- por culpa de una columna publicada por el primero en El Mundo el pasado día 15. El escrito ha hecho correr ya ríos de tinta -y de sangre mediática, claro- pese a su corta vida, y ha permitido a Espada llevarse el 'gato al agua' -de momento- en un duelo de (afiladas) plumas al que nadie puesto aún el 'the end'. Sirva como consuelo, entre tanto, la síntesis del asunto que publicaba antes de ayer el animador del cotarro en su diario:

"Tenía un hombre que días antes, y a propósito de una columna mía, había escrito una carta a este periódico cuyo único argumento era llamarme mentecato, haciendo uso del lenguaje recto. Y un hombre que, sobre todo, había escrito en el diario El País un artículo con una serie de proposiciones entre las que destacaba, justo al comienzo, esta frase de Hitler como paradójico (y potente) argumento de autoridad: 'Exigimos una campaña legal contra quienes propagan mentiras políticas deliberadas y las diseminan a través de la prensa'.

Luego venía su pasmoso corolario lógico: '¿Quién escribió eso? Adolf Hitler, en 1920. ¿Qué significa eso? Significa, al menos, que hay que desconfiar de los cruzados contra el embuste, porque el énfasis en la verdad delata casi siempre al mentiroso'.

Y luego: 'El mejor lugar donde asediar la verdad factual del presente es el periódico. ¿Quiere esto decir que hay que exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responde a la verdad de los hechos? A mi juicio, no'.

Y luego: 'Se dirá que todo esto atañe solo a una parte del periódico, a esas secciones donde, como en las columnas o en los artículos de opinión, son admisibles ciertas licencias, y no al resto, donde lo que debe imperar es la verdad factual; es cierto, pero añado una reflexión a esa certeza. Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. La palabra clave es imaginativa'.

Y luego. Y luego.

Eran sus absurdas excrecencias de siempre. Pensé que merecía una lección y que iba a dársela. La lección consistiría en aplicar sus premisas a un caso concreto. A una ficción concreta. Me iba a tomar con él alguna licencia, como tan graciosamente las llama. Era inevitable que sufriera alguna molestia, que en cualquier caso sería ligera y breve. Mucho más ligera, en cualquier caso, que las que habían sufrido en su mismo periódico algunas de las víctimas de sus modelos. Las de Juan José Millás, el primero. Y no, desde luego, por lo que se refiere a sus cuentos industriales tipo, para seguir a Cercas en su paráfrasis, 'abre la nevera y se encuentra dentro a su madre enana, con un cubata de Bacardí en una mano y un porro en la otra'. Nada de eso. Algo aún más aéreo. Cuando observando una foto de Rajoy con amigos Millás sentenciaba que la distancia de seguridad que guardaban se debía probablemente a la halitosis. Un cálido ejemplo de ficción con nombres propios. (El País Semanal, 31 de agosto de 2008) O cuando su maestro, Francisco Rico Manrique, se instalaba en el ambigú y en la posdata de un suelto sobre el fumar declaraba que no había fumado nunca un pitillo (El País, 11 de enero de 2011) mintiendo sobre su condición largamente nicotina para que al menos uno de sus argumentos sobreviviera. (Sin embargo, lo mejor de Rico sucedió a los pocos días cuando preguntado por la Defensora del Lector sacó el pitillo Rimbaud, le pidió fuego a la sorprendida e hizo la primera voluta: 'J’est un autre'. Lástima que luego cayera en una impropia 'nota de color', aunque algo de vulgaridad le va bien al talento). O qué decir, en fin, de uno de sus héroes antepasados, el fotógrafo Javier Bauluz, cuando adjudicó toda la indiferencia de Occidente ante la desdicha a una inerme pareja de bañistas cazada en la cercanía -trucada- de un cadáver.

