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21 feb 2011

Dos 'pinchos morunos' del chef Sabina


Maneras de contar lo que está sucediendo en el mundo árabe hay (casi) tantas como gente dispuesta a plantarle cara -¡ya era hora!- a la gentuza que (des)gobierna medio mundo y parte del otro. Por ejemplo, echando mano del clásico soneto, pasado por el filtro público de Joaquín Sabina: sabrosa ración de 'pinchos morunos':

"1.

Que pongan sus perillas en remojo
los tiranos que ven a su vecino
en manos del barbero del destino.
La vida es un torrente y un despojo

y el islam tantas veces un rastrojo
pero también Boabdil y Saladino
y las mil y una noches y el zaíno
del iris de la niña de mis ojos.

Llenaron de alminares nuestro idioma,
hoy limpian los bazares de carcoma,
deshojando la ambigua margarita.

La chusma se hace pueblo al cielo raso,
que recen los sultanes por si acaso
les levantan su Alhambra y su mezquita.

2.

Revuelta anda en Bahrein la rebotica
y en Yemen y en Irán y en suelo libio,
los niños ya no quieren ser anfibios
ni las niñas huríes de Buteflika.

De aquellas tribus vienen estas hordas,
de aquellas satrapías estas rabias,
porque, antes o después, el alma sabia
de la plebe se inflama y se desborda.

Cuando el Oriente Medio es una olla
podrida que se ceba con metralla,
que Mahoma nos pille confesados.

Y Occidente chupándoles la polla
a los jeques que pierden la batalla,
mirando, con desdén, hacia otro lado".

9 feb 2011

Sacrificar dictadores para salvar al Estado


James Petras, ilustre sociólogo especializado en el imperialismo estadounidense y los conflictos internacionales que de él se derivan, contextualiza la actual política de Obama respecto de la revuelta popular egipcia echando mano de los antecedentes históricos de la estrategia yanqui y extrayendo de ellos las lecciones del pasado que el presidente norteamericano no olvida a la hora de tomar sus decisiones. Ahí va, sin desperdicio:

"Para entender la política del régimen de Obama hacia Egipto, hacia la dictadura de Mubarak y hacia el levantamiento popular es esencial situarlo en un contexto histórico. El punto esencial es que Washington, tras varias décadas de estar profundamente arraigado en las estructuras estatales de las dictaduras árabes, desde Túnez a Marruecos, Egipto, Yemen, Líbano, Arabia Saudí y la Autoridad Palestina, está tratando de reorientar su política para incorporar y/o insertar políticos liberales electos en las configuraciones de poder existentes.

Aunque la mayoría de comentaristas y periodistas vierten toneladas de tinta sobre los 'dilemas' del poder de Estados Unidos, sobre lo novedoso de los acontecimientos de Egipto y los diarios pronunciamientos políticos de Washington, existen abundantes precedentes históricos que resultan esenciales para entender la dirección estratégica de la política de Obama.

La política exterior de Estados Unidos cuenta con un extenso historial de instalar, financiar, armar y apoyar regímenes dictatoriales que respaldan sus políticas e intereses imperiales, siempre que mantengan el control sobre sus pueblos.

En el pasado, presidentes republicanos y demócratas trabajaron estrechamente durante más de 30 años con la dictadura de Trujillo en la República Dominicana; instalaron el régimen autocrático de Diem en el Vietnam pre-revolucionario en la década de 1950; colaboraron con dos generaciones de los regímenes de terror de la familia Somoza en Nicaragua; financiaron y promovieron el golpe de Estado militar en Cuba en 1952, en Brasil en 1964, en Chile en 1973, y en Argentina en 1976, así como sus posteriores regímenes represivos. Cuando los levantamientos populares desafiaron esas dictaduras respaldadas por Estados Unidos y parecía probable que triunfara una revolución social y política, Washington respondió con una política de tres vías: criticar públicamente las violaciones de los derechos humanos y abogar por reformas democráticas; indicar de manera privada el mantenimiento del apoyo al gobernante; y en tercer lugar, buscar una élite alternativa que pudiera substituir a quien estaba en el cargo conservando el aparato del Estado, el sistema económico y el apoyo a los intereses estratégicos imperiales estadounidenses.

