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10 feb 2011

Tras el ojo de la cerradura

Fuente | Rockdelux

El bucle infinito de Wikileaks no para. Hoy me detengo en este artículo que Vicenç Batalla firma en Rockdelux. Nada nuevo: un punto de vista más:

"La aparición de un fenómeno como WikiLeaks era necesaria. La red debe ser neutral como acceso libre para todos los internautas, pero los contenidos no lo son y desaprovechar la oportunidad de entrar en esos agujeros que deja el poder, antes de que los vuelva a cerrar, es la gran suerte de internet. El control de la información es un arma utilizada desde siempre por los gobiernos bajo el falso concepto de secreto de Estado. En realidad, es el secreto de las maniobras del poder a espaldas de los ciudadanos. En cada caso, puede estar justificado mantener una cierta discreción para conseguir desatascar un conflicto político. Pero el abuso del secreto de Estado da lugar a guerras, mercaderes de armas y comisionistas, intereses inconfesables, cobertura de líderes corruptos y olvido de poblaciones diezmadas. Y, como consecuencia, el descrédito de los periodistas.

La reacción ante las revelaciones del australiano Julian Assange, como cabeza visible de WikiLeaks, es una prueba. Ha recibido las acusaciones de terrorista, anarquista e incluso se ha pedido su cabeza desde diferentes sectores de una democracia como Estados Unidos. La administración de Barack Obama se ha encontrado en un dilema después de que, solamente hace un año, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, abogara por el máximo de transparencia en la red en países como China. El proceso judicial en el que se halla inmerso Assange por dos presuntas violaciones en Suecia refleja el grado de penetración al que pueden llegar algunas autoridades para tratar de aniquilar al enemigo en la más pura tradición de las novelas de espías.

La personalidad de Assange también ayuda a ello. Es inteligente, hábil y megalómano. Las condiciones necesarias para afrontar un reto como el suyo: convertirse en el Robin Hood del ciberespacio. Aunque por el camino deje víctimas colaterales en antiguos socios que le acusan de haber personalizado y jerarquizado un proyecto que, inicialmente, tenía una configuración horizontal. La pregunta es si este proyecto hubiera llegado donde ha llegado sin una figura como la suya, que tiene un aura de estrella de rock. El rey de los geeks, los antiguos nerds.

La circunstancia de que el soldado Bradley Manning guardara miles de documentos sobre la guerra en Irak, que sustrajo de ordenadores durante su misión, en un archivo con el nombre de Lady Gaga para despistar, no hace sino aumentar la leyenda. Lo que hay detrás, de todos modos, es lo que cuenta. Manning, recluido en una base en Estados Unidos, se enfrenta a una pena de cincuenta y dos años de prisión. Assange se transformó definitivamente en un enemigo de Estados Unidos cuando se encargó personalmente de montar las imágenes que le había pasado Manning donde se ve a militares norteamericanos disparando y riendo desde un helicóptero en Bagdad contra una veintena de civiles desarmados.

El documento se presentó en Reikiavik, en abril pasado, con la colaboración del periodista islandés Kristin Hrafnsson, que ha pasado a ser su portavoz. A Hrafnsson le censuraron en 2009 un reportaje en la televisión nacional donde denunciaba la corrupción de los dirigentes del primer banco de su país, a partir de informaciones reveladas por WikiLeaks. La reciente debacle financiera de Islandia ha llevado a la bancarrota al país donde todo era moderno.

El periplo de Assange está plagado de osadías y huidas. Empezó con un colectivo de hackers en Melbourne llamado International Subversives. Creó en su país el servidor alternativo Suburbia. En 2006, publicó el ensayo La conspiración como gobierno y abrió WikiLeaks como lanzador de alarmas, que se nutre de informadores anónimos a los que Assange preserva a través de un elaborado sistema de criptología.

El primer país del que tuvo que salir por piernas fue Kenia, en 2007, cuando difundió los papeles que probaban la tortura y el asesinato de centenares de opositores por parte de la policía del ex presidente Daniel Arap Moi. Luego, ha continuado con el manual de guardias de Guantánamo, más documentos sobre Irak y Afganistán y los telegramas de las embajadas estadounidenses, como prolongación de los servicios secretos de este país [...].

Julian Assange no es un periodista. Es un agitador para los periodistas. Como lo son iniciativas paralelas del tipo ProPublica, The Bureau Of Investigative Journalism u OpenLeaks, el nuevo sitio que preparan los antiguos socios de Assange. Le toca a cada uno juzgar si él es el personaje del año o si el título le corresponde a Mark Zuckerberg, el joven millonario de Facebook. Otra forma de ver el capitalismo".

9 feb 2011

Sacrificar dictadores para salvar al Estado


James Petras, ilustre sociólogo especializado en el imperialismo estadounidense y los conflictos internacionales que de él se derivan, contextualiza la actual política de Obama respecto de la revuelta popular egipcia echando mano de los antecedentes históricos de la estrategia yanqui y extrayendo de ellos las lecciones del pasado que el presidente norteamericano no olvida a la hora de tomar sus decisiones. Ahí va, sin desperdicio:

"Para entender la política del régimen de Obama hacia Egipto, hacia la dictadura de Mubarak y hacia el levantamiento popular es esencial situarlo en un contexto histórico. El punto esencial es que Washington, tras varias décadas de estar profundamente arraigado en las estructuras estatales de las dictaduras árabes, desde Túnez a Marruecos, Egipto, Yemen, Líbano, Arabia Saudí y la Autoridad Palestina, está tratando de reorientar su política para incorporar y/o insertar políticos liberales electos en las configuraciones de poder existentes.

