El crítico extremeño José Luis García Martín abre sus 'ventanas de papel' de ABC Cultural a dos de los libros fundamentales de la 'rentrée' de 2011: los de Gimferrer y Marsé. Con su mala baba habitual, y arrogándose -de manera pretenciosa- la voz colectiva de los lectores, desprecia la altura literaria que jamás podrá alcanzar él como creador. Conviene tenerlo en cuenta, en todo caso:
"Dijo una vez un político que no hay que confundir opinión pública con opinión publicada. Así es, al menos en literatura. Cada vez resulta más frecuente el aplauso unánime de la crítica y el unánime desdén de los lectores (no de los compradores). Dos ejemplos recientes: Rapsodia, de Gimferrer, y Caligrafía de los sueños, de Marsé. 'Escrito en seis días' se anuncia uno, con circense fanfarria; 'La primera novela después del Cervantes', el otro. Tras ripiosos tumbos entre modernismo y postismo, vuelve Gimferrer a reescribir sus versos de hace cuarenta años: lo que entonces deslumbraba, por contraste con la grisura realista, ahora parece envejecida quincallería, aunque no deje de sorprender alguna imagen, pronto difuminada en el automatismo del conjunto. Caligrafía de los sueños suena tan a Marsé que ni siquiera necesitaría haberla escrito Marsé. Se equivoca quien piense que son malos libros. Son solo prescindibles, cansinas vueltas de tuerca. Tan consabidos que quien conoce su obra anterior podría, no ya reseñarlos, sino dar conferencias sobre ellos sin haberlos leído. El poema 'más que a significar aspira a ser' afirman Gimferrer y tantos teóricos de la literatura. Pero nada más fácil que un poema que 'es' y 'nada significa': cualquiera escrito en una lengua que ignoramos. Deleitarse con la musicalidad de sus significantes supondría así la culminación del placer estético.
Barcelona, años cuarenta, un tranvía lleno, un viajero que se dirige a un orondo sacerdote afirmando que nunca será 'siervo de una Iglesia que pasea al centinela de Occidente bajo palio'. En una serie de televisión, cambiaríamos de canal. En una fantasía autobiográfica de Marsé, por cortesía seguimos leyendo. Con cierto nombre, y la adecuada promoción, se puede vender cualquier cosa sin que falten reseñistas que disfracen de crítica literaria los ditirambos publicitarios. Pero no hay que alarmarse: la opinión pública no siempre coincide con la publicada".
Maneras de contar lo que está sucediendo en el mundo árabe hay (casi) tantas como gente dispuesta a plantarle cara -¡ya era hora!- a la gentuza que (des)gobierna medio mundo y parte del otro. Por ejemplo, echando mano del clásico soneto, pasado por el filtro público de Joaquín Sabina: sabrosa ración de 'pinchos morunos':
Las agarradas -negro sobre blanco, naturalmente- entre Arcadi Espada y Javier Cercas -maestros ambos para mí, cada uno en lo suyo- en torno a la delgada línea roja que separa periodismo y literatura, ficción y realidad en la narrativa (pseudo)periodística contemporánea -relatos reales me parece que lo llaman- son bien conocidas por los amantes de las letras españolas -en cualquiera de sus manifestaciones-. Sucede que esta semana la cosa ha llegado a las manos -es un decir- por culpa de una columna publicada por el primero en El Mundo el pasado día 15. El escrito ha hecho correr ya ríos de tinta -y de sangre mediática, claro- pese a su corta vida, y ha permitido a Espada llevarse el 'gato al agua' -de momento- en un duelo de (afiladas) plumas al que nadie puesto aún el 'the end'. Sirva como consuelo, entre tanto, la síntesis del asunto que publicaba antes de ayer el animador del cotarro en su diario:
"Tenía un hombre que días antes, y a propósito de una columna mía, había escrito una carta a este periódico cuyo único argumento era llamarme mentecato, haciendo uso del lenguaje recto. Y un hombre que, sobre todo, había escrito en el diario El País un artículo con una serie de proposiciones entre las que destacaba, justo al comienzo, esta frase de Hitler como paradójico (y potente) argumento de autoridad: 'Exigimos una campaña legal contra quienes propagan mentiras políticas deliberadas y las diseminan a través de la prensa'.
Luego venía su pasmoso corolario lógico: '¿Quién escribió eso? Adolf Hitler, en 1920. ¿Qué significa eso? Significa, al menos, que hay que desconfiar de los cruzados contra el embuste, porque el énfasis en la verdad delata casi siempre al mentiroso'.
Y luego: 'El mejor lugar donde asediar la verdad factual del presente es el periódico. ¿Quiere esto decir que hay que exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responde a la verdad de los hechos? A mi juicio, no'.
Y luego: 'Se dirá que todo esto atañe solo a una parte del periódico, a esas secciones donde, como en las columnas o en los artículos de opinión, son admisibles ciertas licencias, y no al resto, donde lo que debe imperar es la verdad factual; es cierto, pero añado una reflexión a esa certeza. Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. La palabra clave es imaginativa'.
Y luego. Y luego.