Para Estados Unidos no hay relaciones estratégicas sólo intereses imperiales permanentes: preservar el Estado cliente. Las dictaduras asumen que sus relaciones con Washington son estratégicas, de ahí su sorpresa y su consternación cuando se sacrifican para salvar el aparato del Estado. Ante el temor de la revolución, Washington tuvo clientes déspotas reticentes a marcharse asesinados (Trujillo y Diem). A algunos se les proporcionan refugios en el extranjero (Somoza, Batista), a otros se les presiona para que compartan el poder (Pinochet) o se les nombra profesores visitantes en Harvard, Georgetown o en algún otro puesto académico 'de prestigio'.

El cálculo de Washington sobre cuándo remodelar el régimen se basa en una estimación de la capacidad del dictador para enfrentarse a la rebelión política, de la fuerza y la lealtad de las fuerzas armadas y de la existencia de un sustituto maleable. El riesgo de esperar demasiado tiempo, de quedarse con el dictador, es que el levantamiento se radicalice: el cambio subsiguiente barre tanto al régimen como al aparato estatal, convirtiendo una revuelta política en una revolución social. Justo un 'error de cálculo' de ese tipo se produjo en 1959 en el período previo a la revolución cubana, cuando Washington se mantuvo al lado de Batista y no fue capaz de presentar una coalición alternativa pro estadounidense viable y vinculada al viejo aparato estatal. Un error de cálculo similar ocurrió en Nicaragua cuando el presidente Carter, al tiempo que criticaba a Somoza, aguantó y se mantuvo pasivo mientras se derrocaba al régimen y las fuerzas revolucionarias destruían al ejército, a la policía secreta y al aparato de inteligencia, entrenados por Estados Unidos e Israel, y pasó a nacionalizar las propiedades estadounidenses y a desarrollar una política exterior independiente.

Washington se movió con mayor iniciativa en Latinoamérica en la década de 1980. Promovió transiciones electorales negociadas que sustituyeron a los dictadores por manejables políticos neoliberales electos, quienes se comprometieron a preservar el aparato estatal existente, a defender a las élites extranjeras y locales, y a respaldar la política regional e internacional de Estados Unidos.

Obama ha sido extremadamente reticente a derrocar a Mubarak por varias razones, aun cuando el movimiento crece en número y se profundiza el sentimiento anti-Washington. La Casa Blanca tiene muchos clientes en todo el mundo -entre ellos Honduras, México, Indonesia, Jordania y Argelia- que creen tener una relación estratégica con Washington y quienes perderían confianza en su futuro si Mubarak fuera abandonado.

En segundo lugar, las influyentes organizaciones pro-israelíes de Estados Unidos (AIPAC, los presidentes de las principales organizaciones judías estadounidenses) y su ejército de escribas han movilizado a los líderes del Congreso para que presionen a la Casa Blanca con que siga apostando por Mubarak ya que es Israel el principal beneficiario de un dictador atragantado para los egipcios (y los palestinos) pero a los pies del Estado judío.

Como resultado, el régimen de Obama se ha movido lentamente; con miedo y bajo la presión del creciente movimiento popular egipcio, busca una fórmula política alternativa que elimine a Mubarak, mantenga y fortalezca el poder político del aparato estatal, e incorpore una alternativa electoral civil como medio de desmovilizar y desradicalizar el vasto movimiento popular.

El principal obstáculo para derrocar a Mubarak es que un sector importante del aparato del Estado, especialmente los 325.000 miembros de la Fuerzas de Seguridad Central y los 60.000 de la Guardia Nacional, se encuentran directamente bajo el mando del Ministerio del Interior y de Mubarak. En segundo lugar, los generales del Ejército (468.500 miembros) han reforzado a Mubarak durante 30 años y se han enriquecido gracias a su control sobre las muy lucrativas empresas de una amplia gama de sectores. No apoyarán ninguna 'coalición' civil que ponga en cuestión sus privilegios económicos y su poder para establecer los parámetros políticos de cualquier sistema electoral. El comandante supremo de las fuerzas armadas de Egipto es cliente de Estados Unidos desde hace mucho tiempo y un servicial colaborador de Israel.