Aunque la mayoría de comentaristas y periodistas vierten toneladas de tinta sobre los 'dilemas' del poder de Estados Unidos, sobre lo novedoso de los acontecimientos de Egipto y los diarios pronunciamientos políticos de Washington, existen abundantes precedentes históricos que resultan esenciales para entender la dirección estratégica de la política de Obama.

La política exterior de Estados Unidos cuenta con un extenso historial de instalar, financiar, armar y apoyar regímenes dictatoriales que respaldan sus políticas e intereses imperiales, siempre que mantengan el control sobre sus pueblos.

En el pasado, presidentes republicanos y demócratas trabajaron estrechamente durante más de 30 años con la dictadura de Trujillo en la República Dominicana; instalaron el régimen autocrático de Diem en el Vietnam pre-revolucionario en la década de 1950; colaboraron con dos generaciones de los regímenes de terror de la familia Somoza en Nicaragua; financiaron y promovieron el golpe de Estado militar en Cuba en 1952, en Brasil en 1964, en Chile en 1973, y en Argentina en 1976, así como sus posteriores regímenes represivos. Cuando los levantamientos populares desafiaron esas dictaduras respaldadas por Estados Unidos y parecía probable que triunfara una revolución social y política, Washington respondió con una política de tres vías: criticar públicamente las violaciones de los derechos humanos y abogar por reformas democráticas; indicar de manera privada el mantenimiento del apoyo al gobernante; y en tercer lugar, buscar una élite alternativa que pudiera substituir a quien estaba en el cargo conservando el aparato del Estado, el sistema económico y el apoyo a los intereses estratégicos imperiales estadounidenses.

Para Estados Unidos no hay relaciones estratégicas sólo intereses imperiales permanentes: preservar el Estado cliente. Las dictaduras asumen que sus relaciones con Washington son estratégicas, de ahí su sorpresa y su consternación cuando se sacrifican para salvar el aparato del Estado. Ante el temor de la revolución, Washington tuvo clientes déspotas reticentes a marcharse asesinados (Trujillo y Diem). A algunos se les proporcionan refugios en el extranjero (Somoza, Batista), a otros se les presiona para que compartan el poder (Pinochet) o se les nombra profesores visitantes en Harvard, Georgetown o en algún otro puesto académico 'de prestigio'.

El cálculo de Washington sobre cuándo remodelar el régimen se basa en una estimación de la capacidad del dictador para enfrentarse a la rebelión política, de la fuerza y la lealtad de las fuerzas armadas y de la existencia de un sustituto maleable. El riesgo de esperar demasiado tiempo, de quedarse con el dictador, es que el levantamiento se radicalice: el cambio subsiguiente barre tanto al régimen como al aparato estatal, convirtiendo una revuelta política en una revolución social. Justo un 'error de cálculo' de ese tipo se produjo en 1959 en el período previo a la revolución cubana, cuando Washington se mantuvo al lado de Batista y no fue capaz de presentar una coalición alternativa pro estadounidense viable y vinculada al viejo aparato estatal. Un error de cálculo similar ocurrió en Nicaragua cuando el presidente Carter, al tiempo que criticaba a Somoza, aguantó y se mantuvo pasivo mientras se derrocaba al régimen y las fuerzas revolucionarias destruían al ejército, a la policía secreta y al aparato de inteligencia, entrenados por Estados Unidos e Israel, y pasó a nacionalizar las propiedades estadounidenses y a desarrollar una política exterior independiente.

Washington se movió con mayor iniciativa en Latinoamérica en la década de 1980. Promovió transiciones electorales negociadas que sustituyeron a los dictadores por manejables políticos neoliberales electos, quienes se comprometieron a preservar el aparato estatal existente, a defender a las élites extranjeras y locales, y a respaldar la política regional e internacional de Estados Unidos.

Obama ha sido extremadamente reticente a derrocar a Mubarak por varias razones, aun cuando el movimiento crece en número y se profundiza el sentimiento anti-Washington. La Casa Blanca tiene muchos clientes en todo el mundo -entre ellos Honduras, México, Indonesia, Jordania y Argelia- que creen tener una relación estratégica con Washington y quienes perderían confianza en su futuro si Mubarak fuera abandonado.

En segundo lugar, las influyentes organizaciones pro-israelíes de Estados Unidos (AIPAC, los presidentes de las principales organizaciones judías estadounidenses) y su ejército de escribas han movilizado a los líderes del Congreso para que presionen a la Casa Blanca con que siga apostando por Mubarak ya que es Israel el principal beneficiario de un dictador atragantado para los egipcios (y los palestinos) pero a los pies del Estado judío.

Como resultado, el régimen de Obama se ha movido lentamente; con miedo y bajo la presión del creciente movimiento popular egipcio, busca una fórmula política alternativa que elimine a Mubarak, mantenga y fortalezca el poder político del aparato estatal, e incorpore una alternativa electoral civil como medio de desmovilizar y desradicalizar el vasto movimiento popular.