Eran sus absurdas excrecencias de siempre. Pensé que merecía una lección y que iba a dársela. La lección consistiría en aplicar sus premisas a un caso concreto. A una ficción concreta. Me iba a tomar con él alguna licencia, como tan graciosamente las llama. Era inevitable que sufriera alguna molestia, que en cualquier caso sería ligera y breve. Mucho más ligera, en cualquier caso, que las que habían sufrido en su mismo periódico algunas de las víctimas de sus modelos. Las de Juan José Millás, el primero. Y no, desde luego, por lo que se refiere a sus cuentos industriales tipo, para seguir a Cercas en su paráfrasis, 'abre la nevera y se encuentra dentro a su madre enana, con un cubata de Bacardí en una mano y un porro en la otra'. Nada de eso. Algo aún más aéreo. Cuando observando una foto de Rajoy con amigos Millás sentenciaba que la distancia de seguridad que guardaban se debía probablemente a la halitosis. Un cálido ejemplo de ficción con nombres propios. (El País Semanal, 31 de agosto de 2008) O cuando su maestro, Francisco Rico Manrique, se instalaba en el ambigú y en la posdata de un suelto sobre el fumar declaraba que no había fumado nunca un pitillo (El País, 11 de enero de 2011) mintiendo sobre su condición largamente nicotina para que al menos uno de sus argumentos sobreviviera. (Sin embargo, lo mejor de Rico sucedió a los pocos días cuando preguntado por la Defensora del Lector sacó el pitillo Rimbaud, le pidió fuego a la sorprendida e hizo la primera voluta: 'J’est un autre'. Lástima que luego cayera en una impropia 'nota de color', aunque algo de vulgaridad le va bien al talento). O qué decir, en fin, de uno de sus héroes antepasados, el fotógrafo Javier Bauluz, cuando adjudicó toda la indiferencia de Occidente ante la desdicha a una inerme pareja de bañistas cazada en la cercanía -trucada- de un cadáver.
En todos esos casos, y en decenas que podían añadirse, esas ficciones, al igual que la mía, fueron creídas por mucha gente. Y habían causado daños. A Rajoy. A su mujer, porque la halitosis, incluso imaginaria, es uno de los motivos femeninos más aducidos para evitar las relaciones sexuales. A los lectores de Francisco Rico, de cuya confianza había abusado el académico. Y, desde luego, también a la pareja de bañistas estigmatizada por el fotógrafo Bauluz a causa de su falsa, pero manifiesta, falta de piedad. Por lo tanto me preocupaban las molestias que pudiera causarle a Cercas. Aunque menos, francamente, que las que yo mismo iba a causarme. Para empezar, iba a hacer de Cercas. Iba a seguir sus consejos y a fabricar una verdad moral a partir de una mentira fáctica, como con tanta insistencia, y sin quitarme un ojo de encima durante todas las horas de todos estos años, había tratado de inculcarme. La fabricación sólo podía hacerse en las páginas de un periódico. Sólo en el periódico se puede mentir. Que Ana Karenina se tire al tren no es mentira ni verdad. Que Javier Cercas estuviese en un lupanar, de Arganzuela, la madrugada del domingo es mentira y de la buena. Sabía, ciertamente, que yo no iba a salir sin daños del empeño. El primero es la seguridad de que iban a llamarme, y con toda razón, Cercas. Inmediatamente después, la arremetida del populacho cibernético, cuyo nivel de instrucción es ya inversamente proporcional a su capacidad de publicación. Luego había también el peligro de que me gustara. Y one more thing. Un peligro con el que yo entonces no contaba, que un lector muy sutil de mi blog describía en un comentario y que al cabo ha sido para mí el daño mayor, aunque instructivo.
Hay que dar un rodeo para explicarlo. Mi columna quería reproducir de Cercas hasta su enrollada untuosidad. Cuando releo esta frase que yo habré escrito, y ya para siempre: 'Sobre todo, porque el caso no refleja más que nuestra identidad de inofensivos soldados, al fin y al cabo sólo interesados en las maniobras de la retórica, el estilo y la verdad' me da un repeluco y hasta he de ir corriendo a lavarme. Pero es que toda la columna es una muestra elemental, casi grosera, del abrazo del oso. Algo muy de Cercas: sólo cabe leer la flatulenta crónica que dedicó en El País Semanal (8 de marzo de 2009) a nuestro casual y educado encuentro en un aeropuerto. La inexorable inmoralidad del abrazo del oso la explica bien este párrafo de la revista de prensa de Libertad Digital (15 de febrero): 'Pero la columna más informativa del día es la de Arcadi Espada en El Mundo, que le echa una mano al cuello a Javier Cercas. ¿Se habían enterado de que al columnista de El País le detuvieron el otro día en una redada contra la 'explotación sexual' en un burdel de Arganzuela? Pues ya lo saben. Le pusieron enseguida en libertad, que conste. 'No es ni lógico ni justo ni tolerable que su nombre fuera citado al día siguiente en uno de esos siniestros programas televisivos que se llevan el gato del periodismo al agua, pero sólo para escaldarlo', se indigna Espada. Y le envía un 'fraternal abrazo a la víctima Cercas'. Otro desde aquí, Javier, y dale las gracias a Arcadi. Si no es por su publicidad a lo mejor nunca nos habríamos enterado'. Leyendo esto, y la infinidad de comentarios posteriores, supe que había muchas personas que me creían capaces de escribir un texto así. Es decir, un texto que con la excusa de la solidaridad y la mano tendida fuera capaz de dar eco múltiple a la vida privada de Cercas. Estimable lección: muchos más lectores de los que creía piensan que soy capaz de una villanía semejante. Está bien saberlo.
En la información que publicaba ayer el diario El País (donde por cierto había un suelto de Lluís Bassets, su director adjunto, del que me ocuparé con atento detalle en 'Un lupanar en Arganzuela', blog) Cercas considera que yo le he calumniado. Ojalá sea una muestra, aunque oblicua, de que la edad pueril ha terminado y que el propósito moral de mi columna ha empezado a hacer efecto. Pero la precisión aún no es su fuerte. Yo no le he acusado falsamente de ningún delito. Como máximo le he llamado (¡pero falsamente!) 'putero'. Y creo que ni siquiera. 'Cercas, que eres más puta que las gallinas', eso es más bien lo que le llevo llamándole desde hace tiempo, aunque sin utilizar el recto. Poner a alguien en un burdel no es un delito. ¡Ah, tiempos en los que hay que abrirse paso a través de los grititos! El propio Cercas ha dado alegre publicidad a una de sus visitas. 'Hijos de la chingada, denle todos la bienvenida a Javier Cercas, que recién aterriza en Tijuana. Pinche güey: qué pronto encontró Las Adelitas'. Entonces las prostitutas y los asesinos y los narcos de Las Adelitas me dan la bienvenida al paraíso con un grito unánime, y mientras me siento de golpe el hombre más honrado de la tierra, consciente de que por fin he llegado al sitio donde siempre había querido estar, porque siempre lo había buscado sin saber que estaba buscándolo, pienso que Tijuana es una playa tan infinitamente triste como una herida (...)', escribía un apasionado Cercas después de haber estado en el burdel Las Adelitas, de Tijuana (El País Semanal 17 de agosto de 2003). A ver si el problema va a ser Arganzuela.
