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27 feb 2011

Lo peorcito del cine de 2010


"Los Razzies, considerados los 'anti-Oscar' de la industria, se cebaron hoy con 'The Last Airbender', [...]. Según reveló la fundación Golden Raspberry Award, que entrega los temidos Razzies, 'The Last Airbender' se hizo con las estatuillas (unas frambuesas doradas cuyo valor es inferior a cinco dólares) a la peor película, peor director, peor guión, peor actor de reparto (Jackson Rathbone, que también se lo llevó por 'Twilight Saga: Eclipse') y peor uso del 3D.

La otra gran perjudicada de la velada fue 'Sex and the City 2', que se llevó el galardón de peor actriz (destinado a todo su reparto femenino, formado por Sarah Jessica Parker, Kim Cattrall, Kristin Davis y Cynthia Nixon), peor secuela y peor reparto.

El título de peor actor fue a parar a Ashton Kutcher, por 'Killers' y 'Valentine's Day', mientras que como peor actriz se coronó Jessica Alba, gracias a 'The Killer Inside Me', 'Little Fockers', 'Machete' y 'Valentine's Day'.

La satírica ceremonia, celebrada como es tradición la noche previa a los Oscar, tuvo lugar en el Teatro Barnsdall Gallery, en Hollywood.

Los Razzie -palabra que se puede traducir como pedorreta- se crearon en 1980 como el antídoto al glamour que impone Hollywood anualmente gracias a los premios de la Academia" (EFE).

24 feb 2011

Banksy: un Oscar que ni pintado

Fuente | ABC

Banksy, el dios padre del grafiti contemporáneo, está animando la carrera hacia los Oscar 2011, que se estregarán el próximo fin de semana en Los Ángeles. La razón: está nominado, y armado con spray y plantillas le está dando un repaso multicolor a la meca del cine para que los académicos sepan lo que vale una pintada. Así lo cuenta Marcia Facundo para BBC Mundo:

"Cada día y mientras más se acerca la ceremonia de entrega de los premios Oscar, aparece en Los Ángeles un nuevo grafiti del artista callejero británico Banksy.

Primero se dejó ver un Charlie Brown aparentemente encendido y luego, precisamente enfrente del edificio que alberga el sindicato de directores de Hollywood, una figura de un lascivo Mickey Mouse persiguiendo a modelos.

En los últimos días han surgido murales de un niño-soldado cuyo rifle está cargado de lápices de color y un perro bulldog orinando, entre otros.

Hay quienes piensan que la invasión del arte callejero en las paredes de varios edificios de la ciudad californiana es parte de una original campaña del artista para que le concedan un Oscar por su película 'Exit through the Gift Shop' (Salga por la tienda de regalos) nominada a los premios cinematográficos en la categoría de mejor documental.

Se trata de su primera película como director, que muestra su particular estilo de 'guerrilla urbana' que consiste en pintar paredes e intervenir espacios públicos, filmarlo todo y huir de la policía.

Otros, seguidores de las obras del rebelde creador, consideran que el grafiti es una especie de epílogo de la cinta, cuyos productores han catalogado como 'la primera película de desastre de arte callejero del mundo'.

Lo cierto es que el elusivo Banksy se encuentra, definitivamente, en Hollywood.

Las obras de Banksy están causando entusiasmo en la ciudad.

[...] 'Banksy, deberías pintar aquí', reza un letrero dejado en una pared en el centro de Los Ángeles.

Mr. Brainwash, un artista callejero local que es el personaje central del documental de Banksy, pintó un enorme mural en el sur de Los Ángeles en el que figura el artista británico convertido en trofeo del Oscar.

Todo el bullicio que está causando el despliegue de arte callejero agrega sabor al misterio que rodea al artista.

La pregunta generalizada es: ¿acudirá Banksy a los Oscar?

Banksy apareció encapuchado y a través de una cámara para presentar su película en el Festival de Cine de Berlín, la Berlinale.

En esta ocasión, el interrogante es, en caso de que se la gane, cómo recibirá Banksy la estatuilla dorada que otorga la Academia del Cine de Estados Unidos".

Poblicidad 'customizada' por Banksy
Fuente | Banksy

23 feb 2011

El (desen)canto del cisne de Aronofsky


El nuevo extrañamiento cinematográfico de Darren Aronofsky está ya en las carteleras españolas. Lleva por título 'Cisne negro' y supone un capítulo más de la ecléctica intrahistoria del subgénero de películas en torno a la danza, de la que en estas últimas fechas se han estrenado -y se estrenarán- algunas notables muestras. La crítica ha caído rendida, una vez más, ante el heterodoxo creador de 'Pi, fe en el caos', 'Requiem por un sueño', 'La fuente de la vida' y 'El luchador'. Para muestra, un botón: Jordi Costa en El País:

"Las articulaciones del pie de una bailarina crujen con el estruendo de las placas tectónicas en una de las poderosas imágenes que abren la última película de Darren Aronofsky: un plano detalle que transforma el cuerpo de Natalie Portman en inesperado escenario de una película de catástrofes.

Como ya hiciera en la precedente 'El luchador', el cineasta se apropia del cuerpo de su protagonista para convertirlo en cordero sacrificial, objeto condenado a la extenuación expresiva a lo largo de un 'tour de force' formal que antepone, aquí, la estilización 'high class' a esa falsificación de una crudeza visceral que caracterizaba a la película anterior. Sería, no obstante, un error descifrar 'Cisne negro' tan solo a la luz de 'El luchador': el cineasta parece haber logrado aquí la síntesis perfecta de su poética, pues, más allá de esa exploración del cine como prolongación del 'body art', su película propone una inmersión, sin asideros, en las profundidades de una subjetividad fracturada, prolongando las propuestas de 'Pi' (1998) y 'Réquiem por un sueño' (2000).

