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15 feb 2011

La (filosófica) libertad de Brassens


La inminente inauguración en París de una exposición que establece a Brassens como sinónimo de libertad sirve a Guillermo Altares para repasar la grandeza artística del ilustre cantautor francés, al que asciende a la categoría de filósofo:

"La comedia siempre ha tenido mucha peor prensa que la tragedia. Basta con observar las películas que triunfan en los festivales: el drama más desatado es preferido por críticos y jurados a la comedia más hilarante. Y, sin embargo, la risa suele ser mucho más profunda y evocadora que el llanto y es capaz de llegar más lejos. Algo similar ocurre con la música. Cuando este diario preguntó a 100 músicos sobre la mejor canción de la historia ganó claramente un dramón: 'Ne me quitte pas', de Jacques Brel. Es un reconocimiento bastante justo a una canción inolvidable, a una letra descarnada ('Déjame ser la sombra de tu sombra, la sombra de tu perro') y a la vez un canto al amor más enloquecido ('Te inventaré palabras sin sentido que comprenderás'). Y es también un homenaje a la 'Chanson française' (aunque Brel era belga fue uno de sus máximos exponentes), que tantas obras maestras y tardes de nostalgia nos ha dado ('Me gustaría tanto que te acordases de aquellos tiempos en los que éramos felices...'). Pero entre esas 100 canciones había un olvido preocupante: no estaba un tipo sencillo, amante del mar, de su pipa y de los gatos, un cantante que defendía su mala reputación, un anarquista indomable sin cuya obra no se puede entender, entre muchos otros, a Serrat o Sabina. Estamos hablando de Georges Brassens, que no sólo fue un músico y letrista genial sino un gran filosófo. Una exposición, que se inaugura en París el 15 de marzo en la Cité de la Musique con el dibujante Sfar como comisario, permite recordar una figura fundamental. El título de la muestra lo dice todo: 'Brassens o la libertad'.

Como en el inolvidable poema de José Agustín Goytisolo, al que Paco Ibáñez puso música, en el mundo de Brassens hay piratas honrados y lobitos buenos, maltratados por los corderos, brujas hermosas y príncipes malos. Anarquista convencido, pacifista radical, sus canciones, escritas en un francés perfecto lleno de ecos populares que le valió el premio de la Academia, trazan un mundo en el que se acaban las barreras y los prejuicios. Siempre defiende a los débiles, en un universo en el que los esquemas desaparecen. Y, sobre todo, su música está llena de provocación y sentido del humor. En 'El gorila' relata la historia de un simio necesitado sexualmente que se fuga de su celda. Todo el mundo se queda en casa, menos una anciana y un juez. El animal decide ultrajar al magistrado 'que gritaba como el condenado a muerte al que acababa de mandar al patíbulo'. 'Stances a un cambrioleur' es una canción dedicada al tipo que le robó la casa, al que perdona por haber sido un buen profesional (cerró la puerta) y por haber respetado su instrumento de trabajo, la guitarra ('Solidaridad santa en los artesanos'). El ladrón no quiso llevarse un retrato que le regalaron por su cumpleaños. 'Qué buen crítico de arte hubieses sido, capullo', le canta.

'El testamento' arranca con los siguientes versos: 'Me pondré triste como un sauce el día en que el Dios que me sigue a todas partes me ponga la mano en el hombro y me diga: vente pa arriba a ver si estoy'. En 'La plegaria para ser enterrado en la playa de Sète', tal vez su canción más bella y completa, consigue que su despedida se convierta en un canto a la vida al pedir ser enterrado junto al mar, para que la sombra de la cruz de su tumba pueda acariciar a las bañistas. Es una canción llena de matices, de metáforas, de juegos de palabras y, sobre todo, de risas ('Mi panteón familiar está lleno como un huevo y de aquí a que alguien se vaya puede hacerse tarde...').

En sus canciones se ríe del nacionalismo ('Los imbéciles dichosos que han nacido en algún sitio'), del matrimonio ('Tengo el honor de no pedirte la mano, no grabemos nuestros nombres en un pergamino'), recuerda los breves momentos de amor frente a una desconocida a la que no volveremos a ver ('Les passantes', un poema de Antoine Pol, que arranca diciendo: 'Quiero dedicar estos versos a todas las mujeres que amamos durante unos instantes secretos'). Sus héroes son prostitutas, enamorados ('He olvidado las batallas de Austerlitz y de Waterloo, pero nunca olvidaré a la primera mujer que tuve en mis brazos'), ladrones, gentes del campo, humildes; sus villanos son los fanáticos ('Morir por ideas, de acuerdo pero de muerte lenta'), los belicistas (En 'La guerre 14-18' explica con tanta rabia como sentido del humor que de todas las matanzas de la historia no hay ninguna como la I Guerra Mundial). Pero no hay ni buenos ni malos, no hay juicios absolutos, sólo matices, versos y risas. Y, ante todo, libertad".