En todos esos casos, y en decenas que podían añadirse, esas ficciones, al igual que la mía, fueron creídas por mucha gente. Y habían causado daños. A Rajoy. A su mujer, porque la halitosis, incluso imaginaria, es uno de los motivos femeninos más aducidos para evitar las relaciones sexuales. A los lectores de Francisco Rico, de cuya confianza había abusado el académico. Y, desde luego, también a la pareja de bañistas estigmatizada por el fotógrafo Bauluz a causa de su falsa, pero manifiesta, falta de piedad. Por lo tanto me preocupaban las molestias que pudiera causarle a Cercas. Aunque menos, francamente, que las que yo mismo iba a causarme. Para empezar, iba a hacer de Cercas. Iba a seguir sus consejos y a fabricar una verdad moral a partir de una mentira fáctica, como con tanta insistencia, y sin quitarme un ojo de encima durante todas las horas de todos estos años, había tratado de inculcarme. La fabricación sólo podía hacerse en las páginas de un periódico. Sólo en el periódico se puede mentir. Que Ana Karenina se tire al tren no es mentira ni verdad. Que Javier Cercas estuviese en un lupanar, de Arganzuela, la madrugada del domingo es mentira y de la buena. Sabía, ciertamente, que yo no iba a salir sin daños del empeño. El primero es la seguridad de que iban a llamarme, y con toda razón, Cercas. Inmediatamente después, la arremetida del populacho cibernético, cuyo nivel de instrucción es ya inversamente proporcional a su capacidad de publicación. Luego había también el peligro de que me gustara. Y one more thing. Un peligro con el que yo entonces no contaba, que un lector muy sutil de mi blog describía en un comentario y que al cabo ha sido para mí el daño mayor, aunque instructivo.

Hay que dar un rodeo para explicarlo. Mi columna quería reproducir de Cercas hasta su enrollada untuosidad. Cuando releo esta frase que yo habré escrito, y ya para siempre: 'Sobre todo, porque el caso no refleja más que nuestra identidad de inofensivos soldados, al fin y al cabo sólo interesados en las maniobras de la retórica, el estilo y la verdad' me da un repeluco y hasta he de ir corriendo a lavarme. Pero es que toda la columna es una muestra elemental, casi grosera, del abrazo del oso. Algo muy de Cercas: sólo cabe leer la flatulenta crónica que dedicó en El País Semanal (8 de marzo de 2009) a nuestro casual y educado encuentro en un aeropuerto. La inexorable inmoralidad del abrazo del oso la explica bien este párrafo de la revista de prensa de Libertad Digital (15 de febrero): 'Pero la columna más informativa del día es la de Arcadi Espada en El Mundo, que le echa una mano al cuello a Javier Cercas. ¿Se habían enterado de que al columnista de El País le detuvieron el otro día en una redada contra la 'explotación sexual' en un burdel de Arganzuela? Pues ya lo saben. Le pusieron enseguida en libertad, que conste. 'No es ni lógico ni justo ni tolerable que su nombre fuera citado al día siguiente en uno de esos siniestros programas televisivos que se llevan el gato del periodismo al agua, pero sólo para escaldarlo', se indigna Espada. Y le envía un 'fraternal abrazo a la víctima Cercas'. Otro desde aquí, Javier, y dale las gracias a Arcadi. Si no es por su publicidad a lo mejor nunca nos habríamos enterado'. Leyendo esto, y la infinidad de comentarios posteriores, supe que había muchas personas que me creían capaces de escribir un texto así. Es decir, un texto que con la excusa de la solidaridad y la mano tendida fuera capaz de dar eco múltiple a la vida privada de Cercas. Estimable lección: muchos más lectores de los que creía piensan que soy capaz de una villanía semejante. Está bien saberlo.