Obama está decididamente a favor de colaborar con y garantizar la preservación de estas instancias coercitivas. Pero necesita asimismo convencerles de la substitución de Mubarak y de que permitan un nuevo régimen que pueda desactivar el movimiento de masas cada vez más opuesto a la hegemonía estadounidense y a la sumisión a Israel. Obama hará todo lo necesario para mantener la cohesión del Estado y evitar divisiones que puedan conducir a un movimiento de masas -la alianza de los soldados que podría convertir la revuelta en una revolución.

Washington ha abierto conversaciones con los sectores liberales e islamistas más conservadores del movimiento anti-Mubarak. Al principio trató de convencerlos de que negociasen con Mubarak -un callejón sin salida que fue rechazado por todos los sectores de la oposición de arriba a abajo. A continuación, Obama trató de vender una falsa 'promesa' de Mubarak: que no participaría en las elecciones dentro de nueve meses.

El movimiento y sus dirigentes rechazaron esa propuesta también. Así que Obama lanzó la retórica de 'cambios inmediatos' pero sin ninguna medida de fondo que la respaldara. Para convencer a Obama de su mantenido poder entre las bases, Mubarak envió al lumpen matón de su policía secreta a que se apoderase violentamente de las calles del movimiento. Una prueba de fuerza: el Ejército no hizo nada; el asalto hizo subir la apuesta de una guerra civil de consecuencias radicales. Washington y la UE presionaron al régimen de Mubarak para que echara marcha atrás -por ahora. Pero la imagen de un ejército favorable a la democracia se vio empañada por los muertos y por miles de heridos.

A medida que la presión del movimiento se intensifica, Obama está presionado por el lobby israelí favorable a Mubarak y su comitiva del Congreso, por una parte, y por otra, por asesores con conocimientos que le piden que siga las prácticas del pasado y avance de forma decidida sacrificando al régimen para salvar al Estado ahora que la opción electoral de liberales-islamistas sigue estando aún sobre la mesa.

Pero Obama duda, y cual precavido crustáceo, se mueve hacia los lados y hacia atrás, creyendo que su propia retórica grandilocuente es un sustituto de la acción... con la esperanza de que tarde o temprano, el levantamiento acabará en mubarakismo sin Mubarak: un régimen capaz de desmovilizar a los movimientos populares y dispuesto a promover elecciones que den lugar a representantes elegidos que sigan la línea general de sus predecesores.

Sin embargo, hay muchas incertidumbres en una remodelación política: una ciudadanía democrática, el 83% desfavorable a Washington, poseerá la experiencia de la lucha y la libertad para exigir un reajuste político, especialmente, dejar de ser el policía que hace cumplir el bloqueo israelí sobre Gaza, y prestar apoyo a los títeres de Estados Unidos en el Norte de África, en Líbano, Yemen, Jordania y Arabia Saudí. En segundo lugar, las elecciones libres abrirán el debate y aumentarán la presión para un mayor gasto social, para la expropiación del imperio de setenta mil millones de dólares del clan Mubarak y de sus compinches capitalistas que saquean la economía. Las masas exigirán la redistribución del gasto público del exagerado aparato represivo al empleo productivo que genere puestos de trabajo. Una apertura política limitada puede conducir a un segundo asalto en el que nuevos conflictos sociales y políticos dividan a las fuerzas anti-Mubarak, un conflicto entre los defensores de la democracia social y los partidarios del electoralismo elitista neoliberal. El momento de la lucha contra la dictadura es sólo la primera fase de una lucha prolongada hacia la emancipación definitiva no sólo en Egipto sino en todo el mundo árabe. El resultado depende del grado en que las masas desarrollen su propia organización independiente y a sus líderes".

6 feb 2011

¿Rebelión o revolución?