En las mismas declaraciones Cercas insinúa que irá al juez. Deduzco que a lloriquear como un pobre faction lo que no supo ganar en la fiction. Oh, dios santo, si fuera al juez...! Y, oh dios, si ganara... ¡Y la jurisprudencia que crearía! Mi amigo Mercutio lo decía muy finamente donde Jabois. Haga lo que haga, jaque mate. Yo soy de dominó y lo veo más bien como un seis doble ahorcado. En cualquier caso siempre será mejor el juez. Porque la alternativa que expresa con su pompa en El País es nada más y nada menos que la del 'pronunciamiento público'. Y lo que hace después con los pronunciamientos: la anatomía del instante. Para temblar.
Bien. Lo he hecho. Crucé la raya y he vuelto. Es un lugar fácil y da un poco de asco. Como un burdel. Sólo ahora comprendo de verdad los nervios permanentes de Cercas. El peso que lleva. Mal oficio".
"Tras haber superado el fascismo, el nazismo y el estalinismo el mundo se enfrenta ahora a una nueva amenaza totalitaria global: el islamismo.
Nosotros, escritores, periodistas, intelectuales llamamos a la resistencia contra el totalitarismo religioso y a la promoción de la libertad, la igualdad de oportunidades y los valores seculares para todos.
Los recientes sucesos acaecidos tras la publicación de dibujos de Mahoma en periódicos europeos han mostrado la necesidad de luchar por estos valores universales. Esta lucha no se ganará con las armas sino en el campo ideológico. No es un enfrentamiento de civilizaciones ni una lucha entre Oriente y Occidente a lo que asistimos sino una lucha global que enfrenta a demócratas con teócratas.
Como todos los totalitarismos, el islamismo se nutre de miedos y frustraciones. Los predicadores del odio se aprovechan de tales sentimientos para engrosar sus batallones destinados a imponer un mundo liberticida y desigualitario. Pero nosotros, clara y firmemente afirmamos: nada, tampoco la desesperación justifica la elección del oscurantismo, el totalitarismo y el odio. El islamismo es una ideología reaccionaria que mata la igualdad, la libertad y el secularismo allí donde está presente. Su éxito sólo lleva a un mundo de dominación: el dominio del hombre sobre la mujer y el dominio de los islamistas sobre todos los demás. Para oponernos a algo así, hemos de asegurar los derechos universales de los oprimidos y los discriminados.
Rechazamos el 'relativismo cultural' que consiste en aceptar que hombres y mujeres de cultura musulmana deberían ser privados del derecho a la igualdad, a la libertad y a los valores seculares en nombre de cultura y tradición. Nos negamos a renunciar a nuestro espíritu crítico por miedo a ser acusados de islamofobia, un concepto desafortunado que confunde la crítica al Islam como religión con la estigmatización de sus creyentes.
Reclamamos la universalidad de la libertad de expresión para que en todos los continentes pueda el espíritu crítico ejercerse contra todo dogma y todo abuso.
Llamamos a todos los demócratas y espíritus libres de todos los países para que nuestro siglo sea uno de Ilustración y no de oscurantismo".
"¿Cuáles fueron los acontecimientos que distinguieron el espíritu del siglo XXI del espíritu del siglo XX? Desde una perspectiva global fueron, en primer lugar, la destrucción del muro de Berlín y el subsiguiente final rápido del orden de la guerra fría y, segundo, la destrucción de los edificios del World Trade Center el 11 de septiembre del 2001. El primer acto de destrucción estuvo lleno de brillantes esperanzas, mientras que el siguiente fue una tragedia abrumadora. La convicción generalizada, en el primer caso, de que 'el mundo será mejor que nunca' fue totalmente despedazada por el desastre del 11/S. Estos dos actos de destrucción, que se desarrollaron en cada lado del punto de inflexión milenario con una inercia tan ampliamente distinta, parecen haberse combinado como una sola dualidad que causó una gran transformación en nuestra mentalidad.
Durante los últimos 30 años he escrito ficción en varias formas, desde cuentos cortos hasta novelas completas. Las historias siempre han sido uno de los conceptos humanos más fundamentales. Aunque cada una es única, funcionan principalmente como algo que puede compartirse o intercambiarse con otras. Esa es una de las cosas que les dan su significado. Las historias cambian de forma libre conforme inhalan el aire de cada nueva era. Siendo en principio un medio de transmisión cultural, son altamente variables en lo que respecta al modo de presentación que emplean. Como diestros diseñadores de moda, los novelistas arropamos las historias, conforme cambian de forma de un día a otro, con palabras adecuadas a sus perfiles.
Desde una perspectiva profesional, parecería que la conexión e interacción entre nosotros y las historias con que topamos experimentaron mayor cambio que nunca en algún momento cuando el mundo cruzó (o empezó a cruzar) el umbral del milenio. Que haya sido un cambio para bien o un cambio menos bienvenido, no estoy en posición de juzgarlo. Todo lo que puedo decir es que probablemente nunca podremos regresar al punto de partida.
Hablando por mí, uno de los motivos por los que lo siento con tanta convicción es el hecho de que la ficción que escribo experimenta en sí misma una transformación perceptible. Las historias en mi interior cambian de forma constante conforme inhalan la nueva atmósfera. Claramente puedo sentir el movimiento dentro de mi cuerpo. Puedo ver que al mismo tiempo también sucede un cambio sustancial en la forma en que los lectores reciben la ficción que escribo.