'Cisne negro' cuenta una historia aparentemente sencilla, pero, tras cada una de sus imágenes y sus sonidos -en el cine de Aronofsky ni un ínfimo grano de celuloide es inocente-, se oculta un sofisticado dispositivo formal que amplifica el alcance de sus transparentes metáforas. El director juega con imágenes -los ecos del rostro de la Portman- y sonidos -el batir de las alas de un cisne- casi subliminales para colocar al espectador en el centro mismo del laberinto interior de Nina, la bailarina que abraza su lado oscuro, desborda su sexualidad reprimida y asume su autodestrucción en su demoledor camino a la perfección.

Es inevitable mencionar 'Las zapatillas rojas' (1948) como gran referente, pero, en este juego a la vez culterano y efectista que no renuncia a evocar 'Repulsión' (1965), 'Lo importante es amar' (1975), 'Carrie' (1976), 'Perfect Blue' (1998) e incluso 'Showgirls' (1995), quizá lo más sorprendente sea su reivindicación del formalismo 'grandguignolesco' del 'giallo': 'Cisne negro', que lanza no pocos guiños a la trilogía de 'Las tres madres' de Argento, sería, en suma, la perfecta hermana aristocrática de su 'Terror en la ópera' (1987). El clímax final conquista la grandeza de lo inefable: una apoteosis de cine puro, que de ningún modo puede (ni, por supuesto, merece) ser reducida a palabras".

22 feb 2011

Sexo cinematográfico


Fuente | Documania TV

'Sexo en el plató' es un documental producido y emitido por Canal + hace algún tiempo que se convirtió en una guía para neófitos de cómo se ruedan las escenas de cama -y otros aposentos- en el cine español. En él aparecen (casi) todos los que son contando sus experiencias particulares y una breve antología del sexo cinematográfico nacional. ¿Por qué volver a verlo ahora? Porque cualquier momento es bueno para dar(se) una alegría.

16 feb 2011

'Valor de ley': cercano Oeste


De acontecimiento cinematográfico puede catalogarse la revisión que los hermanos Coen han hecho de un clásico (menor) del western: 'Valor de ley'. Y de acontecimiento literario hemos de hablar, irremediablemente, ante este miniensayo edificado alrededor de dicho estreno, en particular, y del cine del Oeste, en general, por Rodrigo Fresán sobre los cimientos de ABC Cultural:

"De tanto en tanto, parece que se ha ido para no volver. Pero siempre regresa. Y es que en el western -como género y especie- se enredan las raíces de la antigüedad, crecen las ramas del presente, y brotan los frutos del futuro.

Si se quiere, porque se puede -y mientras desenvainan los samuráis y cantan los juglares y narco-mariachis y gimen las damiselas a la espera de su caballero andante y vagan los hobbits- es posible releer a Troya como antepasada de Tombstone. A David solo ante el peligro escenificando un duelo al sol con Goliath. A Robin Hood como pistolero de perfecta puntería enfrentándose a los despóticos e intrusos hacendados de Nottingham. Al Quijote y a Sancho como dos justicieros poseídos por el espíritu de ancestrales marshalls bebiendo alrededor de una mesa redonda. A Heathcliff como el forastero que retorna a Cumbres Borrascosas para vengarse y reclamar lo que considera suyo. A Peter Pan como un Billy The Kid en contra del orden establecido por el Capitán Garfio. A Jay Gatsby (no parece casual que Fitzgerald haya subtitulado su inconclusa El último magnate como un western) como el melancólico cowboy de final trágico. Y a Martín Fierro como un fuera de ley en el Lejano Sur donde, dicen, Butch Cassidy & The Sundance Kid dispararon sus tiros del final.

De igual modo, más cerca, la llegada de Obama a la blanquísima Casa Blanca evoca las gracias raciales de Mel Brooks en la amorosamente paródica Sillas de montar calientes. Un geriátrico Jack Palance funciona como ruda terapia cardinal para Billy Crystal y sus amigos aburguesados por la metrópoli. 'El hombre que susurra a los caballos' es la variante terapéutica y casi new age del mito. Y los arreadores gay de 'Brokeback Mountain' y el country-singer de 'Corazón rebelde' muestran diferentes facetas del mismo perfil.

Y hasta el infinito y más allá, pero siempre hacia el Oeste: Chartlon Heston enfrentándose a tribus de simios, el mortal robot de Yul Brynner en aquel parque temático, Darth Vader como el definitivo gunslinger con sable láser, Marty McFly poniendo rumbo a un tiempo de sombreros y balas en la tercera parte de 'Regreso al futuro', y el retro Woody uniendo fuerzas con el sci-fi Buzz en la trilogía 'Toy Story'.

Y es que todo va a dar al western porque el western da para todo. Allí entra cualquier gran actor o director que se precie de tal (el western como asignatura a rendir tanto por Brando como por Clift; y estoy convencido que Stanley Kubrick tarde o temprano habría atado su cámara a las puertas de una taberna, aunque el buen Espartaco y el malvado Alex ya tengan trazos bandoleros).

Y del western sale también la serie negra (donde el saloon ha sido suplantado por el café americain extranjero de nombre Rick's o el garito clandestino donde fluye el whisky de contrabando). Ya saben: cielos de fuego, cúpula para un éxtasis catedralicio del paisaje, y perfume de pólvora, y esas calles donde siempre ruedan esas misteriosas bolas de paja que no se sabe de dónde vienen ni a dónde van.

