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24 feb 2011

La izquierda y lo correcto

Fuente | Letras Libres

El (incisivo) ensayista mexicano Gabriel Zaid publica en el número de febrero de Letras Libres un (imprescindible) ensayo político. Con su enrevesada -por juguetona- prosa, su afilada ironía y su habitual descreimiento, Zaid denuncia que en México se ha pretendido, desde hace décadas, que ser de izquierda es un requisito indispensable para participar del debate intelectual y político, y que cualquier postura distinta, es satanizada y descalificada por principio, como si hubiera una identificación inequívoca entre la izquierda y lo correcto. ¿Te suena? A mí también. Por eso merece la pena entresacar del prolijo texto los párrafos siguientes: para tener un motivo más para dudar de nuestras (aparentemente asentadas) convicciones ideológicas:

[...] La derecha es inhabitable, un infierno de todos tan temido que nadie lo quiere voluntariamente ocupar; a donde hay que empujar a quien se deje, para tener la seguridad de que uno sí es de izquierda (puesto que allá está la derecha, señalada con dedo flamígero).

Pero, ¿quién va a dejarse hundir en el infierno para que los fariseos gocen de la gloria de juzgar a todos desde el cielo? Nadie. Por eso, el infierno está vacío. Si la derecha no merece más que la muerte cívica, no puede haber derecha. Pero tampoco izquierda. Donde no hay derecha, la izquierda abarca todo, y por lo mismo no quiere decir nada. Donde la izquierda legitima, pero la derecha no, toda izquierda se vuelve sospechosa de ilegitimidad: todos acaban persiguiendo a todos. Donde hay que ser de izquierda para ser, ser de izquierda y nada es lo mismo.

En rigor, no se puede ser de izquierda (ni derecha): no hay tal manera ontológica de ser. Se está a la izquierda o a la derecha, en tal punto, con respecto a tal otra posición. Por lo mismo, considerando todo el espectro de posiciones posibles, lo normal es estar simultáneamente a la izquierda y a la derecha: a la izquierda de unos y a la derecha de otros.

Es imposible estar a la izquierda en todo y con respecto a todos: no estar a la derecha de nada ni de nadie. No hay tal lugar. ¿Por qué, sin embargo, en México, se pretende esa posición imposible? Porque lo importante no es la realidad, sino el realismo político de no ser rebasado por la izquierda y arrojado a las llamas. Hay que estar, pues, absolutamente a la izquierda, aunque tal posición no exista, aunque se reduzca a declarar que mi posición relativa es absoluta. Así aparece el 'ontologismo'. No estoy a la izquierda de tal posición en tal punto, y por lo tanto a la derecha de tal otra: soy de izquierda; más aún: soy la izquierda.

La palabra izquierda se usa como la palabra decente, y quiere decir aproximadamente lo mismo (lo correcto, lo conveniente). No se dice: en tal punto, con respecto a unos, estoy por la decencia; y por lo tanto, con respecto a otros, estoy por la indecencia. Se dice: soy decente; más aún: soy la mismísima decencia.

La indecencia (como la derecha, como el infierno) son los otros. Pero como los otros no quieren facilitar las cosas declarándose indecentes, para darnos la seguridad de sentirnos decentes, la indecencia finalmente desaparece, dejando un signo de interrogación en toda decencia. Como no se puede perseguir a indecentes confesos, la única oportunidad de estar siempre y en todo del lado decente está en la lucha interminable de unos decentes contra otros, mutuamente acusados de no serlo.

[...] Así se llega a los criterios de verdad por afiliación: no se está del lado bueno por tener razón; se tiene razón por estar del lado bueno. Para legitimar una buena posición, hay que asegurarse otra buena posición: el lado bueno; para lo cual, afortunadamente, basta con declararse en contra de los malos. [...] Para no abandonar la posición de clase real, hay que traicionarla con ganas en las posiciones declarativas. Para no ser perseguidos, hay que pasarse al lado de los perseguidores.