Ha habido un cambio que vale la pena resaltar, especialmente, en la postura de los lectores europeos y estadounidenses. Hasta ahora, mis novelas podían considerarse en términos del siglo XX. Esto es, podían entrar en sus mentes a través de pórticos como posmodernismo o realismo mágico u orientalismo; pero prácticamente desde que la gente acogió el nuevo siglo gradualmente empezó a despojarse del marco de estos ismos y a aceptar los mundos de mis historias con mayor tendencia al como es. Percibía intensamente este cambio cada vez que visitaba Europa y Estados Unidos. Me parecía que la gente aceptaba mis historias totalmente -historias muchas veces caóticas, otras tantas carentes de lógica, y donde la composición de realidad ha sido reconfigurada-. En lugar de analizar el caos dentro de mis historias, parecen haber comenzado a concebir un nuevo interés por la propia tarea de encontrar la mejor forma de aceptarlas.
En cambio, los lectores medios de los países asiáticos nunca necesitaron el pórtico de la teoría literaria para leer mi ficción. La mayoría de los asiáticos que se propusieron leer mis obras aceptaron al parecer desde el principio las historias que escribí como relativamente naturales. Primero llegó la aceptación, y luego (de ser necesario) el análisis. En la mayoría de los casos, en Occidente, sin embargo, con cierta variación, el análisis lógico vino antes de la aceptación. Estas diferencias entre Oriente y Occidente parecen desvanecerse con el paso de los años al influirse recíprocamente.
Si tuviera que etiquetar el proceso que ha experimentado el mundo durante los últimos años sería realineación.
Una importante realineación política y económica empezó después del final de la guerra fría. No hay mucho que decir acerca de la realineación en el área de la tecnología de la información, con un impactante desmantelamiento y establecimiento de sistemas a escala mundial. En el turbulento punto medio de estos procesos, obviamente, sería imposible que la literatura fuera la única que no se realineara y evitara el cambio sistémico.
Una importante dificultad ocasionada por este proceso de realineación es la pérdida -aunque sólo temporal- de los ejes coordinados para formar estándares de evaluación. Estos ejes estuvieron ahí hasta ahora, funcionando como bases fiables para medir el valor de las cosas. Se sentaban en la cabecera de la mesa como pater familias de los valores, decidiendo lo que concordaba y lo que no. Ahora nos despertamos y hallamos la desaparición no sólo del jefe de la familia, sino de la misma mesa. Por todos lados, parecería, las cosas han sido -o están siendo- tragadas por el caos.
Cuando oigo la palabra caos, automáticamente me imagino las escenas del 11-S -esas impactantes imágenes mostradas millones de veces en televisión-. Los dos aviones incrustándose contra los muros de cristal de las Torres Gemelas, las propias torres derrumbándose sin dejar rastro; escenas que seguirían siendo increíbles después de verlas más de un millón de veces. La trama que tuvo éxito con milagrosa perfección, una perfección que alcanzó casi un nivel de surrealismo. Si puedo decirlo sin temor a ser mal entendido, las imágenes parecían gráficos de ordenador para una película de Hollywood sobre el juicio final.
A menudo nos preguntamos cómo hubiera sido si nunca hubiera sucedido el 11-S o al menos si ese plan nunca hubiera sido tan exitoso de forma tan perfecta. El mundo habría sido muy distinto de lo que es ahora. Estados Unidos pudo haber tenido otro presidente (importante posibilidad) y las guerras en Iraq y Afganistán tal vez nunca habrían ocurrido (posibilidad aún mayor).
Llamemos Realidad A al mundo que tenemos actualmente, y Realidad B al mundo que pudimos haber tenido en ausencia del 11-S. No podremos dejar de observar que el mundo de Realidad B parece ser más real y racional que el mundo de Realidad A. Para decirlo en otros términos, vivimos en un mundo que tiene un nivel de realidad aún menor que el mundo irreal.
¿De qué otra forma podemos llamarlo sino caos?
¿Qué tipo de significado puede tener la ficción en una era como esta? ¿A qué tipo de propósito puede servir? En una era donde la realidad es insuficientemente real, ¿cuánta realidad pueden tener las historias ficticias? Sin lugar a dudas, este el problema al que hacemos frente ahora los novelistas, las preguntas que se nos han planteado. En el momento en que nuestras mentes cruzaron el umbral del nuevo siglo, también cruzamos el umbral de la realidad de una vez por todas. No tuvimos otra opción más que cruzarlo, finalmente, y, al hacerlo, nuestras historias se ven forzadas acambiar de estructura. Las novelas e historias que escribimos indudablemente serán cada vez más distintas en carácter y sensaciones que las que han aparecido antes, de la misma forma que la ficción del siglo XX se diferencia drástica y claramente de la ficción del siglo XIX.
El objetivo propio de una historia no es juzgar lo que está bien y lo que está mal, lo bueno y lo malo. Lo más importante es que determinemos si, en nuestro interior, los elementos variables y tradicionales avanzan armónicamente, determinar si las historias individuales y comunes se suman en la raíz en nuestro interior.
En otras palabras, el papel de una historia es mantener la solidez del puente espiritual construido entre el pasado y el futuro. Nuevas morales y orientaciones emergen con bastante naturalidad de tal empresa. Para que ello suceda, primero debemos respirar profundamente el aire de la realidad, el aire de las cosas como son, y debemos encarar pródigamente y sin prejuicios la forma en que las historias están cambiando dentro de nosotros. Debemos acuñar nuevas palabras a tono con el ritmo de ese cambio.
En ese sentido, al mismo tiempo que la ficción (narración) sufre actualmente una prueba severa, ello representa una oportunidad inusitada. Por supuesto que a la ficción siempre se le ha asignado responsabilidad y preguntas que afrontar en cada era, pero sin duda estas son ahora especialmente importantes. La narración o historia posee una función que sólo ella puede cumplir, y es la de 'convertir todo en una historia'. Transformar las cosas y sucesos que nos rodean en la metáfora de la forma narrativa y sugerir la verdadera naturaleza de la situación en el dinamismo de esa sustitución: tal es la función más importante de la historia.