El principal obstáculo para derrocar a Mubarak es que un sector importante del aparato del Estado, especialmente los 325.000 miembros de la Fuerzas de Seguridad Central y los 60.000 de la Guardia Nacional, se encuentran directamente bajo el mando del Ministerio del Interior y de Mubarak. En segundo lugar, los generales del Ejército (468.500 miembros) han reforzado a Mubarak durante 30 años y se han enriquecido gracias a su control sobre las muy lucrativas empresas de una amplia gama de sectores. No apoyarán ninguna 'coalición' civil que ponga en cuestión sus privilegios económicos y su poder para establecer los parámetros políticos de cualquier sistema electoral. El comandante supremo de las fuerzas armadas de Egipto es cliente de Estados Unidos desde hace mucho tiempo y un servicial colaborador de Israel.

Obama está decididamente a favor de colaborar con y garantizar la preservación de estas instancias coercitivas. Pero necesita asimismo convencerles de la substitución de Mubarak y de que permitan un nuevo régimen que pueda desactivar el movimiento de masas cada vez más opuesto a la hegemonía estadounidense y a la sumisión a Israel. Obama hará todo lo necesario para mantener la cohesión del Estado y evitar divisiones que puedan conducir a un movimiento de masas -la alianza de los soldados que podría convertir la revuelta en una revolución.

Washington ha abierto conversaciones con los sectores liberales e islamistas más conservadores del movimiento anti-Mubarak. Al principio trató de convencerlos de que negociasen con Mubarak -un callejón sin salida que fue rechazado por todos los sectores de la oposición de arriba a abajo. A continuación, Obama trató de vender una falsa 'promesa' de Mubarak: que no participaría en las elecciones dentro de nueve meses.

El movimiento y sus dirigentes rechazaron esa propuesta también. Así que Obama lanzó la retórica de 'cambios inmediatos' pero sin ninguna medida de fondo que la respaldara. Para convencer a Obama de su mantenido poder entre las bases, Mubarak envió al lumpen matón de su policía secreta a que se apoderase violentamente de las calles del movimiento. Una prueba de fuerza: el Ejército no hizo nada; el asalto hizo subir la apuesta de una guerra civil de consecuencias radicales. Washington y la UE presionaron al régimen de Mubarak para que echara marcha atrás -por ahora. Pero la imagen de un ejército favorable a la democracia se vio empañada por los muertos y por miles de heridos.

A medida que la presión del movimiento se intensifica, Obama está presionado por el lobby israelí favorable a Mubarak y su comitiva del Congreso, por una parte, y por otra, por asesores con conocimientos que le piden que siga las prácticas del pasado y avance de forma decidida sacrificando al régimen para salvar al Estado ahora que la opción electoral de liberales-islamistas sigue estando aún sobre la mesa.

Pero Obama duda, y cual precavido crustáceo, se mueve hacia los lados y hacia atrás, creyendo que su propia retórica grandilocuente es un sustituto de la acción... con la esperanza de que tarde o temprano, el levantamiento acabará en mubarakismo sin Mubarak: un régimen capaz de desmovilizar a los movimientos populares y dispuesto a promover elecciones que den lugar a representantes elegidos que sigan la línea general de sus predecesores.

Sin embargo, hay muchas incertidumbres en una remodelación política: una ciudadanía democrática, el 83% desfavorable a Washington, poseerá la experiencia de la lucha y la libertad para exigir un reajuste político, especialmente, dejar de ser el policía que hace cumplir el bloqueo israelí sobre Gaza, y prestar apoyo a los títeres de Estados Unidos en el Norte de África, en Líbano, Yemen, Jordania y Arabia Saudí. En segundo lugar, las elecciones libres abrirán el debate y aumentarán la presión para un mayor gasto social, para la expropiación del imperio de setenta mil millones de dólares del clan Mubarak y de sus compinches capitalistas que saquean la economía. Las masas exigirán la redistribución del gasto público del exagerado aparato represivo al empleo productivo que genere puestos de trabajo. Una apertura política limitada puede conducir a un segundo asalto en el que nuevos conflictos sociales y políticos dividan a las fuerzas anti-Mubarak, un conflicto entre los defensores de la democracia social y los partidarios del electoralismo elitista neoliberal. El momento de la lucha contra la dictadura es sólo la primera fase de una lucha prolongada hacia la emancipación definitiva no sólo en Egipto sino en todo el mundo árabe. El resultado depende del grado en que las masas desarrollen su propia organización independiente y a sus líderes".

7 feb 2011

La rutina de Estados Unidos


Ayer, el diario argentino Página/12 recogía una breve entrevista de Amy Goodman, la (imprescindible) responsable de Democracy Now!, al (insustituible) intelectual Noam Chomsky, acerca de las revueltas populares en el mundo árabe, en la que "el destacado lingüista analiza la situación en Egipto y asegura que con Mubarak, Washington va a repetir la rutina: lo apoya hasta que la situación es insostenible. Entonces da un giro de 180 grados y dice que siempre estuvo con la gente". Lo que sigue son sus preguntas (de ella) y sus respuestas (de él):

"En las últimas semanas, los levantamientos populares en el mundo árabe lograron la salida del dictador tunecino Zine El Abidine Ben Alí, la inminente caída del régimen de Hosni Mubarak, un nuevo gobierno en Jordania y el compromiso del dictador yemení de dejar el poder cuando termine su mandato. El profesor Noam Chomsky analizó qué significa esto para el futuro de Medio Oriente y la política exterior de Estados Unidos para la región.

-¿Cuál es su análisis de lo que está sucediendo y cómo puede repercutir en Medio Oriente?

