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22 feb 2011

La (pen)última buena novela negra

Portada del libro
Fuente | RBA

RBA acaba de publicar, dentro de su 'Serie Negra', una obra maestra del género: El último buen beso, de James Crumley. "Una experiencia llena de trepidante acción, cruel ironía y crítica brutal al género humano", según la propia editorial. Mucho más que eso, para Rodrigo Fresán, que se deshace en elogios hacia este clásico de la literatura del siglo XX desde las páginas de ABC Cultural:

"Si puede afirmarse que Chandler reescribió con astucia El gran Gatsby, de Fitzgerald, a la hora de su El largo adiós, entonces puede decirse que James Crumley fue todavía más audaz. Porque Crumley -sin salir del género- se atrevió a reescribir El largo adiós cuando nos dio El último buen beso: 'philipmarloweiana' ya desde el título y su indiscutible obra maestra. Basta con recorrer tributos a la hora del adiós a Crumley (1939-2005) y enumerar apellidos de renombre haciendo fila y dándose codazos (nada más y nada menos que Ray Bradbury llegó a homenajearlo bautizando como Crumley al protagonista de sus policiales hollywoodenses) para asistir a noble y dolida competición por quién hablaba más y mejor de este 'escritor de escritores'.

Allí, muchas cosas buenas y graciosas, y diferentes, se dicen de él. Todos, sin embargo, coinciden en caer de rodillas cuando se refieren a El último buen beso.

Perteneciente al llamado 'Grupo de Montana', Crumley debutó con una excelente novela autobiográfica y soldadesca 'de Vietnam', pero transcurriendo en las Filipinas y con ecos de Trampa-22, de Joseph Heller (Uno que marque el paso, 1969). Pero enseguida resolvió que lo suyo pasaba más por la investigación privada que por la debacle nacional. Así, creó a dos detectives inolvidables que, a lo largo de sus respectivas misiones, a menudo parecen la misma persona. Ambos son cínicos, veteranos de Vietnam, sus narices son amantes de la cocaína, y Crumley acabó reuniéndolos en la demencial y fronteriza Bordersnakes (1996). A saber: Milton Chester 'Milo' Milodragovitch (a quien conocimos en Un caso equivocado, 1975) y C. W. Sughrue.

Este último es el que sale a la carretera en El último buen beso (1978) junto a un escritor etílico, cruce de Dylan Thomas con Norman Mailer (el Terry Lennox de la ecuación aquí), en busca de una joven perdida en más de un sentido para tropezar por el camino con un bulldog impasible (pero con un sentido y olfato ético mucho más desarrollado que el de sus dueños) y (reflejos de Ross Macdonald) con los despojos de la Generación de Acuario en un paisaje donde el amor libre deriva hacia la pornografía prisionera.

Todo se abre con una de las mejores y más líricas frases jamás encontrada en una novela 'noir' (buscarla, descubrirla, disfrutarla, admirarla) y cierra con uno de esos finales con antiheróico héroe asqueado por la calidad y pureza que puede llegar a alcanzar la podredumbre moral de hombres y mujeres. Llegado ese punto, se confirma lo que veníamos sospechando desde la primera página: estamos ante un gran libro, ante literatura de la buena a secas y sin etiquetas. 'La ficción seria a veces es seria. La ficción detectivesca a veces es seria, pero por lo general no. Por otra parte, cuando la ficción seria intenta ser seria, a menudo resulta ridícula. La ficción detectivesca, en cambio, nunca resulta ridícula cuando quiere ser seria', dictaminó Crumley en una entrevista. Basta con remitirse a El último buen beso como prueba de ello. Y, de acuerdo, a menudo se le criticó a Crumley -mientras se ensalzaba la fuerza y elegancia de su prosa- que sus tramas a veces eran, como la vida real, algo confusas y dejaban demasiados cabos sueltos.

Y ahí está su último libro, The Right Madness (2005, otra vez con Sughrue), donde Crumley parece estar reescribiendo, sí, la perfecta El último buen beso en la que todo encaja, no hay nada fuera de lugar, y la resolución del 'misterio' emociona e indigna como pocas veces en la vida de un lector curtido en tristes y solitarios finales".

Portada de la primera edición en inglés
Fuente | only detect

9 feb 2011

(Otra) 'Gata sobre tejado de zinc caliente'

Fuente | YouTube cdn


"Ustedes saben que no soy partidario de las versiones aligeradas, pero por una vez le doy la razón (con reparos) a Àlex Rigola, que [...] ha dejado la función en hora y media y el reparto en seis actores. De entrada, Rigola tiene el detalle de señalar que [...] es una 'adaptación libre' que como tal asume y dirige. Su poda tiene sentido: el original rebosa palabrería; 'informa' en vez de mostrar o sugerir; los personajes de Gooper y Mae, cuñados de Maggie, parecen villanos de opereta (sureña), y sobra por completo el desfile de secundarios: el cura, el médico, los niños, los criados.