Fuente | PressEurop

El insigne sociólogo Salvador Giner, autor de un clásico manual de la materia -que me tocó empollarme en mis tiempos de ¿estudiante? universitario- y en la actualidad presidente del Institut d'Estudis Catalans, aborda hoy en El Periódico de Catalunya las presentes revueltas norteafricanas desde su particular punto de vista, más atento al pueblo que a sus mandamases:

"La rebelión ha venido y todos saben cómo ha sido. Unos dicen que las crecientes desigualdades en el norte de África, de Marruecos a Egipto, habrían desencadenado la ira y lo que está ocurriendo a partir de que la inmolación de un muchacho tunecino en diciembre fuera la chispa que provocaría el incendio. Otros, que tiranos como Ben Alí o Hosni Mubarak tenían sus días contados, sumidos como estaban en la corrupción. (¿Cuántos decenios de días contados?) Aun otros, que merced a twitter y a la telefonía móvil se había generado una red no controlada por las viejas policías políticas. Y así sucesivamente. Estas no son explicaciones plenamente satisfactorias.

Los seres humanos soportan a menudo con infinita paciencia regímenes políticos extrema y manifiestamente injustos. La pregunta que hay que hacerse no es la habitual de ¿por qué estalló la rebelión?, sino más bien al revés: ¿cómo es posible que la gente aguante tanto sin rebelarse? Lenin, en uno de los ensayos más lúcidos que se hayan compuesto sobre la rebelión, afirmaba que si el poder tiránico no se desmoraliza y sus aparatos represivos -ejército, policía- no lo abandonan, la revolución es imposible. Mubarak debe de haber leído a Lenin, porque ya ha mandado a sus matones a reprimir manifestantes a tiros.

Hasta hoy no se está produciendo una revolución en esa zona, sino una rebelión desesperada, sobre todo por parte de una masiva población joven sin trabajo, fruto de la explosión demográfica que, de seguir, conseguirá que demasiadas cosas agradables terminen yéndose al garete.

La explosión se ha producido según la ley de todas las rebeliones populares, desde la que condujo más tarde a la revolución francesa hasta la rusa bolchevique y la china maoista del siglo XX. Estallan cuando una corriente de esperanzas y expectativas crecientes -de prosperidad y mejores oportunidades- se estrella contra una realidad que las niega. Esa frustración es lo más peligroso para el tirano de turno. No hay efecto contagio que valga -aun siendo un factor que anime a los desesperados- si no viene empujado por la frustración de una esperanza realista.

El espléndido ejemplo de ansias de libertad, democracia y emancipación popular que estamos presenciando a lo largo de la región del Magreb y hasta el Sinaí podría acabar en solo rebelión y no en revolución. (La excepción de momento es un Marruecos que espera tenso el instante a pesar de todos los alauitas pesares). En la revuelta aún no hay programa, ni ideología, ni auténtica concepción de aquel pluralismo político que es la esencia de la democracia. (La democracia es la presencia legítima de un Gobierno con una oposición tan legítima como él.) Acechan los cuervos en algunos lugares -la Hermandad Musulmana junto al Nilo- mientras que en otros la llegada de un viejo exiliado solo pone una figura venerable y paterna para aplacar angustias, brevemente.

Y no vale reprochar todo a las fuerzas exteriores. Los yanquis echaron mano de Mubarak en Egipto como la habían echado del Sha en Persia o de su agente en Bagdad, Sadam Husein, al que luego atacaron y hundieron en una guerra con pretextos inventados. En ella también estuvimos nosotros por obra y desgracia de gobiernos como los de José María Aznar y Tony Blair. Las fuerzas exteriores apoyan a quienes les conviene, aunque Barack Obama esté prometiendo ahora -y bien está que lo haga- que apoyará transiciones pacíficas a la democracia y regímenes decentes allá donde surjan. Esas fuerzas andan, no lo dudemos, metidas en el baile. Lo que vemos son las declaraciones del presidente Obama o las ambiguas y tímidas de la señora Catherine Ashton en nombre de la Unión Europea. Pero lo que pesan son presiones durísimas, ocultas, para que la ira popular no acabe con los tiranos. Al Yemen ya le han obligado a ejercer el arte de la cosmética política de democrática apariencia. Un futuro y patético Wikileaks demostrará lo que sabemos sin que nos lo digan.