Así sucede, paradójicamente, que alguien adopta posiciones más radicales cuando mejora su posición real, contra lo que sería de esperarse. Y es que, en una sociedad posrevolucionaria, las condiciones materiales siguen determinando la conciencia, pero al revés: a mejores condiciones materiales, mayor conciencia revolucionaria. Para tener buena conciencia, ganando más que el salario mínimo, hay que estar por el cambio. Sobre todo frente a posibles perseguidores, que pueden atacar por la izquierda. Los lideratos, dirigencias, prestigios, chambas, presupuestos, ingresos, prerrogativas y, en general, las posiciones privilegiadas, se defienden con posiciones avanzadas. Adelantándose a los posibles perseguidores. Siendo todavía más radical.

Temor constante de ser rebasados por la izquierda, de ser perseguidos por falta de radicalismo y hasta por cualquier signo de prosperidad. Buenas personas que miran de reojo, con temor, a su izquierda; donde se encuentran otras buenas personas, igualmente nerviosas por el qué dirán a su izquierda. Temores que sirven para chantajear [...].

La idea convencional de izquierda / derecha se corresponde con otra polaridad espacial: arriba / abajo. Se supone que la izquierda está abajo, con el pueblo y que la derecha está arriba, sobre ese volcán: que la gente de arriba está por el statu quo y la de abajo por el cambio. Pero no hay que olvidar que izquierda, derecha, arriba y abajo, son conceptos relativos. Todo depende de qué tan abajo o tan arriba, dónde, cuándo.

Si los privilegiados de arriba son aristócratas conservadores, que se creen de origen divino y no quieren el cambio, bajo los cuales (pero no tan abajo) está una burguesía que se cree el pueblo y quiere el cambio, tenemos, en efecto, que 'abajo' está la revolución y arriba la reacción. Pero hasta en ese caso resulta que hay otros conservadores: los campesinos, los de mero abajo. Cuando el volcán estalla, los revolucionarios llegan al poder, los de mero abajo siguen donde estaban y la polaridad entra en contradicción.

Los nuevos privilegiados necesitan una falsa conciencia. A diferencia de los aristócratas, no se creen de origen divino: creen que son el pueblo que llegó al poder y quiere el cambio. Pero no el cambio de arriba, naturalmente, cosa por demás absurda, si el pueblo ya está en el poder: quieren el cambio de abajo. Quieren modificar a los campesinos, quitarles lo conservador, sacarlos del atraso y la superstición, hacerlos a su imagen y semejanza: la vanguardia progresista a la cual la Revolución le hizo justicia.

Cuando la izquierda llega arriba, la reacción queda abajo: es el pueblo irredento que necesita educación; el ayer enterrado que no debe resucitar; la odiosa competencia de los que todavía no suben mucho y pretenden ser ellos los revolucionarios. Que los países comunistas procedieran a la 'reeducación por el trabajo' de los campesinos, que millones murieran en los campos de trabajos forzados y que tantos quisieran escapar del paraíso oficial, arriesgándose a todo en botes inseguros, sacudió a la izquierda europea, pero no a la mexicana.

[...] Las revelaciones persistentes sobre la realidad en los países comunistas y, finalmente, el desplome del imperio soviético tuvieron el efecto contrario del Sputnik: descolocaron el futuro. Entre la gente seria, hubo un replanteamiento de las 'leyes de la historia', 'la lucha de clases', el progreso y sus protagonistas. Hasta se llegó a decir que ya no tenía sentido hablar de izquierda o derecha.

Norberto Bobbio, en Derecha e izquierda: Razones y significados de una distinción política, critica la idea de que el distingo quedó obsoleto, y tiene razón. También tiene razón cuando critica la supuesta imposibilidad de distinguir lo bueno de lo malo para la sociedad. Pero son dos distingos diferentes, y tiende a confundirlos. Trata de rescatar el concepto de la izquierda como protagonista de lo bueno para la sociedad. Es un error. Ni la izquierda ni la derecha son el bien (o el mal). Se puede estar bien o mal en esto o en aquello, pero no se puede ser el bien o el mal.

Ni la izquierda ni la derecha son el valor absoluto que se enfrenta al antivalor absoluto. Hay valores que defiende la izquierda, valores que defiende la derecha y valores que pasan de unas banderías a otras. Por eso, el ontologismo produce confusiones. Si todo lo bueno para la sociedad tiene que ser de izquierda y resulta que en tal caso lo bueno es lo que defendía la derecha, ¿lo reaccionario se convierte en revolucionario?