-En primer lugar, lo que está pasando es espectacular. El coraje, la determinación y el compromiso de los manifestantes son destacables. Y, pase lo que pase, éstos son momentos que no se van a olvidar y que seguramente van a tener consecuencias a posteriori: abrumaron a la policía, tomaron la plaza Tahrir y se están quedando allí a pesar de los grupos mafiosos de Mubarak. El gobierno organizó esas bandas para tratar de expulsar a los manifestantes o para generar una situación en la que el ejército pueda decir que tuvo que intervenir para restaurar el orden y después, quizás, instalar algún gobierno militar. Es muy difícil predecir lo que va a pasar. Los Estados Unidos están siguiendo su libreto habitual. Ha habido muchas veces en las que un dictador 'cercano' perdió el control o estuvo en peligro de hacerlo. Hay como una rutina estándar: seguir apoyándolo tanto tiempo como se pueda; cuando se vuelva insostenible -especialmente, si el ejército se cambia de bando-, dar un giro de 180 grados y decir que siempre estuvieron del lado de la gente, borrar el pasado y después hacer todas las maniobras necesarias para restaurar el viejo sistema pero con un nuevo nombre. Presumo que eso es lo que está pasando ahora. Están viendo si Mubarak se puede quedar. Si no aguanta, pondrán en práctica el libreto.

-¿Qué opina de la apelación de Obama a que se inicie ya la transición en Egipto?

-Cuidadosamente, Obama no dijo nada. Mubarak también estaría de acuerdo con que debe haber una transición ordenada. Un nuevo gabinete, algunos arreglos menores en el orden constitucional no es nada. Está haciendo lo que los líderes norteamericanos generalmente hacen. Los Estados Unidos tienen un poder abrumador allí. Egipto es el segundo país que más ayuda militar y económica recibe de Washington. Israel está en primer lugar. El mismo Obama se mostró muy a favor de Mubarak. En el famoso discurso en El Cairo, el presidente estadounidense dijo: 'Mubarak es un buen hombre. Ha hecho cosas buenas. Mantuvo la estabilidad. Seguiremos apoyándolo porque es un amigo'. Mubarak es uno de los dictadores más brutales del mundo. No sé cómo después de esto alguien pudo haberse tomado en serio los comentarios de Obama sobre los derechos humanos. Pero el apoyo ha sido muy grande. Los aviones que están sobrevolando la plaza Tahrir son por supuesto estadounidenses. EEUU es el principal sostén del régimen egipcio. No es como en Túnez, donde el principal apoyo era Francia. Los Estados Unidos son los principales culpables en Egipto y también Israel, que junto con Arabia Saudita fueron los que prestaron apoyo al régimen cairota. De hecho, los israelíes estaban furiosos porque Obama no sostuvo más firmemente a su amigo Mubarak.

-¿Qué significan todas estas revueltas en el mundo árabe?

-Este es el levantamiento regional más sorprendente que puedo recordar. A veces, lo comparan con Europa del Este, pero no es contrastable. Nadie sabe a lo que llevarán estos levantamientos. Los problemas por los que los manifestantes protestan son de larga data y no se van a resolver fácilmente. Hay una pobreza tremenda, represión, una falta de democracia y también de desarrollo. Egipto y otros países de la región recién pasaron por el período neoliberal, que trajo crecimiento en los papeles junto con las consecuencias habituales: una alta concentración de la riqueza y de los privilegios, un empobrecimiento y una parálisis de la mayoría de la población. Y eso no se cambia fácilmente.

-¿Cree que hay alguna relación directa entre estos levantamientos y las filtraciones de Wikileaks?

-En realidad, la cuestión es que Wikileaks no nos dijo nada nuevo. Nos dio la confirmación para nuestras razonables conjeturas.

-¿Qué pasará con Jordania?

-En Jordania, recién cambiaron al primer ministro. Fue reemplazado por un ex general que parece ser moderadamente popular, o al menos no es tan odiado por la población. Pero esencialmente no cambió nada".

6 feb 2011

¿Rebelión o revolución?

Fuente | PressEurop

El insigne sociólogo Salvador Giner, autor de un clásico manual de la materia -que me tocó empollarme en mis tiempos de ¿estudiante? universitario- y en la actualidad presidente del Institut d'Estudis Catalans, aborda hoy en El Periódico de Catalunya las presentes revueltas norteafricanas desde su particular punto de vista, más atento al pueblo que a sus mandamases:

"La rebelión ha venido y todos saben cómo ha sido. Unos dicen que las crecientes desigualdades en el norte de África, de Marruecos a Egipto, habrían desencadenado la ira y lo que está ocurriendo a partir de que la inmolación de un muchacho tunecino en diciembre fuera la chispa que provocaría el incendio. Otros, que tiranos como Ben Alí o Hosni Mubarak tenían sus días contados, sumidos como estaban en la corrupción. (¿Cuántos decenios de días contados?) Aun otros, que merced a twitter y a la telefonía móvil se había generado una red no controlada por las viejas policías políticas. Y así sucesivamente. Estas no son explicaciones plenamente satisfactorias.