En la información que publicaba ayer el diario El País (donde por cierto había un suelto de Lluís Bassets, su director adjunto, del que me ocuparé con atento detalle en 'Un lupanar en Arganzuela', blog) Cercas considera que yo le he calumniado. Ojalá sea una muestra, aunque oblicua, de que la edad pueril ha terminado y que el propósito moral de mi columna ha empezado a hacer efecto. Pero la precisión aún no es su fuerte. Yo no le he acusado falsamente de ningún delito. Como máximo le he llamado (¡pero falsamente!) 'putero'. Y creo que ni siquiera. 'Cercas, que eres más puta que las gallinas', eso es más bien lo que le llevo llamándole desde hace tiempo, aunque sin utilizar el recto. Poner a alguien en un burdel no es un delito. ¡Ah, tiempos en los que hay que abrirse paso a través de los grititos! El propio Cercas ha dado alegre publicidad a una de sus visitas. 'Hijos de la chingada, denle todos la bienvenida a Javier Cercas, que recién aterriza en Tijuana. Pinche güey: qué pronto encontró Las Adelitas'. Entonces las prostitutas y los asesinos y los narcos de Las Adelitas me dan la bienvenida al paraíso con un grito unánime, y mientras me siento de golpe el hombre más honrado de la tierra, consciente de que por fin he llegado al sitio donde siempre había querido estar, porque siempre lo había buscado sin saber que estaba buscándolo, pienso que Tijuana es una playa tan infinitamente triste como una herida (...)', escribía un apasionado Cercas después de haber estado en el burdel Las Adelitas, de Tijuana (El País Semanal 17 de agosto de 2003). A ver si el problema va a ser Arganzuela.

En las mismas declaraciones Cercas insinúa que irá al juez. Deduzco que a lloriquear como un pobre faction lo que no supo ganar en la fiction. Oh, dios santo, si fuera al juez...! Y, oh dios, si ganara... ¡Y la jurisprudencia que crearía! Mi amigo Mercutio lo decía muy finamente donde Jabois. Haga lo que haga, jaque mate. Yo soy de dominó y lo veo más bien como un seis doble ahorcado. En cualquier caso siempre será mejor el juez. Porque la alternativa que expresa con su pompa en El País es nada más y nada menos que la del 'pronunciamiento público'. Y lo que hace después con los pronunciamientos: la anatomía del instante. Para temblar.

Bien. Lo he hecho. Crucé la raya y he vuelto. Es un lugar fácil y da un poco de asco. Como un burdel. Sólo ahora comprendo de verdad los nervios permanentes de Cercas. El peso que lleva. Mal oficio".

De quitarse el sombrero ¿convendrás conmigo?

10 feb 2011

1 libro 1 €uro


Así cuentan desde un blog de la ong Save the Children esta curiosa propuesta: "El periodista y escritor Juan Gómez Jurado lanzaba el lunes por la noche 1libro1euro, una iniciativa por la que su obra Espía de Dios, best seller internacional, puede descargarse en la red (en la página web) a cambio de un donativo de 1 euro a Save the Children. La movilización en Internet, en Twitter, Facebook... está siendo brutal. Pocas horas después del lanzamiento de la iniciativa ya se habían recaudado más de 4.000 euros pero además, como el propio Juan escribía en su Twitter, 'lo más alucinante de #1Libro1Euro es que lo estamos haciendo entre todos, en Twitter... pura sinergia'. Todos los comentarios de la gente que está apoyando la iniciativa en Twitter están siendo tremendamente reconfortantes, ilusionantes, embriagadoras... Una sensación parecida a la que hemos tenidos estos meses con @Kurioso y su España Fantasma, un proyecto que también nacía y crecía en las redes sociales.

Creemos en Internet. Disfrutamos de la cultura, nos gusta compartir, nos gusta disfrutar de lo que los demás comparten y, sobre todo, creemos en la solidaridad. Por eso, cuando alguien lanza una propuesta en la que se mezcla al mismo nivel cultura, solidaridad e Internet... que puedo decir, es algo así como cuando se te llena el corazón y solo te sale sonreír.

Por eso y por todo, os lanzamos millones de gracias a todos y todas por apoyar la iniciativa y, especialmente gracias al artífice de todo esto, Juan Gómez Jurado, por haber pensado en nosotros y por habernos hecho sentir tan orgullosos de formar parte de la Red o, para entendernos, 'esta, nuestra comunidad".