Abundan los ejemplos de valores conservadores abanderados hoy (o en algún otro momento) por la izquierda: La conservación de la naturaleza, de las especies, del ambiente. La conservación de las lenguas, de los clásicos, de las tradiciones, de los usos y costumbres. La conservación de lugares, monumentos, obras de arte, libros, objetos y documentos históricos. La conservación de la vida y la salud física y espiritual. La conservación de los valores religiosos, familiares, patrióticos [...]".

El 'Faisán'

Fuente | ABC

22 feb 2011

Los idiotismos morales (de la clase dirigente)

Fuente | 4ojos

Carmen Iglesias, presidenta de Unidad Editorial y miembro de la Real Academia Española y de la Academia de la Historia, denunciaba ayer desde su tribuna de El Mundo lo que ella llama "los idiotismos morales": la inquietante deriva autoritaria que está ganando terreno en la clase dirigente española. Añadía que la trivialidad imperante degrada el sentido de lo público y amenaza las libertades de los ciudadanos:

"Ninguna profesión por noble que sea -decía Diderot- se libra de lo que él denominaba idiotismos morales. Una especie de mezcla de tontería, discordancia entre los principios y la conducta de buena parte de los que la ejercen, una deriva prepotente -diríamos en lenguaje de hoy- de esos profesionales para hacerse valer más de lo que merecen y para afirmar su poder y de paso, en buen número de casos, sacar beneficio personal de todo ello. Y, para colmo, '...cuanto peores son los tiempos, más se multiplican los idiotismos. Tanto vale el hombre cuanto vale el oficio y, recíprocamente, al final, tanto vale el oficio cuanto vale el hombre. Así pues, cada uno hace valer su oficio todo lo que puede'.

Cuando cada día uno abre los periódicos, en cualquier soporte, recibe la constante agresión de esos idiotismos, la gran mayoría de ellos procedentes de individuos/@s (no nos vayan a multar por la falta de la 'a', como le ha ocurrido a un empresario andaluz) pertenecientes a unas clases políticas que han perdido casi totalmente el sentido de la realidad y de la medida y se consideran no nuestros representantes democráticos, sino, en la mejor tradición autoritaria, dirigentes que juegan a 'transformar la sociedad desde el Gobierno', como manifiestan sin pudor alguno. Los grados de intervencionismo en la sociedad civil y en los ciudadanos concretos están llegando continuamente a cotas difícilmente compatibles con una democracia real, pero no parece preocupar todo lo que debiera a la mayoría de los ciudadanos -quizás no resulta fácil calibrar el deterioro después de un pasado de 40 años de dictadura y de más de 30 de una bienvenida democracia permisiva y de un bienestar material que ha minusvalorado la creciente adulteración de las prácticas democráticas. Quizá, en este momento, las mayores dificultades económicas y el futuro incierto oscurecen la gravedad de las pérdidas de libertad de expresión que sufrimos paulatinamente. Pero lamentablemente todas las pérdidas van interrelacionadas en el círculo de la desconfianza que ha generado un sistema en el que la incompetencia de dirigentes políticos, la ignorancia y la osadía de sus ingenierías sociales de todo tipo, la corrupción cada vez más generalizada y más cínicamente negada por sus responsables, destilan idiotismos esperpénticos con frecuencia desoladora, así como abiertas medidas de carácter totalitario, en un intento de controlar una realidad que no comprenden ni pueden reducir a sus deseos de control sin molestias.