En mi última novela, 1Q84, no muestro el futuro cercano de George Orwell, sino lo contrario -el pasado cercano- de 1984. ¿Qué hubiera pasado en el caso de un distinto 1984, no el original que conocemos sino otro 1984 transformado? ¿Y qué pasaría si repentinamente nos lanzaran a ese mundo? Habría, por supuesto, tanteos hacia una nueva realidad.
En la brecha entre Realidad A y Realidad B, en la inversión de realidades, ¿en qué medida podríamos preservar nuestros valores recibidos y, al mismo tiempo, qué tipo de nueva moral podríamos llegar a parir? Este es uno de los temas de mi trabajo. Dediqué tres años a escribir esta historia, tiempo durante el cual simulé en mí su mundo hipotético. El caos sigue ahí, en perfecta forma.
Pero, después de abundantes pruebas y errores, presiento intensamente que finalmente lo estoy logrando plasmar en términos de una historia. Tal vez la solución parta de aceptar tranquilamente el caos no como algo que 'no debería existir', que debería rechazarse fundamentalmente en principio, sino como algo que 'está ahí en calidad de hecho real'.
Tal vez sea demasiado optimista. Pero como narrador de historias, como esperanzado y humilde piloto de la mente y el espíritu, no puedo evitar sentirlo de esta manera, en el sentido de que el mundo, también, después de abundantes pruebas y errores, seguramente logrará nueva confianza de que lo está captando y descubrirá sin duda pistas que sugieran una solución, porque, finalmente, el mundo y las historias han cruzado el umbral de muchos siglos y han atravesado muchos jalones para sobrevivir hasta el día de hoy".
Timothy Garton Ash, brillante analista político británico y faro de la historia del presente para los principales medios de comunicación mundiales, concluye hoy en El País, a propósito de la reciente cumbre de Davos, que mientras avanza el siglo XXI se van descubriendo distintas modalidades de capitalismo, a la par que se instala en el planeta un "nuevo desorden mundial" en el que los BRIC ganan la batalla a Occidente:
"Esta es la tercera cumbre de Davos después del Gran Crash de Occidente, y ahora empezamos a ver dónde nos encontramos. No estamos ante el completo fracaso del capitalismo democrático y liberal que algunos temían durante la dramática reunión celebrada aquí a principios de 2009, pero tampoco ante la gran reforma del capitalismo occidental, que era la ferviente esperanza de aquel Davos.
El capitalismo occidental sobrevive, pero renqueante, herido, con una pesada carga de deuda, desigualdades, demografía, infraestructuras olvidadas, malestar social y expectativas utópicas. Mientras tanto, están tomando la delantera otros tipos de capitalismo -chino, indio, ruso, brasileño- que explotan las ventajas de su atraso y traducen rápidamente su dinamismo económico en poder político. ¿El resultado? No un mundo unipolar, tendente hacia un único modelo de capitalismo democrático liberal, sino un mundo sin polos, que se diversifica en muchas versiones nacionales diferentes, y a menudo antidemocráticas, de capitalismo. No un nuevo orden mundial sino un nuevo desorden mundial. Un mundo caleidoscópico e inestable, fragmentado, recalentado y preñado de conflictos futuros".
China se ha convertido en los últimos años en el espejo en el que se mira el resto del mundo -para horrorizarse, en unos casos; para verse con aspecto inmejorable, en otros- y en la potencia (mucho más que) nacional más temida a todos los niveles por los líderes políticos occidentales. Cada tanto, los quioscos o las librerías ofrecen análisis (más o menos) ambiguos de lo que se cuece en las entrañas del gigante asiático, pero hay algo que destaca en (la mayoría de) ellos: están plagados de mitos y prejuicios. Para intentar aportar algo de luz a este oscurantismo analítico habitual, Richard McGregor ha publicado en Foreign Policy su particular revisión de cinco mitos sobre el Partido Comunista Chino. Veamos cuáles son:
"China es comunista sólo de nombre': Falso. Si Vladímir Lenin se reencarnara en el Pekín del siglo XXI y se las arreglara para apartar su mirada de los resplandecientes rascacielos y el ostensible consumismo de la ciudad, reconocería al instante en el gobernante Partido Comunista Chino (PCCh) una réplica del sistema que él diseñó hace casi un siglo para los triunfadores de la Revolución Bolchevique. Uno sólo necesita echar un vistazo a la estructura del partido para ver lo comunista -y leninista- que sigue siendo el sistema político en el gigante asiático. Es verdad que hace mucho que el país se deshizo de los pilares del sistema económico comunista, reemplazando la rígida planificación central por empresas públicas con mentalidad comercial que coexisten con un vigoroso sector privado. Sin embargo, y a pesar la liberalización que se ha producido en la economía, los líderes han tenido mucho cuidado en mantener el control de las altas instancias de la política gracias al dominio del PCCh sobre tres elementos: personal, propaganda y Ejército Popular de Liberación [...].
'El partido controla todos los aspectos de la vida en China': Ya no. No hay duda de que China fue un Estado totalitario bajo el gobierno de Mao Zedong desde 1949 hasta su muerte en 1976. En esos malos tiempos, los trabajadores corrientes tenían que pedir permiso a sus supervisores no sólo para casarse, sino también para mudarse a vivir junto a sus cónyuges. Incluso el preciso momento elegido para comenzar una familia dependía de una aprobación desde las alturas. Desde entonces, el PCCh ha reconocido que este tipo de profunda interferencia en la vida de la gente es en realidad un estorbo para poder construir una economía moderna. Bajo las reformas iniciadas por Deng Xiaoping a finales de los 70, el partido se ha ido alejando gradualmente de las vidas privadas de todos excepto de los más recalcitrantes disidentes. El declive en los 80 y 90 del viejo sistema en el que el lugar de trabajo, la sanidad y otros servicios sociales eran estatales y se mantenían 'desde la cuna hasta la tumba', también desmanteló un intrincado entramado de control centrado en los comités de barrio que, entre otros propósitos, eran utilizados para husmear en las vidas de los ciudadanos corrientes [...].