8 feb 2011

60 años de 'La familia Cebolleta'

Primera historieta de La familia Cebolleta
Fuente | El País

"La familia Cebolleta, el costumbrista y castizo retrato de los avatares de una familia española durante los años más ásperos del franquismo, cumple 60 años. Ediciones B lo celebra con la publicación este miércoles de una colección que recoge las 43 historietas más célebres del serial concebido por el dibujante Manuel Vázquez (Madrid, 1930-Barcelona, 1995) a comienzos de la década de los 50 y cuyo humor absurdo sigue vigente medio siglo después. Un tesoro para coleccionistas y seguidores de los autores que alumbró la extinta Editorial Bruguera, entre los que Vázquez ocupó un lugar privilegiado como maestro de sus compañeros de lápiz y papel" (El País).

¡Felicidades!

Miedo al 'Lector mal-herido'

Fuente | El Mundo

Desde hace algunos días, cuando uno accede al blog de crítica literaria 'Lector mal-herido', se topa con esta (ridícula) advertencia: "Algunos lectores de este blog se han puesto en contacto con Google porque consideran que el contenido del mismo es dudoso. Generalmente Google no revisa ni aprueba el contenido de este, ni de ningún otro blog. Para obtener más información relativa a las políticas de contenido, visita las Condiciones del servicio de Blogger".

Luis Alemany -hermano de mi compañera de estudios universitarios Rosina- lo cuenta en El Mundo, en diálogo con el popular bloguero afectado, el escritor Alberto Olmos: "Éste es el 'manto' que Google ha impuesto sobre el blog literario 'Lector mal-herido' para que no se vean tanto sus excesos. Si el usuario que intenta entrar en la página se da por enterado de que los textos de Juan Mal-herido llevan dos rombos y lo acepta, puede entrar en el blog. Si no, Google (el propietario del portal de blogs Blogger) les ahorrará las palabrotas y las fotos más o menos artísticas de chicas desnudas que Mal-herido emplea en su 'web'.

'Ya ves. Me molesta estéticamente, ese pórtico tan feo a mi blog. Lógicamente, las visitas van a bajar, pero también es verdad que los lectores habituales simplemente pincharán. Deseo continuar y listo', explicaba esta mañana el crítico. 'Aunque yo no había visto nunca esto, parece que no es raro que haya blogs de Blogger con este tipo de aviso previo. En realidad Google/Blogger no es culpable, sino, como cuentan ellos en algún lado de sus condiciones de uso, 'tons of people flagging it'. Vamos, que o varias personas se han dedicado a reportarme durante, no sé, 100 días, o 100 personas me han reportado durante un par de semanas. O miles. No sé cuántos son 'tons'.

El pasado mes de octubre, Mal-herido explicó en estas mismas pantallas que su blog 'va de chicas desnudas, autores literarios apaleados y comentarios sexuales y políticos muy subiditos de tono' en cierto sentido. Y, en cierto otro, 'de impugnar la aburrida, tendenciosa, inútil y baratísima dictadura de lo políticamente correcto, que ha conseguido, mediante la congelación de la libertad de expresión, que nada cambie ni pueda cambiar'. 'Dejo fluir prejuicios y tópicos y manías y fobias gratuitas con total naturalidad. De eso va este blog'.

Entonces, Mal-herido acababa de recopilar un puñado de sus entradas en un libro, Vida y opiniones de Juan Mal-herido".

Un libro, dicho sea de paso, delicioso, como el contenido -no tanto el continente- del blog castigador de las letras universales y particulares -sobre todo estas últimas-. No te lo pierdas: viene a ser como la telebasura pero con gafas de pasta. ¿Me entiendes?