Y '¡Acción!', grita alguien con un pañuelo cubriéndole la boca y el cine norteamericano arranca con el robo a un tren (mientras que el francés lo hace con un tren entrando a una estación) y la literatura 'Made in USA' abre sus puertas a forajidos y aborígenes con el fronterizo James Fenimore Cooper y El último mohicano. Después, los dibujos y cuadros y grabados de Frederic Remington y la fascinación eterna por las armas de fuego -amor u odio- de todo un pueblo y de algunos que, en ocasiones pierden el sentido de la orientación, salen del O.K. Corral (al que viajó Camilo José Cela en su inclasificable Cristo versus Arizona), se suben al taxi de Robert De Niro luego de hablar solos frente a un espejo negro, para bajarse en las aulas de Columbine. Un ser nacional que se apoya -seamos incorrectamente políticos- en un mecanismo implacable: enviar al Oeste a hombres blancos salvajes para que acaben con los hombres rojos salvajes (pielesrrojas & Co.) y, una vez concluida la faena, enviar a más hombres salvajes para que pongan un poco de orden. Y así, capa tras capa hasta fundamentar aquello que, no en vano, se conoce como Salvaje Oeste.

Este entramado simple y cíclico de viaje y recompensa, claro, pone a prueba a los creadores cuando se trata de reclamar como propia esa atracción de multitudes. Pasión que -en su Historia universal de la infamia- el genial enumerador Jorge Luis Borges disecciona con un 'Detrás de los ponientes estaba el hacha demoledora de cedros, la enorme cara babilónica del bisonte, el sombrero de copa y el numeroso lecho de Brigham Young, las ceremonias y la ira del hombre rojo, el aire despejado de los desiertos, la desaforada pradera, la tierra fundamental cuya cercanía apresura el latir de corazones como la cercanía del mar. El Oeste llamaba'.

Y ese es parte del 'problema': el Oeste llama tanto y a tantos, sus puertas batientes de saloon siempre abiertas, y todos se sienten convocados por la siempre fecunda generosidad de sus clichés y lugares comunes y responsables de la, por fortuna, nunca del todo domesticada postal. Aunque más de uno debería ser expulsado de allí a patadas por el Sargento Kirk o cubierto de alquitrán y plumas.

Así, el conservadurismo de series televisivas como 'Bonanza' y sus infinitos derivados encuentran de tanto en tanto su contraparte freak en 'The Wild Wild West' o 'Kung Fu' o la futurista 'Firefly/Serenity' o, tras los pasos de Walter Hill, la shakespeare-dickensiana 'Deadwood' vía HBO. Lo previsible y anquilosado de buena parte de John Wayne (quien estuvo en lo mejor y en lo peor del asunto) es talado por la potencia mítica y el silencio místico de los spaghetti westerns de Sergio Leone bien digeridos por su aprendiz Clint Eastwood. La ultraviolencia en cámara lentísima de Sam Peckinpah (con Bob Dylan llamando a las puertas del cielo) corrige el desatino de Elvis con pañuelo al cuello gorgojeando 'Love Me Tender' y de tanto western para que desfilen estrellas teen. Y, sí, de tanto en tanto, se disparan rarezas como 'Dos hombres y un destino' y 'El rostro impenetrable'; la variante integrista à la Lawrence de Arabia en 'Un hombre llamado caballo' o Jeremiah Johnson o 'Bailando con lobos'; la aproximación urbana/contracultural de 'Cowboy de medianoche'; la kafkiana 'Dead Man'; y, más recientemente, delirios psicotrónicos como la adaptación del cómic donde galopa 'Blueberry' y joyas como 'El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford'.

Y, ahora, la inesperada pero bienvenida resurrección de 'Valor de ley'. Remake de un clásico de Henry Hattaway por el que Wayne ganó Oscar y Globo de Oro en 1969 y que ahora los hermanos Coen (quienes ya habían firmados pseudo-westerns como 'Fargo' o la muy asombrerada 'Muerte entre las flores' mientras ponían a un veterano de rodeos a narrar las desventuras de Lebowski) hacen suya y nada más que suya.

Y 'Valor de ley' -que también es una gran novela, más detalles adelante- es un buen punto de inflexión donde cabe la reflexión sobre los riesgos de mirar y escribir 'una de vaqueros'. No es fácil y resulta muy arriesgado, pero siempre resulta tentador ese WANTED en el póster ofreciendo recompensa a quien escriba un gran western con calibre de Gran Novela Americana. De este modo, por cada tonelada de Louis D'Amour o de Zane Grey o del español Manuel Lafuente Estefanía (no olvidar que aquí se filmó mucho western extranjero en plan '800 balas' de Álex de la Iglesia; y desafío personal: ¿alguna vez Javier Marías se sacará de la manga el naipe marcado de ese western que, seguro, lleva dentro?) se han desenterrado, de tanto en tanto, grandes pepitas de oro. Ejemplos: El hombre malo de Bodie de E. L. Doctorow, el clacisismo de Walter Van Tilburg Clark y Glendon Swarthout, la extraterrestre Girl in Landscape de Jonathan Lethem, la inconclusa The People de Bernard Malamud, las dos partes de Pequeño gran hombre (llevada al cine por Arthur Penn, con Dustin Hoffman) de Thomas Berger, El monstruo de Hawkline de Richard Brautigan, aquella saga de Larry McMurtry, la mutación fantasy de Stephen King en su ciclo de La torre oscura, el resumen multimediático que hace David Thomson en Silver Light, los diálogos masca-tabaco de Elmore Leonard, la bíblica tormenta de palabras que es Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, quien volvió allí, más apaciguado pero no demasiado, para su 'Trilogía de la frontera'.

Y -por último pero no en último lugar- Valor de ley, best-seller de 1968 del 'escritor de culto de los escritores de culto' llamado Charles Portis (Eldorado, Arkansas, 1933).