'Internet hará caer al partido': No. Hace una década el ex presidente estadounidense Bill Clinton pronunció unas famosas declaraciones en las que afirmaba que los esfuerzos de los líderes chinos para controlar Internet estaban destinados al fracaso, que eran algo parecido a 'clavar gelatina en una pared'. Ha resultado que Clinton tenía razón, pero no en el sentido que él pensaba. Lejos de ser una cinta transportadora para los valores democráticos occidentales, Internet ha conseguido en gran parte lo contrario en China. El gran cortafuegos funciona bien para bloquear o al menos filtrar las ideas occidentales. Tras él, sin embargo, los ciberciudadanos hipernacionalistas gozan de carta blanca. El PCCh se ha envuelto en el manto del nacionalismo para asegurarse el apoyo popular y ha exagerado el potente relato de la histórica humillación de China por Occidente [...].
'Otros Estados quieren seguir el modelo chino': Buena suerte. Desde luego, muchos países en desarrollo sienten envidia del ascenso de China. ¿Qué Estado pobre no querría tres décadas de un crecimiento anual del 10%? ¿Y qué tirano no querría un 10% de crecimiento y la garantía de que mientras tanto se mantendrá en el poder una larga temporada? Sin ninguna duda el gigante asiático tienen importantes lecciones que enseñar a otros sobre cómo gestionar el desarrollo, desde cómo pulir sus reformas poniéndolas primero a prueba en diferentes partes del país a manejar la urbanización de modo que las grandes ciudades no se vean invadidas por barrios marginales y poblados chabolistas [...].
'El PCCh no puede gobernar para siempre': Sí, puede. O al menos hasta donde se alcanza a ver en el futuro. A diferencia de los casos de Taiwan y Corea del Sur, la clase media china no ha surgido con ninguna exigencia clara de querer lograr una democracia al estilo occidental. Hay algunas razones obvias para esto. Los tres vecinos asiáticos más cercanos, incluyendo a Japón, se convirtieron en democracias en momentos diferentes y bajo distintas circunstancias. Pero todos fueron en la práctica protectorados estadounidenses y Washington fue crucial para forzar el cambio democrático o institucionalizarlo. La decisión surcoreana de anunciar elecciones antes de los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988, por ejemplo, se tomó bajo presión directa de EEUU. Japón y Corea del Sur son también más pequeños y cuentan con sociedades más homogéneas, careciendo de la enorme amplitud continental de China y de su multitud de nacionalidades y grupos étnicos en conflicto. Y no hace falta decir que ninguno sufrió una revolución comunista cuyos principios fundadores consistían en expulsar a los imperialistas extranjeros del país. Puede que la clase media urbana del gigante asiático desee más libertad política, pero no se ha atrevido a alzarse en masa contra el Estado porque tiene demasiado que perder. Durante las últimas tres décadas, el partido ha decretado un amplio abanico de reformas económicas, incluso a la vez que reprimía la disidencia [...]".
"No es raro que esta izquierda nuestra haga gala de progresismo y nos quiera a todos con la atención puesta en un futuro imaginado, porque volver la vista a la historia con mirada limpia y alguna profundidad es dejar de ser de izquierdas o abrazar el cinismo.
Es el lenguaje del socialismo, donde las palabras, como en la Oceanía imaginada por Orwell en 1984, significan lo contrario de su concepto original: la paz es la guerra, el amor es odio y la esclavitud es libertad. Sólo así se puede entender que el socialismo -y, por extensión, la izquierda- no haya seguido los pasos de esos hijos descarriados suyos que fueron el fascismo italiano -obra de un insigne socialista, director del órgano del partido, Avantie, hijo de su secretario general- y el Nacionalsocialismo alemán, cuando la historia ha demostrado hasta el hartazgo que es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y el evangelio de la envidia, por decirlo con las palabras de Winston Churchill.
Sospecho que, de aquí a unos años, los conceptos de izquierda y derecha serán revisados y manejaremos una clasificación más útil, porque si la izquierda existe sin duda -con diferencias de grado, no de naturaleza-, la denominada derecha es el espacio de la libertad, de propuestas que en ocasiones poco tienen que ver entre sí, salvo el honorable título de no ser izquierda. Pero, obligado a mantener el binomio más popular, podría decirse que es de derechas quien cree que existe un orden natural preexistente al sujeto, que debe descubrir y aplicar a la realidad social. Y es de izquierdas quien descree de este orden previo y piensa que debe crearlo 'ex nihil' en el caso de la comunidad humana.
La piedra de toque de la izquierda es esa 'tabula rasa' que quiere hacer siempre de las sociedades humanas, forzando a los individuos y los hechos a ajustarse a un esquema ideal. Cuando ese ajuste no funciona, tanto peor para los hechos... Y para los individuos. Un centenar de millones de seres humanos pagaron con su vida esta obsesión de la izquierda por crear 'el Hombre Nuevo', despreciando al hombre real. O, como decía Chesterton 'amaban apasionadamente a la humanidad pero no soportaban que nadie tosiera a su lado'. Lo que no es extraño en una teoría cuya pareja de creadores -Marx y Engels- hablaban en nombre de la clase trabajadora a pesar de no haber trabajado en algo útil un solo día de sus vidas, abandonar a sus hijos o maltratar despiadadamente al servicio doméstico.
Si la historia no fuera una muestra evidente y abrumadora de la deriva totalitaria de la izquierda, los propios postulados de esta ideología, su concepto del hombre, serían ya suficiente indicio, porque el socialismo es, incluso en el plano teórico, una rebelión contra la realidad, una negativa tajante a ver las cosas como son y ajustar a lo que conocemos del hombre y el mundo nuestro proyecto social.
No hay sector en el que la izquierda no haya sembrado el desastre, pueblo al que no haya arruinado si se le da la oportunidad, población que no haya diezmado con purgas masivas que han dejado pequeñas las masacres nazis o la desolación de las hordas de Gengis Khan. Y, sin embargo, mientras confesar alguna simpatía por los regímenes vencidos en la Segunda Guerra Mundial supone -con toda la razón- la muerte política y social, todavía vemos a políticos e intelectuales afirmando 'ser de izquierdas' no sólo sin vergüenza o remordimiento por la desolación sembrada por la ideología que pregonan, sino incluso con timbre de orgullo, como si proclamasen lo listos, ilustrados y compasivos que son. En un sentido, pronunciarse de izquierdas exime de la molestia de tener que hacer esfuerzo alguno por el prójimo o la sociedad.