Causa a veces un cierto cansancio repetir lo obvio: que no se puede descalificar de ninguna manera a los políticos en general, pues los partidos y el principio de representación forman un engranaje imprescindible en democracia; que hay de todo en la viña del Señor y felizmente tenemos hombres y mujeres políticos bien preparados y profesionales -lo que quiere decir que tienen donde volver si dejan la política y no proceden de la nomenclatura ideologizada de los partidos desde pequeñitos, como tantos otros que soportamos día a día-; que lo que resulta en extremo pernicioso para la salud democrática es que los políticos -o una buena parte de ellos- se consideren un fin y no un medio al servicio de la ciudadanía que les ha elegido. Una y otra vez hemos denunciado la deriva autoritaria que nuestros políticos de cualquier signo exteriorizan como si fuera algo normal: desde los alcaldes que escarban en la basura de los ciudadanos y multan colectivamente a una comunidad, a presuntas leyes de igualdad de trato en las que se crea otra desigualdad por criterios de nacimiento y se decide frívolamente que el acusado es quien deberá demostrar su inocencia (en lugar de que sea la acusación quien esté obligada a demostrar la culpabilidad, algo que ya desde los atenienses y las medidas respecto a los sicofantes o delatores o acusadores espontáneos quedó establecido para evitar los abusos). Se han tardado siglos, guerras y mucho sufrimiento y muerte y energías en conseguir la unidad de justicia y la presunción de inocencia para todos, pero nuestros nuevos legisladores, que no suelen saber historia ni geografía ni gramática -y lo que es peor, no les importa-, no ven ningún inconveniente en la inversión de la prueba que, en un estado de Derecho, como es sabido, solamente en casos muy especiales de derecho procesal se contempla. De paso, se procura explotar lo peor de la condición humana: el miedo, la división, la delación. Respecto a esta, llama la atención el que la denuncia moralmente obligatoria respecto a atentados y asesinatos etarras, o a cualquier acto de delincuencia que implique daño irreversible a ciudadanos concretos, se trivialice o, peor aún, se retuerza en contra de las víctimas, mientras que se incita a la delación -¡anónima!- entre civiles: fumadores y no fumadores, empleados y empresas, ciudadanos ejemplarmente medioambientales o no, colegios en donde niños y niñas se separan espontáneamente en los juegos en el recreo (obligadles a jugar juntos), multas a empresarios por no emplear un neolenguaje políticamente correcto que deciden, en la mejor tradición orwelliana y totalitaria, gentes que consideran su poder político como omnipotente para hacer que las cosas se nombren de distinta manera (recuerden que los que no tienen empleo son 'oferentes de empleo' y no parados, según la última ocurrencia en Andalucía, por ejemplo). Etc., etc. Mezclan sin criterio cosas importantes y razonables -la protección a las mujeres maltratadas y la necesidad de que éstas se atrevan a denunciarlo, por ejemplo, o la aludida necesaria denuncia del entorno etarra y/o delincuente- con trivialidades e 'idiotismos' que, por un lado, degradan totalmente el sentido de lo público y rompen las fronteras de privacidad y de libertades individuales y, por otro, se esfuerzan en la manipulación e infantilización de la población. No la persuasión y la educación cívica, sino el palo y el temor; la vuelta al patio de colegio con el agravante de que el acusica de antaño queda sobrevalorado y escuchado.

Todos los días recibimos noticias que nos sobresaltan. Incluso las que proceden de buenas intenciones acaban preocupando a la vista de la incompetencia demostrada y de auténticos desastres que originan unas decisiones que se toman muchas veces de forma improvisada, sin calcular costos y consecuencias, sin escuchar siquiera a técnicos o expertos o profesionales que advierten de sus más que probables daños. Gobiernos autonómicos que deciden expropiar pisos desocupados u obligar a su alquiler con medidas que parecen al menos discutibles, o que regulan la relación de padres con sus hijos, o que no permiten escolarizar a los niños en la lengua común del español (algo que perjudica expresamente a los menos favorecidos familiarmente y quiebra la igualdad de oportunidades), o infinidad de medidas que siguen creando -a pesar de la crisis- organismos o plataformas que aseguran para el futuro de los que las promueven continuar con las mismas gabelas aunque pierdan elecciones. Todo ello y más, con el gobierno de la nación mirando para otro lado y sin importar en muchos casos las decisiones de los tribunales de justicia, el último bastión como sabemos de los poderes democráticos. La invasión de todos los espacios de los ciudadanos es general, hasta en simples premios profesionales los políticos de turno, grandes e intermedios, intervienen directamente -incluso en algún caso se permiten borrar candidatos a un premio nacional, no vayan a ganar-; hasta en cómo hay que llamarse -el disparate sobre nombres y apellidos que, según han señalado sabios matemáticos, hará que todo el mundo acabe con los mismos apellidos, borrando así de paso el recuerdo de las raíces familiares y homogeneizando a todos: el sueño totalitario. Sólo importa el corto plazo, ganar elecciones y no les importa, sobre todo si están en el poder en ese momento, obviar en sus campañas los problemas reales, aunque luego vemos que toman decisiones en un sentido que han ocultado cuidadosamente en sus programas, o que improvisan sobre la marcha sin mayores escrúpulos.