Fuente | Melusina

4 feb 2011

'Un cadáver asqueroso' suma y sigue

Fuente | Diez Negritos

Hace ya algún tiempo, 'Diez Negritos' -que ya son trece- comenzaron a publicar en la red -vía blog- una novela colectiva que lleva por título 'Un cadáver asqueroso'. La aventura literaria va ya por el capítulo 15 -publicado esta misma semana, obra de Cristina Fallarás- y sigue haciendo gala de un anarquía (temática y rítmica) impagable. Si te quieres sumar a la parroquia de fieles, estás a tiempo [pincha aquí].

2 feb 2011

El enigma Pertierra


Joaquín Pertierra fue un excepcional ilustrador del tercer cuarto de siglo XX cuya misteriosa trayectoria ha sido capaz de impulsar, en pleno siglo XXI, al menos una novela 'transmedia' -El silencio se mueve, de Fernando Marías- y un blog del también ilustrador Javier Olivares que trata de esclarecer 'El enigma Pertierra'. Poco se sabe aún de tan inescrutable figura. Lo suficiente, en cualquier caso. Como que fue el autor (escritor e ilustrador) de un exquisito cuento infantil dedicado a su hijo Juan en 1976: El cuadro mágico de Van Gogh, que puedes leer (y admirar) pinchando aquí.

Murakami juega con la realidad en '1Q84'


Por fin ha llegado a las librerías la novela más ambiciosa de Haruki Murakami, 1Q84. Motivo de celebración que la prensa especializada ha aprovechado para envolver con una nueva tanda de elogiosos epítetos el flamante regalo de uno de sus autores favoritos, ejemplo paradigmático de la irresistible conjunción entre el secreto a voces y el best-seller selecto. En cualquier caso, mejor leer al propio autor que dejarse engatusar por los lujosos envoltorios mediáticos. Así distinguía hace unas semanas el narrador japonés entre 'Realidad A y Realidad B' desde las páginas de La Vanguardia:

"¿Cuáles fueron los acontecimientos que distinguieron el espíritu del siglo XXI del espíritu del siglo XX? Desde una perspectiva global fueron, en primer lugar, la destrucción del muro de Berlín y el subsiguiente final rápido del orden de la guerra fría y, segundo, la destrucción de los edificios del World Trade Center el 11 de septiembre del 2001. El primer acto de destrucción estuvo lleno de brillantes esperanzas, mientras que el siguiente fue una tragedia abrumadora. La convicción generalizada, en el primer caso, de que 'el mundo será mejor que nunca' fue totalmente despedazada por el desastre del 11/S. Estos dos actos de destrucción, que se desarrollaron en cada lado del punto de inflexión milenario con una inercia tan ampliamente distinta, parecen haberse combinado como una sola dualidad que causó una gran transformación en nuestra mentalidad.

Durante los últimos 30 años he escrito ficción en varias formas, desde cuentos cortos hasta novelas completas. Las historias siempre han sido uno de los conceptos humanos más fundamentales. Aunque cada una es única, funcionan principalmente como algo que puede compartirse o intercambiarse con otras. Esa es una de las cosas que les dan su significado. Las historias cambian de forma libre conforme inhalan el aire de cada nueva era. Siendo en principio un medio de transmisión cultural, son altamente variables en lo que respecta al modo de presentación que emplean. Como diestros diseñadores de moda, los novelistas arropamos las historias, conforme cambian de forma de un día a otro, con palabras adecuadas a sus perfiles.

Desde una perspectiva profesional, parecería que la conexión e interacción entre nosotros y las historias con que topamos experimentaron mayor cambio que nunca en algún momento cuando el mundo cruzó (o empezó a cruzar) el umbral del milenio. Que haya sido un cambio para bien o un cambio menos bienvenido, no estoy en posición de juzgarlo. Todo lo que puedo decir es que probablemente nunca podremos regresar al punto de partida.

Hablando por mí, uno de los motivos por los que lo siento con tanta convicción es el hecho de que la ficción que escribo experimenta en sí misma una transformación perceptible. Las historias en mi interior cambian de forma constante conforme inhalan la nueva atmósfera. Claramente puedo sentir el movimiento dentro de mi cuerpo. Puedo ver que al mismo tiempo también sucede un cambio sustancial en la forma en que los lectores reciben la ficción que escribo.