Admirado incondicionalmente por nombres como Norah Ephron, Ira Levin, Roy Blount Jr., Walker Percy, Jonathan Lethem, Ron Rosenbaum, Donna Tartt, George Pelecanos, Richard Condon, Tom Wolfe y Roal Dahl. Y poco dado a entrevistas y declaraciones. Raro, rarísimo, autor de otras cuatro novelas muy desopilantes y bastante pynchonianas adoradas por sus fans y pobladas por perdedores a la altura de Ignatius Reilly, en Valor de ley Portis -como en 'Shane' o en 'Centauros del desierto' o en 'El jinete pálido'- Portis propone una trama 'con joven testigo'. Pero no se queda ahí y agrega, también, una voz. La de una casi anciana totalmente solterona en la Depresión que, alguna vez, en el Far Far Far West, fue una intrépida chica de catorce años llamada Mattie Ross. Así, algo que podía entenderse tanto como un 'Mujerzota' o 'Acribillar a balazos a un ruiseñor' o 'La buena, el malo y el feo' o, mejor, 'La guardiana entre el whiskey de centeno'. Ya se dijo: una novela 'de voz' -de voz como la de Huck Finn o la de Holden Caulfield- en la que una joven huérfana contrata a Rooster Cogburn, un crepuscular tirador tuerto adicto a mitificar su cada vez más lejano y amplio pasado, para vengar el asesinato de su padre a manos del miserable Tom Chaney. Algo que puede leerse y disfrutarse como parodia y pastiche pero, también, como potente destilado/homenaje a la literatura de stetson y colt. Todo -rastros tantas veces seguidos- sin obviar el ingrediente particular y fundamental de la mezcla: el muy particular fraseo y léxico de la vieja por siempre joven, potenciado por los Coen en su adaptación de ley. Una road novel a caballo que permaneció veintidós semanas en la lista de más vendidos de The New York Times y considerada hoy un clásico moderno no sólo del género y que -dicen los que lo conocen- incomoda un poco a su autor por el volumen de atención recibida a lo largo de los años. Algo así como su Lolita con su título -ese True Grit- ingresando como modismo en el habla popular norteamericana junto al Catch-22 de Joseph Heller y convirtiéndose, en el decir de Pelecanos, en 'un tesoro para todas las edades', en el de Tartt en 'el único libro que le gustó a mi bisabuela, a mi abuela, a mi madre y a mí' y en el del crítico Ed Park en algo 'Como Cormac McCarty; pero divertido'.

'Valor de ley' -muy por encima de las recientes 'El tren de las 3:10 a Yuma' o 'Apaloosa'- se ha convertido en el título más exitoso en toda la filmografía de los hermanos Coen, camino de ser el western más visto de toda la historia del cine, multinominado al Oscar y al Bafta. Y, sí, un nuevo retorno de lo que nunca nos abandona a nuestra suerte por más que -como en el final de toda aventura de Lucky Luke- el solitario cowboy muy lejos de su hogar se marche, apenas por un rato y hasta la próxima, cantando hacia el crepúsculo inmortal de ese siempre tan cercano lejano Oeste.

Valor de ley -descatalogada hace décadas, alguna vez también editada en España como Maite- acaba de ser reeditada por De Bolsillo coincidiendo con el estreno de la adaptación cinematográfica de los hermanos Coen protagonizada por Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin y la joven Hailee Steinfeld".

Por fin: ¡pasaron los Goya!

Fuente | YouTube EFE

Oti Rodríguez Marchante, crítico de cine de ABC, enviaba ayer esta crónica de la gala de los Goya desde Berlín, retrato agridulce del presente del cine español:

"Como tantos otros años, lo mejor de esta última ceremonia de entrega de los Premios Goya es que ya pasó. Y pasó lo que tenía que pasar: que estuvieron todos (casi), que habló el presidente con voz de ex presidente, que ganó el que tenía que ganar y perdieron los que tenían que perder, que la gala se alargó y se espesó tanto que al final de la velada, en el momento de los grandes premios, no había ni tiempo ni ganas para prestarles más que los despojos y saldos de nuestra atención... Así son los Goya y, en general, la vida: solemos embobarnos en lo accesorio y cuando llega lo sustancial no hay modo de estar bien despierto. Algunas frases del discurso de Álex de la Iglesia, algún chiste de Buenafuente o de Santiago Segura, la genuina sencillez del ganador, Agustí Villaronga, la alegría a veces tan aparentemente dolorosa y descontrolada de algunos premiados, sus padecimientos en la palestra y su letanía de gracias y cariños... En fin, nunca queda gran cosa de esta ceremonia para el que sólo mira.

Los Goya de este año, como es tradición en ellos, venían precedidos por una sorprendente sensación de asedio: el cine es una plaza tranquila y creativa, pero un ejército gigantesco y beligerante la ha rodeado y mantiene allí cercados y amenazados a todos sus habitantes. Al enemigo de la plaza del cine siempre puede uno imaginárselo bestial, demoníaco, cruel..., y puede esconderse tras el nombre de 'mercado', 'taquilla', 'imperialismo', 'guerra ilegal', 'ley fulana o ley mengana', 'piratería' y en esta última edición se le ha llamado incluso 'internet', lo que ha producido alguna que otra fisura, pequeña, en lo macizo e impenetrable de la plaza. Aunque se situaran en lugares y planos estratégicos los rostros de ministras tensas para tapar cualquier intento de fuga por esas fisuras... El gesto de Leire Pajín al discurso de Álex de la Iglesia era como para irse santiguando..., 'madre del amor hermoso'.