Los seres humanos soportan a menudo con infinita paciencia regímenes políticos extrema y manifiestamente injustos. La pregunta que hay que hacerse no es la habitual de ¿por qué estalló la rebelión?, sino más bien al revés: ¿cómo es posible que la gente aguante tanto sin rebelarse? Lenin, en uno de los ensayos más lúcidos que se hayan compuesto sobre la rebelión, afirmaba que si el poder tiránico no se desmoraliza y sus aparatos represivos -ejército, policía- no lo abandonan, la revolución es imposible. Mubarak debe de haber leído a Lenin, porque ya ha mandado a sus matones a reprimir manifestantes a tiros.

Hasta hoy no se está produciendo una revolución en esa zona, sino una rebelión desesperada, sobre todo por parte de una masiva población joven sin trabajo, fruto de la explosión demográfica que, de seguir, conseguirá que demasiadas cosas agradables terminen yéndose al garete.

La explosión se ha producido según la ley de todas las rebeliones populares, desde la que condujo más tarde a la revolución francesa hasta la rusa bolchevique y la china maoista del siglo XX. Estallan cuando una corriente de esperanzas y expectativas crecientes -de prosperidad y mejores oportunidades- se estrella contra una realidad que las niega. Esa frustración es lo más peligroso para el tirano de turno. No hay efecto contagio que valga -aun siendo un factor que anime a los desesperados- si no viene empujado por la frustración de una esperanza realista.

El espléndido ejemplo de ansias de libertad, democracia y emancipación popular que estamos presenciando a lo largo de la región del Magreb y hasta el Sinaí podría acabar en solo rebelión y no en revolución. (La excepción de momento es un Marruecos que espera tenso el instante a pesar de todos los alauitas pesares). En la revuelta aún no hay programa, ni ideología, ni auténtica concepción de aquel pluralismo político que es la esencia de la democracia. (La democracia es la presencia legítima de un Gobierno con una oposición tan legítima como él.) Acechan los cuervos en algunos lugares -la Hermandad Musulmana junto al Nilo- mientras que en otros la llegada de un viejo exiliado solo pone una figura venerable y paterna para aplacar angustias, brevemente.

Y no vale reprochar todo a las fuerzas exteriores. Los yanquis echaron mano de Mubarak en Egipto como la habían echado del Sha en Persia o de su agente en Bagdad, Sadam Husein, al que luego atacaron y hundieron en una guerra con pretextos inventados. En ella también estuvimos nosotros por obra y desgracia de gobiernos como los de José María Aznar y Tony Blair. Las fuerzas exteriores apoyan a quienes les conviene, aunque Barack Obama esté prometiendo ahora -y bien está que lo haga- que apoyará transiciones pacíficas a la democracia y regímenes decentes allá donde surjan. Esas fuerzas andan, no lo dudemos, metidas en el baile. Lo que vemos son las declaraciones del presidente Obama o las ambiguas y tímidas de la señora Catherine Ashton en nombre de la Unión Europea. Pero lo que pesan son presiones durísimas, ocultas, para que la ira popular no acabe con los tiranos. Al Yemen ya le han obligado a ejercer el arte de la cosmética política de democrática apariencia. Un futuro y patético Wikileaks demostrará lo que sabemos sin que nos lo digan.

Lo que esas fuerzas no controlan es la dinámica terrible de tendencias como las señaladas: incapacidad política y económica de satisfacer anhelos de libertad y trabajo, estupidez represiva, ansia de permanencia ciega en el poder. Castro -cuánto duele decirlo- es un anciano gruñón como lo fuera Franco. Mubarak les emula. Y no sabe irse, ni fallecer.

Y luego vendrá lo que muchos en esta Europa meridional tendrán que entender. Que nuestra frontera sur, el mar, es ya porosa, puente de constantes migraciones hacia el norte -hacia Italia, Grecia, España, Francia- y que lo será más aún, cuando toda la rebelión de las masas norteafricanas se vaya transformando en la migración en tropel a costas ajenas. Porque si la democracia -y esperemos que les llegue, que no es seguro- es buena para la economía, es decir, para dar trabajo, el desarrollo no es cosa de dos días. La desesperación no se absorbe de la noche a la mañana".

30 ene 2011

Pareados deslenguados

Ruby 'rompecorazones'
Fuente | Urgente24.com

Sabina pone al día su 'grito en el suelo' con una irregular serie de 'Pareados deslenguados':

"Naide al jondo le pone uñas y dientes
desde que se calló Enrique Morente.

Manda huevos la flema de Valdano
templando a suevos, vándalos y alanos.

El café para todos sabe a viejo,
dice Bono mirándose al espejo.

Entre Oviedo y Gijón menudo atasco
ligero de principios y de Cascos.

En Tucson (Arizona) fray Obama
hace honor, yes we can, a su programa.

Merkel le pone puntos a las íes
en forma de coturnos Sarkozíes.

le toca al Cavaliere los cojones.

Después de Irlanda y Grecia al Portugal
de Sócrates lo arrolla un vendaval.

En Atapuerca el piso está embargado
por los profetas del hipermercado.

Por lo menos en Túnez, qué alegría,
la gente estrena calle y osadía.

Y en Argel y en El Cairo, por las bravas
le rompen al tirano la chilaba.

¿Lo peor? Que, al calor de quien se inmola,
haga un máster en fatwa otro Ayatollah.

sálvame o por el culo te la jinco.

Gran Hermano en lugar de Gabilondo,
el infraplasma está tocando fondo.

Cenar en Lucio huevos estrellados
sin prender el habano es un pecado.

En la Cope un rijoso tontolhaba
le llama tenebroso a Rubalcaba.