4 feb 2011

Neurocultura: el futuro

Fuente | Cultura 3.0

Vamos a ponernos serios, que llega el futuro de la mano de Francisco Mora Teruel y Cultura 3.0:

"¿Qué es ese abstracto gigantesco, esa extraña carpa transparente e invisible que cubre las transacciones de los seres humanos y que llamamos cultura? Haciendo una apretada síntesis de las más de 150 definiciones que se han dado, Kroeber y Kluckhohn, hace más de medio siglo, señalaron que 'la cultura es un producto, es histórico, incluye ideas, patrones y valores, es selectiva, es aprendida, está basada en símbolos y es una abstracción de la conducta y de los productos de la conducta'. De todo ello quiero resaltar la característica histórica, es decir, el hecho de que las culturas se suceden con el tiempo, renovando, en esas sucesiones, las lecturas de los valores y las normas que han presidido las interacciones sociales. Y es ahora cuando estamos a las puertas o quizá ya entrando en un nuevo ciclo de cultura. La Ciencia, que forma parte de la vida moderna, es la protagonista de ese nuevo ciclo. En él, aparecerá una concepción nueva y diferente de quiénes somos los seres humanos, y en él, también, habrá nuevas respuestas a las preguntas sobre qué nos hace ser animales morales. Esta nueva cultura posiblemente presidirá los cambios sociales revolucionarios que se avecinan, esta vez basados en el conocimiento de cómo opera nuestro cerebro, órgano productor de cuanto somos y origen último de cómo nos comportamos. Eso es Neurocultura.

Neurocultura es un proceso en el que, a la luz de los conocimientos que aportan las Ciencias del Cerebro, se producirá una reevaluación de las Humanidades. Es un puente a través del cual se van a unir, definitivamente, esos dos grandes cuerpos del saber, las Humanidades por un lado y las Ciencias por otro. Es un proceso en el que se reevaluarán la Filosofía, la Ética, la Sociología y el Derecho, la Economía y el Arte y, desde luego, también la Religión. Y todo ello nos llevará a reevaluar nuestra concepción del mundo, porque hoy comenzamos a saber que nuestro cerebro es a su vez creador y espejo de cuanto sucede y que todo pensamiento y conducta humana residen en su funcionamiento y los códigos que lo sustentan. En realidad el cerebro es ese último rincón donde se mece y crea cada ser humano. Como ha señalado Iñaki Beti, de la Universidad de Deusto, 'la Neurociencia se encuentra en el umbral de llegar a constituir una teoría unificada de lo humano, más allá de la tradicional división de los saberes en humanísticos y científicos. Ello puede suponer un impacto tan grande en la visión de la persona como el que conllevó el darwinismo'.

En definitiva, Neurocultura quiere decir un encuentro entre la Neurociencia, que es el conjunto de conocimientos sobre cómo funciona el cerebro, y el producto de ese funcionamiento, que es el pensamiento, los sentimientos y la conducta humana. Decía Kandel, uno de los últimos premios Nobel en Neurociencia: 'Mientras las Ciencias y las Humanidades continúen teniendo sus propias y separadas preocupaciones, deberíamos llegar a darnos cuenta de que ambas se generan a través de un diseño computacional común: el cerebro humano'. Del estudio de ese diseño (Ciencia) y sus productos (Humanidades) nace el nuevo marco de cultura que venimos comentando.

El epicentro de esta nueva visión que llamamos Neurocultura no nace sólo de la Neurociencia como tal, sino del reconocimiento, una vez más, de que la existencia humana procede de un largo proceso de azar, necesidades y reajustes que han durado millones de años. La Neurociencia, a la luz de ese proceso evolutivo, está desentrañando los mecanismos que elaboran el funcionamiento del cerebro y con ello llegando a conocer cómo percibe y posiblemente 'construye' la realidad que nos rodea. Es ahora cuando empezamos a entender que las elaboraciones perceptivas e intelectuales de nuestros cerebros tienen que ver con los códigos ancestrales anclados y escondidos en sus profundidades. Nada ocurre, ni nada existe del mundo humano, que no haya sido filtrado y elaborado por el cerebro, sea la percepción de una hermosa obra de arte, la elaboración de una compleja formulación matemática o el sentimiento profundo de haber alcanzado a Dios. Si queremos decodificar las percepciones y los sentimientos y los pensamientos e ideas que mueven las sociedades humanas, hay que conocer los mecanismos a través de los cuales ese órgano que llamamos cerebro las produce.