Y tal es la sensación de grupo asediado que provocan tradicionalmente en las fechas coincidentes con estos premios, que no es difícil ver a todos nuestros grandes nombres del cine durante la velada como algo homogéneo, autómata, movido por la misma palanca y hacia el mismo objetivo o lugar. Y si tiene uno ganas de fantasear puede considerar que en vez de una ceremonia, lo que está viendo es una sesión; una sesión, por ejemplo, de un grupo de autoayuda o, mejor aún, una reunión de Alcohólicos Anónimos, a la que se acude (y lo digo por lo visto en las películas o leído en algún libro como ese estupendo titulado 'Vino torcido') con un problemón, un idea fija, un protocolo y un objetivo común y en las que uno se dirige a los demás, les cuenta sus tensiones, sus esfuerzos y luego, entre lágrimas, agradece la dedicación y el trabajo que hacen por él un montón de personas cercanas y queridas... Que pase el siguiente...

Llegados a este punto, creo que para la próxima sesión o reunión de los Premios Goya deberían incorporar ese bálsamo para la voluntad que se aplica al comienzo de esas reuniones de Alcohólicos Anónimos y que dice del siguiente modo: Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia. Y ya con el bálsamo untado, incluso podrían elegir una comisión para que pusiera manos a la obra y no hubiera equívocos en las concesiones y cada cualidad se correspondiera con su verbo oportuno; es decir, no ser tan sabio, tan sabio que se quiera cambiar lo que es ya inalterable, como ponerle puertas al campo, o a internet, que es más grande y verde; ni puertas, ni mucho menos barrotes... Hay que cambiar lo que sí se pueda cambiar, y en un párrafo del alegato de Álex de la Iglesia daba la impresión de que a este hombre (que iba a perder durante la ceremonia, además, prácticamente a todo lo que jugaba) el Señor le había concedido al menos serenidad, valor y sabiduría. Dijo, entre otras cosas:

'Sólo ganaremos al futuro si somos nosotros los que cambiamos, los que innovamos, adelantándonos con propuestas imaginativas, creativas, aportando un nuevo modelo de mercado que tenga en cuenta a todos los implicados: autores, productores, distribuidores, exhibidores, páginas web, servidores, y usuarios. Se necesita una crisis, un cambio, para poder avanzar hacia una nueva manera de entender el negocio del cine'.

Demasiados verbos para una sola recomendación: innovar, proponer, cambiar, avanzar, entender... Lo complicado que resulta entender (casi descifrar) la relación apasionada y lujuriosa entre el público, el cine, la cultura y la Red se podía leer el otro día en unas líneas de un magnífico artículo de Amador Fernández-Savater, cuando, sorprendido por el desconocimiento total del asunto de sus contertulios (todos presentes en la ceremonia, empezando por la ministra Sinde), asegura que 'la idea que tratan de imponernos los estereotipos es la siguiente: si yo me atocino la tarde del domingo con mi novia en el cine viendo una peli cualquiera, estoy valorando la cultura porque pago por ella. Y si me paso dos semanas traduciendo y subtitulando mi serie preferida para compartirla en la Red, no soy más que un despreciable consumidor parásito que está hundiendo la cultura'... No es un lenguaje distinto; ni siquiera es un idioma distinto..., es otra cultura, es otro mundo, otro universo, pero es en él donde tendremos que vivir.

Y mientras el mundo del cine encuentra su modo de cambiar y una nueva manera de entender su relación con el público, la ceremonia de los Premios Goya ni se inmuta: se 'baja' o se 'descarga' a sí misma cada año como si se hubiera mantenido en un recipiente digital 'al vacío'... Buenafuente cambia de gafas (o las gafas cambian de Buenafuente), Santiago Segura cambia de chiste (siempre bueno), Bardem cambia de Goya (o Goya cambia de Bardem) y la Academia cambia de presidente. Todo cambia y nada cambia en un lampedusiano viento cuyo golpe de aire se ha llevado este año la esencia del Goya a Cataluña y el pulso entre Icíar Bollain y Álex de la Iglesia lo ha ganado Agustí Villaronga y su película, 'Pan negro'.

Personalmente, celebro el premio a Villaronga, al tiempo que lamento lo de Álex de la Iglesia, lo de Icíar Bollain y, especialmente, lo de Rodrigo Cortés, cuya película, 'Enterrado', es uno de los ejercicios de talento cinematográfico más impresionante desde hace muchos años.

Y celebro que exista una cosa llamada internet y que pueda 'atrapar' en ella la señal de Televisión Española, porque era el único modo que teníamos muchos de ver la gala en medio del Festival de Cine de Berlín. Sí, fue fatigosa, abundante, consabida y pretenciosa, pero si no llega a ser por internet, ni me entero".

7 feb 2011

8 'Miradas de Cine' a 'The Wire'

Especial 'The Wire' emitido por TNT en 2008

No sé si a estas alturas resulta noticioso alabar la calidad de una serie como 'The Wire'. Lo que sí sé es que nunca dejará de ser pertinente, pues la ficción televisiva creada por David Simon ha quedado instalada, para los restos, en el olimpo de los productos audiovisuales para consumo de masas.

Viene esto a cuento porque la revista online de actualidad y análisis cinematográfico 'Miradas de Cine' ha dedicado en su número de enero un especial sobre 'The Wire' que, sea como fuere, ningún fan de la serie debería dejar de leer. Los ocho artículos que lo integran, además de los inevitables retratos de personajes y temporadas, son los que siguen: 'Dialectos y slang', (Mónica Jordán); '10 dosis de la mejor serie de televisión' y 'Hamsterdam' (Óscar Brox); 'David Simon y el periodismo' (Carles Matamoros); 'La evolución del gangsta' (José Ramón García Chillerón & Susana Navarro); 'El ritmo' (Matías Candeira); 'La estética' (José Luis Molinuevo); '¿Una serie filomarxista?' (Ignacio Pablo Rico).