Cómo goza el Tea Party aserejé
diciéndole Pepiño a don José.

qué crudo ir de converso entre villanos.

El marrón que se come Zapatero
a Rajoy le calienta el burladero.

Por no hablar de felipes y de aznares
vendiendo batallitas por los bares.

Qué guapo el impostor, qué listo el trepa,
dan ganas de gritar ¡Viva la Pepa!".

28 ene 2011

Los culpables (oficiales) de la crisis

Fuente | BBC Mundo

Con cierto retraso, llega lo evidente: "Funcionarios, políticos y banqueros son los culpables del colapso económico experimentado en 2008 en Estados Unidos, asegura un informe de la Comisión Investigadora de la Crisis Financiera de EEUU". Los compañeros de BBC Mundo extraen las principales (y dolorosas) conclusiones de dicho informe, que a continuación pasan a detallar:

"La Comisión, creada en mayo de 2009 para establecer las causas de la crisis, dijo que ésta 'habría podido evitarse'. En su informe destacó la toma excesiva de riesgos por parte de los bancos y la negligencia los reguladores financieros. De los diez miembros de la comisión sólo los seis representantes del partido demócrata apoyaron las conclusiones del informe.

'La crisis fue el resultado de la acción humana y la inacción, no de la Madre-Naturaleza o modelos fuera de control', dijo el informe. 'Los capitanes de las finanzas y los administradores públicos de nuestro sistema financiero ignoraron las advertencias y fallaron en cuestionar, entender y gestionar los cambiantes riesgos dentro de un sistema esencial para el bienestar del público estadounidense'. 'La suya fue una gran falla, no un tropiezo'.

El informe criticó la reducción en la regulación financiera durante la gestión del expresidente de la Reserva Federal, Alan GreenspanLlegó a la conclusión de que la crisis fue causada por una serie de factores, incluyendo fallas en la regulación financiera y la gestión empresarial, así como la falta de entendimiento del sistema financiero por parte de los diseñadores de políticas.

Igualmente se quejó del empaquetamiento de la deuda relacionada con hipotecas en instrumentos de inversión, que 'encendió y propagó la llama del contagio'. Estos instrumentos financieros complejos, que se comercializaron en grandes volúmenes por bancos de inversión, 'contribuyeron significativamente a la crisis', cuando las hipotecas en las que se basaban cesaron sus pagos.

El informe también destacó las fallas 'abismales' en las agencias de calificación crediticia para reconocer los riesgos involucrados en estos y otros productos. Del mismo modo, advirtió de violaciones éticas 'a todos los niveles'.

Importantes figuras de los gobiernos de George W. Bush y de Barack Obama no se quedaron fuera del informe. El expresidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, fue acusado de 'defender' la reducción de la regulación financiera durante el boom crediticio que 'dejó de lado garantías fundamentales'. El exfuncionario también fue criticado indirectamente por la política monetaria demasiado flexible de la Fed y los pronunciamientos que 'fomentaron en vez de inhibir el crecimiento de la deuda hipotecaria y la burbuja inmobiliaria'. El Banco de la Reserva Federal de Nueva York -entonces bajo la tutela del actual Secretario del Tesoro, Tim Geithner- 'podría haber tomado medidas contra los excesos de Citigroup en el período previo a la crisis'.

Del mismo modo, el documento sostuvo que el manejo gubernamental de las principales instituciones financieras durante la crisis -liderado por el exsecretario del Tesoro, Henry Paulson- fue inconsistente y 'aumentó la incertidumbre y el pánico en el mercado'. Sin embargo, el informe suavizó las observaciones diciendo: 'Al hacer estas observaciones, respetamos profundamente y apreciamos los esfuerzos realizados por el secretario Paulson, el jefe (de la Reserva Federal) Bernanke y Timothy Geithner... y tantos otros que trabajaron para estabilizar nuestro sistema financiero y nuestra economía en la más caótica y difícil de las circunstancias'.

Establecer culpas era esencial en la prevención de futuras crisis, según el informe. 'A pesar de la opinión de muchos en Wall Street y en Washington de que la crisis no podía haber sido prevista o evitada, había señales de advertencia', dijo Phil Angelides, presidente de la comisión. 'La mayor tragedia sería aceptar que nadie vio que esto se avecinaba y por consiguiente, que no se podía hacer nada', señaló el panel en las conclusiones del informe de 576 páginas. 'Si aceptamos esta idea, volverá a suceder'. La comisión entrevistó a más de 700 testigos y celebró 19 días de audiencias públicas en EEUU..

Los cuatro republicanos en la comisión anunciaron varias semanas antes de la publicación del informe de que no estarían de acuerdo con sus conclusiones. Tres de ellos publicaron un informe independiente que insistió en que la culpa debe atribuirse a la Reserva Federal bajo la conducción de Greenspan. El cuarto realizó su propio informe que se centra en el papel del gobierno en la creación de la burbuja inmobiliaria.

Los republicanos señalaron a las enormes agencias hipotecarias patrocinadas por el gobierno, Freddie Mac y Fannie Mae, alegando que sus préstamos subvencionados inflaron la burbuja. También argumentaron que la legislación introducida por el expresidente demócrata Bill Clinton alentó los préstamos excesivos e imprudentes a los hogares de bajos ingresos.