De todos estos planteamientos emergerán preguntas como éstas: ¿cómo han aparecido a lo largo del proceso evolutivo y cómo operan los circuitos neuronales de la corteza prefrontal, claves en los razonamientos y sentimientos morales? ¿Qué códigos cerebrales elaboran la maldad y la bondad y sus significados? ¿Qué mecanismos operan en el control de las emociones y los sentimientos y alcanzan a la planificación responsable de la vida de una persona, a su intimidad y su dignidad? ¿Cuál es el substrato cerebral de las conductas antisociales y cómo pueden ser modificadas? ¿Existe el yo o la mente como entidad única y subjetiva en el cerebro? ¿Cómo crea el cerebro la conciencia humana? ¿Cómo alcanza el cerebro los procesos de abstracción y con ellos el conocimiento y la creatividad? ¿En qué medida saber que nuestras decisiones son producto de la actividad de ciertas áreas del cerebro que codifican para la recompensa va a cambiar el mundo que conocemos y nuestros sentimientos de seres libres? ¿Se avecina una nueva forma de pensar y entender la conducta humana?".

28 ene 2011

Dios bendiga el ateísmo


Decía Luis Buñuel que era "ateo por la gracia de Dios", y Pat Condell, un peculiar comediante británico heredero del sarcasmo del cineasta aragonés, da la bienvenida a los visitantes de su página web rogando que "Dios bendiga el ateísmo"Condell se ha hecho mundialmente famoso gracias a una serie de monólogos que lo han aupado hasta uno de los lugares de privilegio de YouTube -las visitas a su canal se cuentan por decenas de millones-. Así se presenta a los (in)fieles que cometen la osadía de seguir con devoción sus ácidos sermones: "Hola, soy Pat Condell. No respeto tus creencias y no me importa si te ofendo. Salud".

24 ene 2011

La izquierda según la derecha

Fuente | La Gaceta

El presidente del imperio intereconómico que acoge en su seno a lo más rancio de la derecha nacional, el adalid del Opus Dei y exdiputado del PP don Julio Ariza, se despachó ayer en el panfleto que imprime con sus dineros (La Gaceta) una homilía contra la izquierda que es todo desperdicio: una cagada algo más que metafórica digna de ser leída en su integridad solo por conocer el pelaje de los animales (supuestamente mediáticos) con los que hemos de lidiar para tratar de descifrar el presente de nuestra península histérica:

"No es raro que esta izquierda nuestra haga gala de progresismo y nos quiera a todos con la atención puesta en un futuro imaginado, porque volver la vista a la historia con mirada limpia y alguna profundidad es dejar de ser de izquierdas o abrazar el cinismo.

Es el lenguaje del socialismo, donde las palabras, como en la Oceanía imaginada por Orwell en 1984, significan lo contrario de su concepto original: la paz es la guerra, el amor es odio y la esclavitud es libertad. Sólo así se puede entender que el socialismo -y, por extensión, la izquierda- no haya seguido los pasos de esos hijos descarriados suyos que fueron el fascismo italiano -obra de un insigne socialista, director del órgano del partido, Avantie, hijo de su secretario general- y el Nacionalsocialismo alemán, cuando la historia ha demostrado hasta el hartazgo que es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y el evangelio de la envidia, por decirlo con las palabras de Winston Churchill.

Sospecho que, de aquí a unos años, los conceptos de izquierda y derecha serán revisados y manejaremos una clasificación más útil, porque si la izquierda existe sin duda -con diferencias de grado, no de naturaleza-, la denominada derecha es el espacio de la libertad, de propuestas que en ocasiones poco tienen que ver entre sí, salvo el honorable título de no ser izquierda. Pero, obligado a mantener el binomio más popular, podría decirse que es de derechas quien cree que existe un orden natural preexistente al sujeto, que debe descubrir y aplicar a la realidad social. Y es de izquierdas quien descree de este orden previo y piensa que debe crearlo 'ex nihil' en el caso de la comunidad humana.

La piedra de toque de la izquierda es esa 'tabula rasa' que quiere hacer siempre de las sociedades humanas, forzando a los individuos y los hechos a ajustarse a un esquema ideal. Cuando ese ajuste no funciona, tanto peor para los hechos... Y para los individuos. Un centenar de millones de seres humanos pagaron con su vida esta obsesión de la izquierda por crear 'el Hombre Nuevo', despreciando al hombre real. O, como decía Chesterton 'amaban apasionadamente a la humanidad pero no soportaban que nadie tosiera a su lado'. Lo que no es extraño en una teoría cuya pareja de creadores -Marx y Engels- hablaban en nombre de la clase trabajadora a pesar de no haber trabajado en algo útil un solo día de sus vidas, abandonar a sus hijos o maltratar despiadadamente al servicio doméstico.