Lo que esas fuerzas no controlan es la dinámica terrible de tendencias como las señaladas: incapacidad política y económica de satisfacer anhelos de libertad y trabajo, estupidez represiva, ansia de permanencia ciega en el poder. Castro -cuánto duele decirlo- es un anciano gruñón como lo fuera Franco. Mubarak les emula. Y no sabe irse, ni fallecer.

Y luego vendrá lo que muchos en esta Europa meridional tendrán que entender. Que nuestra frontera sur, el mar, es ya porosa, puente de constantes migraciones hacia el norte -hacia Italia, Grecia, España, Francia- y que lo será más aún, cuando toda la rebelión de las masas norteafricanas se vaya transformando en la migración en tropel a costas ajenas. Porque si la democracia -y esperemos que les llegue, que no es seguro- es buena para la economía, es decir, para dar trabajo, el desarrollo no es cosa de dos días. La desesperación no se absorbe de la noche a la mañana".

3 feb 2011

Ay, las 'dictaduras amigas'


Se escandaliza Ignacio Ramonet en Mémoire des luttes -y podemos leerlo gracias a la traducción de Rebelión- ante el bandazo que han dado los medios de comunicación tras las presentes revueltas populares del mundo árabe y, sobre todo, ante su sagaz descubrimiento:

"¿Una dictadura en Túnez? ¿En Egipto una dictadura? Viendo a los medios relamerse con la palabra 'dictadura' aplicada al Túnez de Ben Alí y al Egipto de Mubarak, los franceses han debido de preguntarse si han entendido o han leído bien. ¿No habían insistido durante decenios esos mismos medios y esos mismos periodistas en que esos dos 'países amigos' eran 'Estados moderados'? ¿La horrible palabra 'dictadura' no estaba exclusivamente reservada en el mundo árabe musulmán (después de la destrucción de la 'espantosa tiranía' de Saddam Hussein en Irak) solo al régimen Iraní? ¿Cómo? ¿Había entonces otras dictaduras en la región? Y ¿nos lo habrían ocultado los medios de nuestra ejemplar democracia? He aquí, en todo caso, un primer abrir de ojos que debemos al rebelde pueblo tunecino. Su prodigiosa victoria ha liberado a los europeos de la 'retórica hipócrita y de ocultamiento' en vigor en nuestras cancillerías y en nuestros medios. Obligados a quitarse la careta, simulan descubrir lo que sabíamos desde hace rato (1), que las 'dictaduras amigas' no son más que eso: regímenes de opresión. Sobre el asunto, los medios no han hecho otra cosa que seguir la 'línea oficial': cerrar los ojos o mirar hacia otro lado confirmando la idea de que la prensa no es libre salvo en relación con los débiles y la gente aislada. ¿Acaso Nicolas Sarkozy no ha tenido el aplomo de asegurar que en Túnez 'había una desesperanza, un sufrimiento, un sentimiento de ahogo que hay que reconocer que no habíamos apreciado en su justa medida', con respecto al sistema mafioso del clan Ben Alí-Trabelsi?

'No habíamos apreciado en su justa medida...' En 23 años... A pesar de contar allí con servicios diplomáticos más prolíficos que los de cualquier otro país... A pesar de la colaboración en todos los sectores de la seguridad (policía, gendarmería, inteligencia...) (2). A pesar de las estancias regulares de altos responsables políticos y mediáticos que establecían allí desacomplejadamente sus lugares de veraneo... Pese a la existencia en Francia de dirigentes exiliados de la oposición tunecina, mantenidos como apestados al margen por las autoridades francesas y de acceso prohibido durante decenios a los grandes medios... Democracia ruinos...

En realidad esos regímenes autoritarios han sido (y siguen siendo) complacientemente protegidos por las democracias europeas, despreciando sus propios valores, con el pretexto de que constituyen baluartes contra el islamismo radical (3). El mismo cínico argumento usado por Occidente durante la Guerra Fría, para apoyar dictaduras militares en Europa (España, Portugal, Grecia, Turquía) y en América Latina pretendiendo impedir la llegada del comunismo al poder.