75 años de 'modernidad' cinematográfica


El 5 de febrero de 1936 tenía lugar la 'premiere' de 'Tiempos modernos' en Nueva York. Era la puesta de largo de un clásico del cine que ahora cumple tres cuartos de siglo y que es recordado así por Mateo Sancho Cardiel para EFE:

"Charles Chaplin, uno de los primeros genios del séptimo arte, se resistía a dejar atrás el cine mudo y, aunque 'Tiempos modernos', estrenada hace ahora 75 años, fue anunciada como su primer filme sonoro, su autor buscó la manera de ridiculizar la palabra en su sátira sobre el capitalismo.

Corría el año 1936 y Charles Chaplin todavía no había estrenado ninguna película sonora. Nueve años después de que 'El cantor de jazz' revolucionara, el legendario cómico había hecho oídos sordos a las demandas del nuevo público y seguido su trayectoria con títulos como 'Luces de ciudad'.

Mientras observaba la caída de estrellas como Gloria Swanson o Buster Keaton por la llegada de la palabra, Chaplin se aferró a la vieja escuela, a su tierno y silente vagabundo que, con bombín y zapatones, había conquistado a millones de espectadores con sus capacidades mímicas.

'Tiempos modernos', con Charlot incluido, fue concebida como su rendición crítica al avance inexorable de la tecnología, que bien podría haberse anunciado con algo parecido al célebre '¡Garbo habla!' cuando la actriz sueca se dejó oír por primera vez en una pantalla.

Pero el genio de ese humor embadurnado de lágrimas aún remoloneó hasta firmar su capitulación final, que llegaría a lo grande con el monólogo histórico que cerró 'El gran dictador'. 'Tiempos modernos' fue sonora, sí. Pero no tuvo diálogos. Sólo palabras sueltas, algunas de ellas inventadas. 'Las palabras son escasas. Lo más grande que puedes decir con ellas es elefante', bromeaba el director de 'La quimera del oro'.

Para potenciar su sátira sobre el capitalismo en época de la Gran Depresión -que sería luego utilizada en su contra para meterle en la lista negra de la Caza de Brujas-, introdujo diálogos que no se oían por el rugir de las máquinas de una fábrica de producción en cadena.

Y, de hecho, eran las máquinas y los jefes a través de sus órdenes los únicos que tenían un discurso, imperativo en el primer caso, de voz metálica en el segundo. Apuntada quedaba la dominación de la palabra sobre el silencio y del ruido sobre la palabra.

Las fábricas, ese circo alienante para Chaplin, eran un infierno mayor que la eterna itinerancia de un sintecho como Charlot, que hasta entonces se había movido en una línea de ternura apolítica pero que ahora entraba en la cárcel una y otra vez acusado de liderar revueltas sindicales.

Y es que esta vez Chaplin no dudó en cargar las tintas de su discurso al retratar, frente a la deshumanización de una cadena de montaje, la victoria del sentimiento que encontraba, primero en la ficción y luego en la realidad, en la joven Paulette Goddard.

Chaplin rizó el rizo al incluir un número musical... que tampoco era uno cualquiera. Para su canción, una versión de Léo Daniderff de 'Je cherche après Titine', inventó un idioma nuevo, suma del francés y del italiano, para acabar renombrándola como 'Charabia'. Palabras, una vez más, que no significan nada.

Y sólo al final, aunque sin sonido, se podía leer en sus labios un 'sonríe' dedicado a la huérfana Godard, antes de cerrar el plano caminando por una carretera desierta, sin destino pero con amor.

Así se diferenciaban de esos borregos que abren el filme y que se funden con los trabajadores saliendo del metro, para ser personas de decisión individual, aunque ésta les conduzca a lo errante.

Este final vehemente pero esperanzador no era, sin embargo, lo que Chaplin había planeado, por mucho que una de sus frases más célebres fuera: 'La vida es una tragedia si la ves de cerca, pero una comedia si la miras con distancia'.

En su guión, 'Tiempos modernos' tenía un desenlace bastante más agrio: Charlot acababa con un ataque de nervios y recibiendo en el hospital a un vagabundo vestido de monja. Pero pese a este cambio en pos de la popularidad del filme, con un coste de 1,5 millones de dólares de la época, fue un fracaso comercial. Pero el tiempo, moderno o no, acabó dándole su lugar".

6 feb 2011

'Primos': la comedia (española) del año


Se ha estrenado la comedia del año -sí, por mucho Torrente y otras zarandajas que queden por venir-, en la que vuelve a lucirse mi amigo Raúl Arévalo, que es (y lo será aún más) uno de los grandes actores del cine español. Así muestra su rendición (incondicional) ante ella Carlos Boyero en El País:

"Primos' arranca con una larga secuencia en la que un señor vestido de novio larga un monólogo cargado de estupor, interrogantes, confesiones íntimas, patetismo y desolación. Al retroceder la cámara descubrimos que ese impúdico e involuntariamente jocoso discurso tiene numeroso público y en estado de perplejidad. Son los invitados a esa boda frustrada. A la novia le ha entrado el vértigo, las dudas o el acojone que pueden rondar a tan trascendente decisión, no se ha presentado en el altar, ha salido corriendo hacia no se sabe dónde. Hay alivio provisional para el desdichado. Están sus indescriptibles primos y la necesidad de ponerse en movimiento. Hacia un pueblo que la memoria identifica con la adolescencia, con algún remoto esplendor en la hierba.