Los izquierdistas ingenuos y de buena fe -los hay- quisieron ver en cada nuevo 'proyecto socialista' la aventura definitiva que demostraría, al fin, que el socialismo no es incompatible con la falta de libertad ni sinónimo necesario de la miseria. En vano. Abiertos los ojos, a la fuerza, al horror soviético, se pasaron con entusiasmo al experimento chino. Después de las hambrunas indescriptibles minuciosamente manufacturadas por Mao con el Gran Salto Hacia Adelante (¿al abismo?) y la Revolución Cultural, creyeron en Corea del Norte.
Luego, en rápida sucesión, vinieron Vietnam, Camboya, los socialismos africanos, Cuba, Nicaragua... Para ver, en cada caso, cómo se repetía invariablemente el esquema de tiranía ideológica, mentiras, represión, adoctrinamiento incesante y miseria.
Que una concatenación tan persistente de fracasos, siguiendo líneas idénticas, no haya abierto definitivamente los ojos de nuestra izquierda en Occidente, relegando definitivamente el socialismo al basurero de la historia, es buena prueba de la victoria gramsciana sobre la cultura y el lenguaje político compartido, asignatura pendiente e incluso ignorada de una derecha pusilánime.
Porque este reiterado esquema histórico de errores no es un cúmulo de desgraciadas coincidencias, sino que está en el mismo ADN de la izquierda. Del mismo modo podemos repetir hasta el hartazgo el experimento de dejar una piedra en el aire, que caerá al suelo sea cual sea nuestro deseo o intención. La ignorancia de qué es el hombre, cuál es su fin, qué le mueve y a qué tiende hacen que la izquierda haya fracasado ya en sus planteamientos, mucho antes de ser probada en la práctica.
Hace poco hemos asistido a uno de los más espeluznantes intentos de ingeniería social -y de los más genuinamente izquierdistas- por parte del Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, la Ley contra la Discriminación en el Trato. En ella está encapsulada toda la aversión a la libertad personal, a la individualidad, al Estado de Derecho; toda la fe en el cambio de naturaleza por imposición, todo el anhelo de ajustar las personas a las ideas y todo, en fin, el totalitarismo al que tiende irremediablemente la izquierda, incluso cuando aún no puede prescindir de urnas y parlamentos.
La derecha es una creencia innata en la limitación de nuestras posibilidades de mejorar al hombre. Cree que es la sociedad misma, el conjunto de los individuos, los que en sus interacciones libres dan color, sabor, creencias y valores a una cultura, sobre la que el poder deberá actuar como un respetuoso árbitro. No así la izquierda, para la que la naturaleza humana es blanda arcilla que puede modelar a placer.
Los ideólogos de la izquierda nos quieren justos y benéficos por ley, felices por decreto. Aunque para ello tengan que preparar el gulag. No son capaces de asumir algo que tienen en el fondo del corazón, fruto de su humana condición: que un hombre sin Dios es un ser sediento y angustiado, incapaz de ser feliz y de dar la felicidad a los demás. Incapaces de reconocer que una sociedad sin Dios no puede encontrar la paz, no es, como les gusta decir a ellos, sostenible. El vacío de trascendencia es llenado con placeres de regusto a acíbar, donde el odio encuentra fácilmente un hueco de destrucción y desunión.
El cristianismo sigue ahí esperando de nuevo que este hombre moderno, mayor de edad, desengañado, regrese a su viejo y acogedor hogar para darle la luz de un destino eterno, capaz de inyectar las razones para vivir que no ha podido encontrar en ideologías de tristeza y muerte".
"Dos mil quinientos años y la guerra continúa. Esta es la descorazonadora conclusión a la que nos conduce Anthony Pagden después de ofrecernos, en Mundos en guerra, un brillante friso que narra la historia de las relaciones entre Occidente y Oriente a partir de los grandes momentos de guerra, postración y devastación.
Fue Heródoto el primero que se preguntó 'qué era lo que dividía a Europa y Asia y por qué dos pueblos similares en muchos aspectos habían llegado a concebir odios tan perdurables entre ellos'. Los asiáticos (los de las tierras del sol naciente) 'eran fieros y salvajes, formidables en el campo de batalla' pero, por encima de todo, 'sumisos y serviles. Vivían siempre intimidados por sus gobernantes, a los que no consideraban simples hombres como ellos, sino dioses'. Los europeos (los de las tierras del sol poniente) amaban la libertad por encima de la vida y vivían bajo el imperio de la ley, no de los hombres y aún menos de los dioses. De este surco trazado por el historiador griego germinaron unas pautas culturales que de algún modo siguen alimentando hoy la idea de que Occidente y Oriente son dos mundos separados por dos visiones irreconciliables de la vida humana. El propósito de Anthony Pagden es hacernos comprender que 'los trágicos conflictos que surgen ahora por las tentativas occidentales de reorganizar una parte sustancial del Oriente tradicional a su propia imagen pertenecen a una historia mucho más antigua y potencialmente mucho más calamitosa, de la que la mayoría de ellos tienen incluso una oscura conciencia'.
Este largo camino ha sido jalonado de intentos de destruir la memoria y de condicionar los relatos. En esta historia de guerras y desencuentros, los frentes han cambiado y los antagonistas también. Pero Anthony Pagden pretende demostrar que hay una línea de continuidad a lo largo de los siglos en la interpretación de las diferencias irreconciliables. Y que los recuerdos históricos acumulados, 'algunos razonablemente precisos, otros completamente falsos', siguen alimentando hoy el conflicto. Un conflicto que al decir de Pagden pasa principalmente por la cuestión de la secularización de la sociedad.