¡Qué formidable lección dan las sociedades árabes revolucionarias a los que en Europa los describían con términos maniqueos, es decir, como masas dóciles sometidas a sátrapas orientales corruptos o como muchedumbres histéricas poseídas por el fanatismo religioso! Y he aquí que de repente surgen, en las pantallas de nuestros ordenadores o de nuestros televisores (cf.: el admirable trabajo de Al-Jazeera) preocupadas por el progreso social, nada obsesionadas por la cuestión religiosa, sedientas de libertad, sobrepasadas por la corrupción, detestando las desigualdades y reclamando democracia para todos, sin exclusiones.

Lejos de las caricaturas binarias, estos pueblos no constituyen en modo alguno una especie de 'excepción árabe' sino que se asemejan en sus aspiraciones políticas al resto de las ilustradas sociedades urbanas modernas [...].

El hundimiento de la dictadura tunecina ha sido tan veloz que los demás pueblos magrebíes y árabes han llegado a la conclusión de que esas autocracias -las más viejas del mundo- estaban en realidad profundamente corroídas y no eran por lo tanto más que 'tigres de papel'. Esta demostración se ha verificado también en Egipto.

De allí este impresionante levantamiento de los pueblos árabes, que lleva a pensar inevitablemente en el gran florecimiento de las revoluciones europeas de 1848, en Jordania, en Yemen, en Argelia, en Siria, en Arabia Saudí, en Sudán y también en Marruecos.

Notas

(1) Leer, por ejemplo de Jacqueline Boucher 'La société tunisienne privée de parole' y de Ignacio Ramonet 'Main de fer en Tunisie', Le Monde diplomatique, de febrero de 1996 y de julio de 1996 respectivamente.

(2) Cuando Mohamed Bouazizi se inmoló incendiandose el 17 de diciembre de 2010, cuando la insurrección ganaba a todo el país y decenas de tunecinos rebeldes continuaban cayendo bajo las balas de la represión benalista, al alcalde de París Bertrand Delanoé y a la ministra de relaciones exteriores Michèle Alliot-Marie les parecía absolutamente normal ir a festejar alegremente la Nochebuena o la Nochevieja en Túnez.

(3) Al mismo tiempo, Washington y sus aliados europeos, sin aparentemente medir las contradicciones, apoyan al régimen teocrático y tiránico de Arabia Saudita, principal hogar oficial del islamismo más oscurantista y más expansionista".

31 ene 2011

Los mitos sobre Davos


Del 26 al 30 de enero se ha celebrado en Davos una nueva reunión del Foro Económico Mundial, el cónclave que reúne anualmente a los personajes más poderosos del planeta con la ambiciosa, a la par que ambigua, intención de "mejorar el mundo" y que genera a su alrededor toneladas de información más atentas a la rumorología y al prejuicio que a los hechos. Entre la autocomplacencia y la (relativa) confidencia, el experto en economía y geopolítica venezolano Moisés Naím desmontaba ayer en El País 'Cinco mitos sobre Davos':

"Cada año, cerca de 2.500 personas recalan en Davos (Suiza) a finales de enero convocadas por el Foro Económico Mundial, una organización sin fines de lucro fundada en 1971 por Klaus Schwab, un profesor alemán. Durante cinco días los participantes asisten a una multitud de seminarios y reuniones sobre los más diversos temas. Para sus críticos, Davos es uno más de los instrumentos que utilizan los ricos y poderosos para defender sus privilegios. Para los publicistas del foro, la reunión sirve para promover su misión: 'Mejorar la situación del mundo'. ¿Cuál es la realidad? Llevo dos décadas participando en estas reuniones y estas son mis percepciones sobre los mitos y realidades de Davos.

Mito número uno: Davos es una convención de plutócratas. No. Si bien cerca de la mitad de los asistentes son directivos de las empresas más grandes del mundo, la otra mitad está conformada por un creciente grupo de intelectuales, activistas, líderes religiosos, sindicalistas, artistas, científicos y dirigentes de ONG y organismos internacionales. Es tan común cruzarse en los pasillos con Umberto Eco, Nadine Gordimer o Bono como con Bill Gates, George Soros o Indra Nooyi, la presidenta de Pepsico. La diversidad también se manifiesta en los debates. Las sesiones sobre la pobreza, el medio ambiente o los conflictos militares son tan frecuentes como las que discuten asuntos de empresas y negocios. Sin embargo, la verdad es que no son las mesas redondas la principal razón por la que gente tan ocupada viaja a un lugar tan inconveniente como Davos sino la red de contactos que allí se construye.