Ha habido un cambio que vale la pena resaltar, especialmente, en la postura de los lectores europeos y estadounidenses. Hasta ahora, mis novelas podían considerarse en términos del siglo XX. Esto es, podían entrar en sus mentes a través de pórticos como posmodernismo o realismo mágico u orientalismo; pero prácticamente desde que la gente acogió el nuevo siglo gradualmente empezó a despojarse del marco de estos ismos y a aceptar los mundos de mis historias con mayor tendencia al como es. Percibía intensamente este cambio cada vez que visitaba Europa y Estados Unidos. Me parecía que la gente aceptaba mis historias totalmente -historias muchas veces caóticas, otras tantas carentes de lógica, y donde la composición de realidad ha sido reconfigurada-. En lugar de analizar el caos dentro de mis historias, parecen haber comenzado a concebir un nuevo interés por la propia tarea de encontrar la mejor forma de aceptarlas.

En cambio, los lectores medios de los países asiáticos nunca necesitaron el pórtico de la teoría literaria para leer mi ficción. La mayoría de los asiáticos que se propusieron leer mis obras aceptaron al parecer desde el principio las historias que escribí como relativamente naturales. Primero llegó la aceptación, y luego (de ser necesario) el análisis. En la mayoría de los casos, en Occidente, sin embargo, con cierta variación, el análisis lógico vino antes de la aceptación. Estas diferencias entre Oriente y Occidente parecen desvanecerse con el paso de los años al influirse recíprocamente.

Si tuviera que etiquetar el proceso que ha experimentado el mundo durante los últimos años sería realineación.

Una importante realineación política y económica empezó después del final de la guerra fría. No hay mucho que decir acerca de la realineación en el área de la tecnología de la información, con un impactante desmantelamiento y establecimiento de sistemas a escala mundial. En el turbulento punto medio de estos procesos, obviamente, sería imposible que la literatura fuera la única que no se realineara y evitara el cambio sistémico.

Una importante dificultad ocasionada por este proceso de realineación es la pérdida -aunque sólo temporal- de los ejes coordinados para formar estándares de evaluación. Estos ejes estuvieron ahí hasta ahora, funcionando como bases fiables para medir el valor de las cosas. Se sentaban en la cabecera de la mesa como pater familias de los valores, decidiendo lo que concordaba y lo que no. Ahora nos despertamos y hallamos la desaparición no sólo del jefe de la familia, sino de la misma mesa. Por todos lados, parecería, las cosas han sido -o están siendo- tragadas por el caos.

Cuando oigo la palabra caos, automáticamente me imagino las escenas del 11-S -esas impactantes imágenes mostradas millones de veces en televisión-. Los dos aviones incrustándose contra los muros de cristal de las Torres Gemelas, las propias torres derrumbándose sin dejar rastro; escenas que seguirían siendo increíbles después de verlas más de un millón de veces. La trama que tuvo éxito con milagrosa perfección, una perfección que alcanzó casi un nivel de surrealismo. Si puedo decirlo sin temor a ser mal entendido, las imágenes parecían gráficos de ordenador para una película de Hollywood sobre el juicio final.

A menudo nos preguntamos cómo hubiera sido si nunca hubiera sucedido el 11-S o al menos si ese plan nunca hubiera sido tan exitoso de forma tan perfecta. El mundo habría sido muy distinto de lo que es ahora. Estados Unidos pudo haber tenido otro presidente (importante posibilidad) y las guerras en Iraq y Afganistán tal vez nunca habrían ocurrido (posibilidad aún mayor).

Llamemos Realidad A al mundo que tenemos actualmente, y Realidad B al mundo que pudimos haber tenido en ausencia del 11-S. No podremos dejar de observar que el mundo de Realidad B parece ser más real y racional que el mundo de Realidad A. Para decirlo en otros términos, vivimos en un mundo que tiene un nivel de realidad aún menor que el mundo irreal.