Si la historia no fuera una muestra evidente y abrumadora de la deriva totalitaria de la izquierda, los propios postulados de esta ideología, su concepto del hombre, serían ya suficiente indicio, porque el socialismo es, incluso en el plano teórico, una rebelión contra la realidad, una negativa tajante a ver las cosas como son y ajustar a lo que conocemos del hombre y el mundo nuestro proyecto social.

No hay sector en el que la izquierda no haya sembrado el desastre, pueblo al que no haya arruinado si se le da la oportunidad, población que no haya diezmado con purgas masivas que han dejado pequeñas las masacres nazis o la desolación de las hordas de Gengis Khan. Y, sin embargo, mientras confesar alguna simpatía por los regímenes vencidos en la Segunda Guerra Mundial supone -con toda la razón- la muerte política y social, todavía vemos a políticos e intelectuales afirmando 'ser de izquierdas' no sólo sin vergüenza o remordimiento por la desolación sembrada por la ideología que pregonan, sino incluso con timbre de orgullo, como si proclamasen lo listos, ilustrados y compasivos que son. En un sentido, pronunciarse de izquierdas exime de la molestia de tener que hacer esfuerzo alguno por el prójimo o la sociedad.

Los izquierdistas ingenuos y de buena fe -los hay- quisieron ver en cada nuevo 'proyecto socialista' la aventura definitiva que demostraría, al fin, que el socialismo no es incompatible con la falta de libertad ni sinónimo necesario de la miseria. En vano. Abiertos los ojos, a la fuerza, al horror soviético, se pasaron con entusiasmo al experimento chino. Después de las hambrunas indescriptibles minuciosamente manufacturadas por Mao con el Gran Salto Hacia Adelante (¿al abismo?) y la Revolución Cultural, creyeron en Corea del Norte.

Luego, en rápida sucesión, vinieron Vietnam, Camboya, los socialismos africanos, Cuba, Nicaragua... Para ver, en cada caso, cómo se repetía invariablemente el esquema de tiranía ideológica, mentiras, represión, adoctrinamiento incesante y miseria.

Que una concatenación tan persistente de fracasos, siguiendo líneas idénticas, no haya abierto definitivamente los ojos de nuestra izquierda en Occidente, relegando definitivamente el socialismo al basurero de la historia, es buena prueba de la victoria gramsciana sobre la cultura y el lenguaje político compartido, asignatura pendiente e incluso ignorada de una derecha pusilánime.

Porque este reiterado esquema histórico de errores no es un cúmulo de desgraciadas coincidencias, sino que está en el mismo ADN de la izquierda. Del mismo modo podemos repetir hasta el hartazgo el experimento de dejar una piedra en el aire, que caerá al suelo sea cual sea nuestro deseo o intención. La ignorancia de qué es el hombre, cuál es su fin, qué le mueve y a qué tiende hacen que la izquierda haya fracasado ya en sus planteamientos, mucho antes de ser probada en la práctica.

Hace poco hemos asistido a uno de los más espeluznantes intentos de ingeniería social -y de los más genuinamente izquierdistas- por parte del Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, la Ley contra la Discriminación en el Trato. En ella está encapsulada toda la aversión a la libertad personal, a la individualidad, al Estado de Derecho; toda la fe en el cambio de naturaleza por imposición, todo el anhelo de ajustar las personas a las ideas y todo, en fin, el totalitarismo al que tiende irremediablemente la izquierda, incluso cuando aún no puede prescindir de urnas y parlamentos.

La derecha es una creencia innata en la limitación de nuestras posibilidades de mejorar al hombre. Cree que es la sociedad misma, el conjunto de los individuos, los que en sus interacciones libres dan color, sabor, creencias y valores a una cultura, sobre la que el poder deberá actuar como un respetuoso árbitro. No así la izquierda, para la que la naturaleza humana es blanda arcilla que puede modelar a placer.

Los ideólogos de la izquierda nos quieren justos y benéficos por ley, felices por decreto. Aunque para ello tengan que preparar el gulag. No son capaces de asumir algo que tienen en el fondo del corazón, fruto de su humana condición: que un hombre sin Dios es un ser sediento y angustiado, incapaz de ser feliz y de dar la felicidad a los demás. Incapaces de reconocer que una sociedad sin Dios no puede encontrar la paz, no es, como les gusta decir a ellos, sostenible. El vacío de trascendencia es llenado con placeres de regusto a acíbar, donde el odio encuentra fácilmente un hueco de destrucción y desunión.

El cristianismo sigue ahí esperando de nuevo que este hombre moderno, mayor de edad, desengañado, regrese a su viejo y acogedor hogar para darle la luz de un destino eterno, capaz de inyectar las razones para vivir que no ha podido encontrar en ideologías de tristeza y muerte".