Por el contrario, el informe redactado por los seis demócratas en el panel dice que la evidencia mostró que dichas agencias no estuvieron al frente de los arriesgados prestamos sub-prime, en cambio siguieron el ejemplo de firmas de Wall Street. Tampoco fue la 'Ley de Reinversión Comunitaria' del presidente Clinton un factor significativo en los préstamos sub-prime, según el informe".

21 ene 2011

Los (des)informativos de Telecinco y Antena 3

Informativos Telecinco según Alguna pregunta més? (TV3)

"El otro día, mientras cenaba en casa de mis padres -cuenta Rinzewind en su blog-, nos dio por ir saltando de telediario en telediario… de Tele5 y Antena 3. Hacía mucho tiempo que no les veía la cara ni a Piqueras ni a Matías Prats y pude recordar con toda precisión el porqué.

Después de ver aquellos programas, no soy capaz de recordar ni una sola noticia digna de tal nombre. Lo más relevante del día fue, supongo, la reunión de Obama con Hu Jintao. Creo recordar que en algún momento salió un mini-reportaje en alguno de los dos canales, pero he olvidado completamente qué se pudo haber comentado en él. Sí recuerdo con vívida precisión a Pedro Piqueras abriendo su informativo (es un decir) con una música de fondo que parecía presagiar el Apocalipsis, mientras él daba paso a unos sucesos 'tremendos', 'impactantes' y 'terribles'.

En el paso a Matías Prats, terminaba una noticia y lo siguiente que sé es que en algún lugar de Estados Unidos había habido una explosión de gas. Sí, una explosión de gas. Grabada en vídeo. No tenía nada que ver con lo anterior. Ni con lo siguiente. Ni con nada. Pero ahí estaba, en todo el medio. Cambiando de tema, Vázquez Figueroa ha escrito un libro que se lee de manera distinta a los convencionales (publirreportaje 1), y Antena 3 va a emitir la serie sobre la vida del rey (publirreportaje 2). Y luego, los deportes. Es decir, fútbol. Es decir, el Real Madrid.

Y luego me dicen que estos informativos hay gente que los ve".

Y que cree que está 'al día', claro.

20 ene 2011

Oriente y Occidente: enemigos eternos

Newsweek | 17 de enero de 2011

En el último número de Babelia, cuya portada habla de "Una guerra sin fin", Josep Ramoneda reseña el último libro de Anthony Pagden, titulado Mundos en guerra. 2.500 años de conflictos entre Oriente y Occidente. Como de costumbre, el intelectual español no se limita a analizar el contenido del libro, sino que esboza un miniensayo acerca de una cuestión a la que, como criticaba ayer Íñigo Sáenz de Ugarte en su blog 'Guerra eterna' a cuenta de la última portada de Newsweek [que tienes más arriba], no se le augura un fin inmediato:

"Dos mil quinientos años y la guerra continúa. Esta es la descorazonadora conclusión a la que nos conduce Anthony Pagden después de ofrecernos, en Mundos en guerra, un brillante friso que narra la historia de las relaciones entre Occidente y Oriente a partir de los grandes momentos de guerra, postración y devastación.

Fue Heródoto el primero que se preguntó 'qué era lo que dividía a Europa y Asia y por qué dos pueblos similares en muchos aspectos habían llegado a concebir odios tan perdurables entre ellos'. Los asiáticos (los de las tierras del sol naciente) 'eran fieros y salvajes, formidables en el campo de batalla' pero, por encima de todo, 'sumisos y serviles. Vivían siempre intimidados por sus gobernantes, a los que no consideraban simples hombres como ellos, sino dioses'. Los europeos (los de las tierras del sol poniente) amaban la libertad por encima de la vida y vivían bajo el imperio de la ley, no de los hombres y aún menos de los dioses. De este surco trazado por el historiador griego germinaron unas pautas culturales que de algún modo siguen alimentando hoy la idea de que Occidente y Oriente son dos mundos separados por dos visiones irreconciliables de la vida humana. El propósito de Anthony Pagden es hacernos comprender que 'los trágicos conflictos que surgen ahora por las tentativas occidentales de reorganizar una parte sustancial del Oriente tradicional a su propia imagen pertenecen a una historia mucho más antigua y potencialmente mucho más calamitosa, de la que la mayoría de ellos tienen incluso una oscura conciencia'.

Este largo camino ha sido jalonado de intentos de destruir la memoria y de condicionar los relatos. En esta historia de guerras y desencuentros, los frentes han cambiado y los antagonistas también. Pero Anthony Pagden pretende demostrar que hay una línea de continuidad a lo largo de los siglos en la interpretación de las diferencias irreconciliables. Y que los recuerdos históricos acumulados, 'algunos razonablemente precisos, otros completamente falsos', siguen alimentando hoy el conflicto. Un conflicto que al decir de Pagden pasa principalmente por la cuestión de la secularización de la sociedad.

Alejandro el Grande, el Imperio romano, las cruzadas, Napoleón, los imperios coloniales del XIX y, ahora, Estados Unidos representan en este gran relato los intentos más genuinos por parte de Occidente de civilizar al mundo oriental, que Pagden explica con sobriedad, sin que el carácter forzosamente panorámico de la descripción mengüe el interés del lector. Pero a partir de la eclosión del islam, la historia entrará paulatinamente en un proceso de criba de actores hasta llegar al presente en que el conflicto Occidente-Oriente se ha reducido a un conflicto entre la civilización occidental judeo-cristiana y sus instituciones liberal-democráticas y la civilización musulmana. Los demás actores asiáticos han ido desapareciendo de esta confrontación. Hasta el punto de que, cuando Pagden hace sus especulaciones sobre el futuro de este conflicto ancestral e interminable, China y las otras potencias asiáticas han desaparecido por completo de la narración.