Alejandro el Grande, el Imperio romano, las cruzadas, Napoleón, los imperios coloniales del XIX y, ahora, Estados Unidos representan en este gran relato los intentos más genuinos por parte de Occidente de civilizar al mundo oriental, que Pagden explica con sobriedad, sin que el carácter forzosamente panorámico de la descripción mengüe el interés del lector. Pero a partir de la eclosión del islam, la historia entrará paulatinamente en un proceso de criba de actores hasta llegar al presente en que el conflicto Occidente-Oriente se ha reducido a un conflicto entre la civilización occidental judeo-cristiana y sus instituciones liberal-democráticas y la civilización musulmana. Los demás actores asiáticos han ido desapareciendo de esta confrontación. Hasta el punto de que, cuando Pagden hace sus especulaciones sobre el futuro de este conflicto ancestral e interminable, China y las otras potencias asiáticas han desaparecido por completo de la narración.
En esta coyuntura, la doctrina del conflicto de civilizaciones, de Samuel Huntington, que son siete y no dos, cada una de ellas marcada a fuego por el hierro de la religión, es el mejor estimulante ideológico para la pervivencia del conflicto. Anthony Pagden cita la respuesta de Bin Laden cuando se le preguntó si estaba de acuerdo con la idea de Huntington: 'Totalmente. El Libro Santo lo dice muy claro. Los judíos y los estadounidenses inventaron el mito de la paz en la tierra. Eso es un cuento de hadas'.
Obviamente el estadio actual de esta guerra interminable tiene su icono en el 11-S. Tanto desde Al Qaeda, al afirmar que su ataque a las Torres Gemelas de Nueva York demostraba que la democracia liberal occidental estaba moralmente corrompida, como desde la administración americana con el discurso de Bush sobre el eje del mal, se quiso dar una dimensión moral al conflicto: cristianos contra musulmanes. Y de hecho los cristianos de países de religión islámica están sufriendo las consecuencias.
Anthony Pagden, para cerrar el libro, vuelve a Heródoto: lo que había diferenciado a los griegos de los persas era 'una forma exclusiva de organización política, la isonomía (el orden de igualdad política)', y son 'los principios fundamentales de la isonomía convertidos ya en democracia liberal moderna los que definen más que ninguna otra cosa Occidente, tanto para los musulmanes como para los no musulmanes'. Occidente actúa conforme a tres ideas que, según Pagden, confunden sus estrategias: la idea de que todo el mundo quiere la libertad individual, la idea de que la democracia es algo natural, y la idea de que todo proceso democrático debe conducir necesariamente a la creación de una democracia liberal burguesa. Con estos prejuicios de partida, la democracia sólo puede exportarse a golpe de pistola. Sisífico empeño, como demuestran las experiencias de Afganistán y de Irak.
Para Pagden, la cuestión clave es la secularización, la separación de la religión y del Estado: 'Al final esto es lo que diferencia a Occidente, y a la mayoría de las sociedades actuales del mundo musulmán, de lo que harían de ellas los islamistas'. Y hoy el islam, en muchas partes del mundo, se ha convertido en 'una religión de protesta y resentimiento, en gran parte comprensible, en parte justificable, pero en el conjunto estéril'. Pero en el terreno del fundamentalismo no puede decirse precisamente que Estados Unidos vaya a la zaga, en un momento en que el fundamentalismo cristiano ha emprendido su particular cruzada contra el presidente Barack Obama, al que intentan colocar un aura de sombras islámicas.
Lejos del sueño de la convivencia entre israelíes y árabes que se hundió definitivamente con la guerra de los Seis Días, lejos de que la secularización crezca a ambos lados, cuando la derecha americana y parte de la europea apelan a la restauración moral, las fronteras del conflicto se difuminan: los musulmanes habitan las periferias de las metrópolis europeas. Y encuentran en el islam un hogar cultural y una justificación para el odio cuando se sienten excluidos y maltratados.
A pesar de las dificultades, no todo es negativo en la convivencia de los musulmanes con los europeos. Viven en condiciones difíciles y, a menudo, humillados por unas clases medias europeas que proyectan su inseguridad en el racismo y el desprecio al paria y, sin embargo, la mayoría asume paulatinamente los modos de vida de los europeos. Al Qaeda tiene capacidad de aterrorizar y con la ayuda de sus enemigos consigue que su discurso esté siempre en primer plano. Pero su capacidad de movilización de las sociedades islámicas es escasa y la idea de que el mundo árabe pueda unirse a ella en una guerra contra Occidente es pura fantasía. Al Qaeda es un problema más grande para los países musulmanes que para Occidente.
No obstante, Anthony Pagden concluye en clave pesimista: 'Mientras haya quienes insistan en que debería existir, el antiguo combate entre Oriente y Occidente continuará existiendo. Puede limitarse, de momento al menos, a ataques terroristas y brotes de manifestaciones públicas de odio, pero no será menos agrio, ni a la larga menos infructuoso, de lo que ha sido durante los dos últimos milenios'. ¿Pesimismo de la razón o simetría estética al poner el 'the end' a su fantástica superproducción? Podría ser, sin embargo, que fuera el carácter impreciso conceptualmente de los propios conceptos de Oriente y Occidente lo que provoque la desazón final que puede sentir el lector.
Ciertamente, los conflictos se hacen eternos cuando hay voluntad e interés en que se perpetúen. Occidente ha reencontrado en el mundo musulmán el papel de enemigo contra el que cohesionarse ideológicamente que dejó vacante el hundimiento de los sistemas de tipo soviético. Y el antioccidentalismo es muy rentable para que los autócratas y los teócratas islámicos mantengan sometidas a sus poblaciones. Probablemente, Pagden comete un error muy común entre los dirigentes occidentales: centrarse en los verdugos y olvidar a las víctimas, fijarse en Al Qaeda o en los ayatolás y no reconocer a los miles de ciudadanos de sus países que buscan la libertad, se la juegan para defenderla y esperan de Occidente complicidad y no la absurda pretensión de imponer los derechos humanos a punto de pistola".