Hay en el trabajo de Rigola resoluciones admirables (la forma en que Big Daddy intuye la verdad de boca de su hijo, mucho más sutil que en el original) y, qué vamos a hacerle [...]: parece que a veces no es fácil encontrar un equilibrio entre la retórica y el telegrama. En su reenfoque del texto también hay ganancias y pérdidas: Rigola humaniza a Gooper (Santi Ricart) y Mae (Ester Cort), pero convierte a Big Mama (Muntsa Alcañiz), que quiere realmente a Big Daddy (Andreu Benito) y en el tercer acto tenía peso y emoción, en una criatura errabunda y casi fantasmal, por no decir cercana a un zombi.

La escenografía de Max Glaenzel ya indica un intento de maridaje, no siempre feliz, entre naturalismo y estilización: la cama bajo un árbol muerto, la floración de arbustos de algodón, el piano atestado de botellas, y el rótulo en neón que indica, por si hiciera falta, el mantra de la obra: 'Why Is It So Hard To Talk?'. En los sesenta habrían dicho que 'La gata' era un texto sobre la incomunicación; quizás sea más preciso decir que versa sobre el autoengaño, sobre lo que rechazamos saber hasta que no queda más remedio: el origen de la culpa de Brick, la enfermedad de Big Daddy. Hablando de incomunicación, el primer acto roza, en manos de Rigola, la parodia de Antonioni. Es sugestivo que Brick (Joan Carreras) beba susurrando canciones junto al piano, como si su mente estuviera en un bar de las afueras de Marte, mientras Maggie (Chantal Aimée) clama por su retorno al tálamo, pero no me parece buena idea la insistencia en tenerles a seis metros y hablándose de perfil, distancia sólo interrumpida por un fallido intento de felación.

El clima creado por el espléndido pianista Raffel Plana, que parece tocar realmente desde otro planeta, como si las notas heladas se derritieran al contacto con la tórrida atmósfera terrestre, es notabilísimo, aunque la iluminación lóbrega y el calor de la sala empujan la magia hacia una cierta letargia. Carreras interpreta a Brick como un golden boy caído, empapado en alcohol, exhalando asco hacia todo y especialmente hacia sí mismo: parece un primo hermano de Seymour Glass y de los antihéroes de Fitzgerald. Es muy difícil interpretar desde el arrasamiento y embocar el punto justo: Carreras lo consigue. No puedo decir lo mismo de Chantal Aimée, que se entrega pero no convence, quizás porque su combinación de agonía anímica y desborde pasional resulta un tanto forzada. Falta más viveza en sus parlamentos, a ratos demasiado enfáticos. Quizás, curiosamente, requeriría algo más de texto, algo más de la verborrea nerviosa del original. Quizás, a fin de cuentas, el pugilato entre Brick y Maggie no tenga un interés superlativo. Todo cambia, y cómo, con la entrada de Andreu Benito, que interpreta a Big Daddy con su mezcla habitual de autoridad y melancolía (muy cercano a su Dorn en 'La gaviota' de la Villarroel), pero con una fuerza y unas embestidas de rabia que nunca le había visto. El brutal anhelo de sinceridad del personaje centuplica el voltaje de la función: por fin pasan cosas, por fin se coge el toro por los cuernos, por fin nos sentimos implicados en el conflicto (aunque, la verdad, suena muy raro que Brick le llame 'abuelo').

Benito y Carreras no sólo bordan un mano a mano de antología: el careo entre Brick y Big Daddy es la función, es lo que nos toca y lo que se recuerda; lo demás es planteamiento y desenlace, estructuralmente necesarios pero con muy inferior garra dramática. Incluso me atrevería a decir, cargando un poco la mano, que la historia se entendería perfectamente sólo con ese tramo. El desenlace sigue las pautas formales de un oratorio, iniciado en la culminación emocional del segundo acto con 'Song to the siren', de Tim Buckley/This Mortal Coil. Aquí Rigola está muy cerca de sus escenas del desierto en '2666' o de las nítidas fantasmagorías de Castellucci: los personajes contra la pared, como oficiantes de un ritual arcaico; los algodonales relumbrando en la penumbra como vírgenes fluorescentes; la música girando sobre sí misma, en un loop infinito, como una elegía funeral o una tormenta acercándose. La intensidad poética es sobresaliente, aunque a costa de forzar la nota pesimista. A la amputación del personaje de Big Mama, señalada al principio, hay que sumar la condena de Maggie a la inoperancia: sin lanzamiento de botellas, sin reafirmación vital, sin redención para su hombre. Pero así lo ha querido el director y adaptador".