En esta coyuntura, la doctrina del conflicto de civilizaciones, de Samuel Huntington, que son siete y no dos, cada una de ellas marcada a fuego por el hierro de la religión, es el mejor estimulante ideológico para la pervivencia del conflicto. Anthony Pagden cita la respuesta de Bin Laden cuando se le preguntó si estaba de acuerdo con la idea de Huntington: 'Totalmente. El Libro Santo lo dice muy claro. Los judíos y los estadounidenses inventaron el mito de la paz en la tierra. Eso es un cuento de hadas'.

Obviamente el estadio actual de esta guerra interminable tiene su icono en el 11-S. Tanto desde Al Qaeda, al afirmar que su ataque a las Torres Gemelas de Nueva York demostraba que la democracia liberal occidental estaba moralmente corrompida, como desde la administración americana con el discurso de Bush sobre el eje del mal, se quiso dar una dimensión moral al conflicto: cristianos contra musulmanes. Y de hecho los cristianos de países de religión islámica están sufriendo las consecuencias.

Anthony Pagden, para cerrar el libro, vuelve a Heródoto: lo que había diferenciado a los griegos de los persas era 'una forma exclusiva de organización política, la isonomía (el orden de igualdad política)', y son 'los principios fundamentales de la isonomía convertidos ya en democracia liberal moderna los que definen más que ninguna otra cosa Occidente, tanto para los musulmanes como para los no musulmanes'. Occidente actúa conforme a tres ideas que, según Pagden, confunden sus estrategias: la idea de que todo el mundo quiere la libertad individual, la idea de que la democracia es algo natural, y la idea de que todo proceso democrático debe conducir necesariamente a la creación de una democracia liberal burguesa. Con estos prejuicios de partida, la democracia sólo puede exportarse a golpe de pistola. Sisífico empeño, como demuestran las experiencias de Afganistán y de Irak.

Para Pagden, la cuestión clave es la secularización, la separación de la religión y del Estado: 'Al final esto es lo que diferencia a Occidente, y a la mayoría de las sociedades actuales del mundo musulmán, de lo que harían de ellas los islamistas'. Y hoy el islam, en muchas partes del mundo, se ha convertido en 'una religión de protesta y resentimiento, en gran parte comprensible, en parte justificable, pero en el conjunto estéril'. Pero en el terreno del fundamentalismo no puede decirse precisamente que Estados Unidos vaya a la zaga, en un momento en que el fundamentalismo cristiano ha emprendido su particular cruzada contra el presidente Barack Obama, al que intentan colocar un aura de sombras islámicas.

Lejos del sueño de la convivencia entre israelíes y árabes que se hundió definitivamente con la guerra de los Seis Días, lejos de que la secularización crezca a ambos lados, cuando la derecha americana y parte de la europea apelan a la restauración moral, las fronteras del conflicto se difuminan: los musulmanes habitan las periferias de las metrópolis europeas. Y encuentran en el islam un hogar cultural y una justificación para el odio cuando se sienten excluidos y maltratados.

A pesar de las dificultades, no todo es negativo en la convivencia de los musulmanes con los europeos. Viven en condiciones difíciles y, a menudo, humillados por unas clases medias europeas que proyectan su inseguridad en el racismo y el desprecio al paria y, sin embargo, la mayoría asume paulatinamente los modos de vida de los europeos. Al Qaeda tiene capacidad de aterrorizar y con la ayuda de sus enemigos consigue que su discurso esté siempre en primer plano. Pero su capacidad de movilización de las sociedades islámicas es escasa y la idea de que el mundo árabe pueda unirse a ella en una guerra contra Occidente es pura fantasía. Al Qaeda es un problema más grande para los países musulmanes que para Occidente.

No obstante, Anthony Pagden concluye en clave pesimista: 'Mientras haya quienes insistan en que debería existir, el antiguo combate entre Oriente y Occidente continuará existiendo. Puede limitarse, de momento al menos, a ataques terroristas y brotes de manifestaciones públicas de odio, pero no será menos agrio, ni a la larga menos infructuoso, de lo que ha sido durante los dos últimos milenios'. ¿Pesimismo de la razón o simetría estética al poner el 'the end' a su fantástica superproducción? Podría ser, sin embargo, que fuera el carácter impreciso conceptualmente de los propios conceptos de Oriente y Occidente lo que provoque la desazón final que puede sentir el lector.

Ciertamente, los conflictos se hacen eternos cuando hay voluntad e interés en que se perpetúen. Occidente ha reencontrado en el mundo musulmán el papel de enemigo contra el que cohesionarse ideológicamente que dejó vacante el hundimiento de los sistemas de tipo soviético. Y el antioccidentalismo es muy rentable para que los autócratas y los teócratas islámicos mantengan sometidas a sus poblaciones. Probablemente, Pagden comete un error muy común entre los dirigentes occidentales: centrarse en los verdugos y olvidar a las víctimas, fijarse en Al Qaeda o en los ayatolás y no reconocer a los miles de ciudadanos de sus países que buscan la libertad, se la juegan para defenderla y esperan de Occidente complicidad y no la absurda pretensión de imponer los derechos humanos a punto de pistola".