Durante un tiempo razonable esta insólita película hace que te plantees cosas como: ¿esto va en serio o en broma? ¿Estoy ante una comedia, un esperpento, una caricatura o un drama? ¿Me interesan estos personajes o paso de ellos? No hay referencias ni en lo que ves ni en lo que escuchas. Es un mundo raro y un estilo autónomo. Tuve idénticas sensaciones con las películas anteriores de Daniel Sánchez Arévalo. A los diez minutos de la poética y excéntrica 'Azuloscurocasinegro' estaba seducido, alternando sonrisas y ternura hacia esa gente tan perdida y tan creíble, hacia un sentido del humor tan afilado en medio de situaciones tristes. Ese universo seguía siendo reconocible en 'Gordos', pero la temática era demasiado sombría, asfixiante, desconcertante, obsesiva. Mostraba el reverso más negro de una inteligencia peligrosa y una sensibilidad torturada.

Superado el tratamiento de choque que siempre me aplican las imágenes y los diálogos iniciales de este director, descubro que lo estoy pasando muy bien con 'Primos', que nada es fatuo ni efectista, que lo que hacen, sienten, anhelan, sufren y expresan esos tipos tan excesivos que no paran de hablar de todo lo que pasa por su cabeza y su corazón (ellas hablan menos pero escuchan mejor, son más adultas y más lúcidas que estos niños tan grandes y confusos), es muy cercano al volcán de dudas, contradicciones, realidades y sueños que habitan en casi todos nosotros, que todo está expresado con mucha gracia, sentido de la paradoja y de la comicidad, luz, vitalismo, energía, aunque esté hablando de incertidumbres, soledad, pérdidas y fracaso, que el creador además de entender a sus locos, sensatos, alternativamente entrañables y compadecibles personajes, les quiere mucho. Y esa simpatía hacia los perdidos también es contagiosa.

Creo que me gusta todo en esta comedia osada, extraña, eficaz y conmovedora. Incluidos actores y actrices que relaciono con las fatigosas y cutres series televisivas. Y, cómo no, me enamora la naturalidad y la hermosura de Inma Cuesta. Sí, la de 'Águila roja".

Dibujo de José Ramón Sánchez, padre del director de Primos
Fuente | rtve.es

4 feb 2011

El último tango de Maria Schneider


Ha muerto a los 58 años la actriz francesa Maria Schneider, uno de los abundantes casos en los que un papel vale por (o arruina) toda una trayectoria, y no precisamente por el lucimiento interpretativo. Con 19 años, Schneider se convirtió en el sueño erótico de toda una generación -la anterior a la mía- por culpa de (o gracias a) sus desventuras amorosas junto a Marlon Brando en 'El último tango en París', donde la mantequilla arrebató a la pareja de intérpretes todo el protagonismo y traumatizó para el resto de sus días a la joven debutante. Descanse en paz, pues.


Libération | 4 de enero de 2011
Fuente | kiosko.net

3 feb 2011

Premio a lo 'peorcito' del cine español

Fuente | Catacric

Leo (lee): "El colectivo Catacric (Catalans Critics), reunido en la noche del 1 al 2 de febrero del 2011, [...] ha decidido otorgar los 22º anti-premios YoGa a lo peorcito de la producción cinematográfica del año 2010.

En sus deliberaciones, el jurado, anónimo y mutante, como cada año, desde hace 22 inviernos, ha tenido en cuenta las apreciaciones, comentarios y sugerencias de los lectores de esta web, algunas de cuyas propuestas ya habéis podido leer en días anteriores [...].

Pero vayamos al grano.

Cine español
Peor película: YoGa 'Putty woman', a 'DiDi Hollywood', de Bigas Luna.
Peor director: YoGa 'Muerte entre las flores', a Fernando León de Aranoa, por 'Amador'.
Peor actor: YoGa 'Que se mueran los feos', a Mario Casas, por 'Tres metros sobre el cielo'.
Peor actriz: YoGa 'La teta y la trompeta', a Elsa Pataky y Carolina Bang (ex aequo).

Cine extranjero
Peor película: YoGa 'Los antojos de Julia' a 'Come, reza, ama', de Ryan Murphy.
Peor director: YoGa 'Vuelve a Alemania, Pepe', a Florian Henckel von Donnersmarck, por 'The tourist'.
Peor actor: YoGa '3D (desenfocados, desorientados y desubicados)' a Liam Neeson, Gerard Butler y Ralph Fiennes, por sus trabajos del 2010 ('Furia de titanes', 'El equipo A', 'Ex-posados', 'Un ciudadano ejemplar').
Peor actriz: YoGa 'Copias certificadas' a Jennifer Aniston, por 'Love happens', 'Ex-posados' y 'Un pequeño cambio'.

Premios especiales
YoGa 'Con De la Iglesia hemos topado', a la ley Sinde.
YoGa 'Dónde estará Mi-Ñarro', al productor de 'El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas', 'O estranho caso de Angelica', 'La mosquitera', 'Aita', 'Blow Horn' y 'Familystrip', entre otras.
YoGa 'Chorizos Kaplan: el Gaudí tenía un precio'.
YoGa 'Moco deluxe', al tráiler de 'Torrente 4'.

Uno de los nuestros
YoGa 'Infiltrado', a Pere Vall (redactor jefe de la revista Fotogramas), por sus trabajos como actor en las películas 'La leyenda del innombrable', 'Felipe y Letizia', 'L'edèn', 'El asesino a sueldo', 'Spanish Movie' y 'E.S.O (entidad sobrenatural oculta)', entre otras".