Mito número dos: En Davos se toman importantes decisiones. No. La imagen de billonarios y políticos concentrados en un pueblito de los Alpes suizos inevitablemente alienta las teorías conspirativas de quienes creen que el mundo está manejado por una pequeña élite. Su suposición es que en Davos se cocinan, en secreto, decisiones que afectan al planeta. A su vez, el Foro Económico Mundial intenta hacer ver que sus reuniones tienen consecuencias. Mi impresión es que las decenas de jefes de Estado y ministros que asisten a Davos lo hacen para elevar su propio perfil internacional, o el de su país o para realizar, ellos también, contactos con otros participantes. Dudo de que en Davos se tomen decisiones importantes que no se hubiesen tomado de todas formas en otro lugar.

Mito número tres: Davos es el gran templo del capitalismo y la globalización. Sí, pero cada vez menos. Es obvio que un cónclave al que asisten más de 1.000 importantes empresarios va a tener un fuerte sesgo a favor del mercado y el libre comercio. Pero es igualmente obvio que es imposible mantener un pensamiento único y homogéneo en un encuentro en el que también están presentes, y con gran repercusión, voces que critican con enorme elocuencia, legitimidad y datos las realidades del capitalismo globalizado de hoy.

Mito número cuatro: En Davos se sabe lo que sucederá en el mundo. No. Los expertos reunidos en Davos no vieron venir el hundimiento de la Unión Soviética. Y no anticiparon los crash financieros de los años noventa. Ni la reciente crisis económica mundial. O lo que ha pasado en Túnez y está pasando en Egipto o Yemen. Es decir, son expertos normales. Si los Gobiernos, las grandes empresas, los think tanks, las agencias de calificación y todas las entidades que viven de vender sus pronósticos no fueron capaces de vaticinar estos cambios, ¿por qué suponer que la gente de Davos tiene una visión más clara del futuro? ¡Después de todo, son los mismos! Davos no marca las pautas, sino que refleja cada año las expectativas más comunes entre los expertos respecto a las tendencias mundiales. Y con frecuencia estos pronósticos son derrumbados por eventos que nadie anticipó.

Mito número cinco: Davos ha perdido relevancia. No. La reunión se ha vuelto muy grande. Es un gran circo. Hay demasiados famosos y poca sustancia. Estas son algunas de las afirmaciones que se utilizan para sustentar la idea de que las reuniones anuales en Davos ya no son lo que eran y han perdido atractivo e importancia. Los números indican lo contrario. Cada año asisten más de 30 presidentes, incluyendo algunos de los más poderosos del mundo. También centenares de ministros, presidentes de bancos centrales y organismos multilaterales, directores de los principales medios de comunicación, docenas de premios Nobel, científicos y académicos y miles de líderes empresariales. La lista de espera y las solicitudes de invitación son innumerables. Las cifras de participantes y el interés que la reunión suscita no han declinado. Y las críticas tampoco".

27 ene 2011

Retrato de la revolución popular de Oriente Medio

Imágenes de Egipto, Líbano y Túnez

'The Big Picture' se ha convertido en una de las referencias de internet en el mundo de los reportajes fotográficos. La sección de la versión online de The Boston Globe supervisada por Alan Taylor supone un inmejorable modelo de lo que debería ser parte del futuro de internet: cada lunes, miércoles y viernes extrae de las agencias las mejores fotografías de un tema, tanto desde el punto de vista técnico como periodístico para mostrarlo en una selección de imágenes, casi siempre espectaculares. Ciencia, deportes, espectáculos, sociedad, catástrofes, nada escapa a su objetivo.

Su última entrega retrata las revoluciones que están viviendo en las últimas jornadas países como Túnez, Líbano y Egipto -a los que desde hoy hay que sumar a Yemén-, en los que la población se está echando a la calle para obligar a sus respectivos dirigentes políticos a abandonar sus cargos tras años de sometimiento y corrupción.