¿De qué otra forma podemos llamarlo sino caos?

¿Qué tipo de significado puede tener la ficción en una era como esta? ¿A qué tipo de propósito puede servir? En una era donde la realidad es insuficientemente real, ¿cuánta realidad pueden tener las historias ficticias? Sin lugar a dudas, este el problema al que hacemos frente ahora los novelistas, las preguntas que se nos han planteado. En el momento en que nuestras mentes cruzaron el umbral del nuevo siglo, también cruzamos el umbral de la realidad de una vez por todas. No tuvimos otra opción más que cruzarlo, finalmente, y, al hacerlo, nuestras historias se ven forzadas acambiar de estructura. Las novelas e historias que escribimos indudablemente serán cada vez más distintas en carácter y sensaciones que las que han aparecido antes, de la misma forma que la ficción del siglo XX se diferencia drástica y claramente de la ficción del siglo XIX.

El objetivo propio de una historia no es juzgar lo que está bien y lo que está mal, lo bueno y lo malo. Lo más importante es que determinemos si, en nuestro interior, los elementos variables y tradicionales avanzan armónicamente, determinar si las historias individuales y comunes se suman en la raíz en nuestro interior.

En otras palabras, el papel de una historia es mantener la solidez del puente espiritual construido entre el pasado y el futuro. Nuevas morales y orientaciones emergen con bastante naturalidad de tal empresa. Para que ello suceda, primero debemos respirar profundamente el aire de la realidad, el aire de las cosas como son, y debemos encarar pródigamente y sin prejuicios la forma en que las historias están cambiando dentro de nosotros. Debemos acuñar nuevas palabras a tono con el ritmo de ese cambio.

En ese sentido, al mismo tiempo que la ficción (narración) sufre actualmente una prueba severa, ello representa una oportunidad inusitada. Por supuesto que a la ficción siempre se le ha asignado responsabilidad y preguntas que afrontar en cada era, pero sin duda estas son ahora especialmente importantes. La narración o historia posee una función que sólo ella puede cumplir, y es la de 'convertir todo en una historia'. Transformar las cosas y sucesos que nos rodean en la metáfora de la forma narrativa y sugerir la verdadera naturaleza de la situación en el dinamismo de esa sustitución: tal es la función más importante de la historia.

En mi última novela, 1Q84, no muestro el futuro cercano de George Orwell, sino lo contrario -el pasado cercano- de 1984. ¿Qué hubiera pasado en el caso de un distinto 1984, no el original que conocemos sino otro 1984 transformado? ¿Y qué pasaría si repentinamente nos lanzaran a ese mundo? Habría, por supuesto, tanteos hacia una nueva realidad.

En la brecha entre Realidad A y Realidad B, en la inversión de realidades, ¿en qué medida podríamos preservar nuestros valores recibidos y, al mismo tiempo, qué tipo de nueva moral podríamos llegar a parir? Este es uno de los temas de mi trabajo. Dediqué tres años a escribir esta historia, tiempo durante el cual simulé en mí su mundo hipotético. El caos sigue ahí, en perfecta forma.

Pero, después de abundantes pruebas y errores, presiento intensamente que finalmente lo estoy logrando plasmar en términos de una historia. Tal vez la solución parta de aceptar tranquilamente el caos no como algo que 'no debería existir', que debería rechazarse fundamentalmente en principio, sino como algo que 'está ahí en calidad de hecho real'.

Tal vez sea demasiado optimista. Pero como narrador de historias, como esperanzado y humilde piloto de la mente y el espíritu, no puedo evitar sentirlo de esta manera, en el sentido de que el mundo, también, después de abundantes pruebas y errores, seguramente logrará nueva confianza de que lo está captando y descubrirá sin duda pistas que sugieran una solución, porque, finalmente, el mundo y las historias han cruzado el umbral de muchos siglos y han atravesado muchos jalones para sobrevivir hasta el día de hoy".