31 ene 2011

La música de cine se queda huérfana

Fuente | rtve.es

La voz de John Barry se ha callado para siempre pero su música de cine no dejará de sonar(nos) jamás. El compositor británico deja en las estanterías cinco Oscar -por sus bandas sonoras para 'El león en invierno' (1968), 'Memorias de África' (1986), 'Bailando con lobos' (1991) y 'Nacida libre' (1966), donde hizo doblete llevándose también el de mejor canción original- y en el recuerdo de cinéfilos y melómanos otro generoso puñado de melodías inolvidables: el tema original de la serie James Bond, 'La jauría humana' (1966), 'Cowboy de medianoche' (1969), 'Fuego en el cuerpo' (1981)...

Fuente | rtve.es

28 ene 2011

La belleza de Pixar

Adiós a Paco Maestre

Paco Maestre en su último trabajo
Fuente | rtve.es

Ha muerto uno de mis más ilustres paisanos, el actor Paco Maestre, a quien disfruté con mayor provecho en el teatro que en el cine o la televisión y a quien recuerdo -fuera, memoria selectiva- en un par de ínfimos espectáculos en el Festival de Mérida, el certamen teatral de su (y mi) ciudad, en el que no seleccionó demasiado bien sus apariciones. Así relataba Rosana Torres en El País su despedida:

"El actor Paco Maestre ha fallecido en el Hospital Clínico de Madrid, donde fue ingresado hace unas horas, clínicamente muerto, tras sufrir un infarto de miocardio mientras grababa un capítulo de la serie 'Amar en tiempos revueltos', que se emite en TVE1 en las sobremesas.

Maestre era de esos grandes secundarios del cine y la televisión, y sobre todo el teatro (donde hizo más de un protagonista) que pertenecía a una generación de actores que venía a sustituir a los también geniales cómicos desaparecidos como Agustín González, Manuel Alexandre, Antonio Gamero, Luis Ciges y tantos otros.

Nació en Mérida (Badajoz) un 2 de julio de 1957, en una casa de la calle Sagasta, muy cercana a Las Siete Sillas en pleno Teatro Romano, en el que juega parte de su primera infancia.

Emigrado a Madrid en 1968, vive en los barrios de la periferia: Carabanchel, Vallecas, Entrevías y Villaverde-Bajo. De familia humilde, deja su trabajo en una oficina, al librarse de la mili por obeso, y se mete a actor hace más de tres décadas y se titula por la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid.

Lleno de recursos dramáticos Maestre trabajó en numerosas ocasiones, gracias a su educada y buena voz, en personajes del teatro lírico, como en sus últimas óperas, '¡Verdugo, verdugo!' y 'El pueblo de la avaricia', ambas de Leonardo Balada, bajo la puesta en escena de Gustavo Tambascio, director con el que Maestre trabajó en numerosas ocasiones. De hecho anoche Tambascio decidió llamarle para ofrecerle el papel de Cherubini en la zarzuela 'El dúo de la Africana' que va a montar en breve.

También trabajó bajo las órdenes de directores de cine como José Luis Alemán, Pedro Almodóvar, José Miguel Juárez, Mariano Barroso, José Luis García Sánchez, Agustí Villaronga, Álex de la Iglesia, Luis García Berlanga, Carlos Saura y José Luis Cuerda, además de ser un miembro destacado en las películas de La Cuadrilla.

A pesar de disfrutar mucho haciendo cine y televisión su pasión nada oculta era el teatro, en su versión dramática y lírica. No hace mucho obtuvo un gran éxito interpretando a Espasa de la zarzuela 'La del manojo de Rosas', dirigida por Emilio Sagi.

Recibió el Premio Max de Teatro en 1998, por su interpretación en 'Pelo de Tormenta', de Francisco Nieva en el Centro Dramático Nacional. También tiene en su haber el Premio Unión de Actores por su trabajo en 'Barrio' de Fernando León de Aranoa. También obtuvo el premio Ágora del Festival de Almagro a toda su carrera, otorgado por un jurado de críticos y expertos teatrales. Ha sido finalista unas cuantas veces al premio Unión de Actores.

En teatro trabajó bajó las órdenes de directores como Ángel Facio, Carmen Losa, Hadi Kurick, Ignacio García, José Antonio Ortega, Calixto Bieito, José Pascual, Juanjo Granda, Juan Carlos Pérez de la Fuente, José Carlos Plaza, Robert Wilson, Eduardo Fuentes, Francisco Nieva, Mario Gas, Miguel Narros y José Estruch, entre otros muchos.

En televisión también ha hecho otros fundamentales trabajos en series como 'Ana y los siete', 'Manos a la Obra', 'El Comisario', 'Pepa y Pepe' o 'Lleno por Favor'.

De carácter afable en los últimos tiempos había empezado a cuidarse una quebrada salud que años atrás le había producido problemas circulatorios, aunque algunos amigos hoy también lo achacan a su compulsiva adicción al tabaco y su tendencia a la obesidad, a pesar de que en los últimos tiempos se había quitado muchos kilos.

Hace unos minutos Tambascio recordaba los problemas físicos que atravesó cuando hicieron 'La discreta enamorada' y cómo Maestre se peleaba con su gran amigo, el también actor Emilio Gavira, cuando éste estaba dejando de fumar y Maestre le mortificaba diciendo que lo único que iba a conseguir era que se le agriara el carácter y tuviera mal humor. 'No había manera de que reconociera que tenía problemas serios de salud', ha dicho Tambascio.

El infarto le ha sobrevenido mientras grababa lo que ha terminado siendo su último personaje en 'Amar en tiempos revueltos', Celso, un hombre sin escrúpulos que no tiene la más mínima compasión por sus semejantes y que Maestre interpretaba midiendo maravillosamente las pausas y los silencios y aportando una frialdad al personaje, un fascista de la División Azul, que cortaba la respiración y conseguía dar verdadero miedo y repugnancia".