El último asalto que se acaba de perpetrar afecta a la libertad de expresión de los medios de comunicación, ya que, bajo el paraguas de salvaguardar el pluralismo político y social, se hace exactamente lo contrario: es el poder ejecutivo el que de alguna manera se erige en juez último y establece una serie de prohibiciones respecto a publicidad electoral, o a lo que desde el poder consideran 'neutralidad informativa' o 'proporcionalidad' y otras cuestiones durante el período electoral, difusas por naturaleza y difíciles de medir, que dificulta la posibilidad de debates libres y sitúa a los posibles medios críticos en un constante filo de la navaja. El intervencionismo gubernamental no puede esperar el procedimiento judicial si hubiera lugar, sino que ataja sin problemas a través de Consejos y Comisiones la vigilancia y sanción de los Medios Audiovisuales, recordatorio de aquel Consejo Nocturno que Platón instituía como vigilante controlador y censor máximo de la ciudad para él imperfecta, cuando el sueño de la perfección de La República con el filósofo-rey omnipotente se diluye, pero no la peligrosa utopía de un Gran Hermano que sabe siempre lo que conviene a los gobernados. La hybris y el pensamiento de grupo parecen adueñarse de buen número de nuestros gobernantes. Frente a tantos idiotismos morales en el sentido de Diderot, el gran ilustrado abogaba, al menos para sobrevivir con cierta cordura, por una necesaria autodistancia y humor resistente. O quizá haya que recurrir también, como tantas veces, a la sabiduría de Montaigne: 'Nos proporcionó la Naturaleza -escribió- una amplia facultad para aislarnos y con frecuencia a ella nos llama a ello para enseñarnos que nos debemos en parte a la sociedad, pero la mejor a nosotros mismos'.

19 feb 2011

Siempre positivo; nunca negativo

Fuente | ABC

Francesc de Carreras, legendario catedrático de Derecho y afamado agitador político catalán, observa hoy desde su atalaya en La Vanguardia a los dos principales partidos españoles: analiza sus respectivos comportamientos en el ejercicio de sus (enfrentadas) funciones y se atreve a regalarles un puñado de consejos que, más allá de su (inicial) apariencia de perogrulladas, resultan del todo pertinentes ahora que se aproxima el día de acudir a las urnas:

"Veo y escucho, por radio y televisión, las disputas entre el Gobierno y el PP, los discursos de sus líderes, sus réplicas y contrarréplicas. La sensación es que ni escuchan ni responden, todo son frases hechas y huecas, preparadas por sus asesores, normalmente trivialidades o insultos. 'Nosotros sólo queremos el bien de los españoles'. '¿Yo corrupto? Pues tú más'. Quizás esto guste a algunos, a otros, espero que a la mayoría, les aburre y les hastía.

Normalmente el guión es siempre el mismo. La oposición acusa al Gobierno de hacerlo todo mal. El Gobierno se dedica a hacer de oposición a la oposición. Lo primero es imposible: nadie lo hace todo mal, siempre acierta en algo, siempre hay espacios de coincidencia, aún entre personas de ideologías e intereses distintos y hasta contrapuestos.

Pues nada: todo mal. El Gobierno debe gobernar, es decir, ejercer el poder político, tomar decisiones y explicar los motivos por los cuales las ha escogido frente a otras posibilidades. Es decir, argumentar: la gente no es tonta. Pero no: las razones suelen consistir en afirmar que durante la época en que la oposición estuvo en el Gobierno aún lo hizo peor. El ciudadano normal cambia de emisora, de canal, o cierra el aparato. '¡Siempre lo mismo!', piensa asqueado.

¿Seguro que así, mediante la destrucción del adversario, se ganan votos, ya que, por lo visto, de eso se trata? Quizás los expertos en marketing electoral y esas cosas así lo consideren. Yo tengo mis dudas. Si alguno de los grandes partidos me pidiera consejo les recomendaría que hicieran lo contrario de lo que ahora hacen.

Al Gobierno le diría que explicara de forma pedagógica, para que lo entendiera todo el mundo, las razones por las cuales toman las decisiones que toman. Es más, si están rectificando decisiones anteriores que lo reconozcan expresamente: 'Nos equivocamos, lo hicimos mal y, efectivamente, ahora estamos cambiando de rumbo porque creemos que las soluciones adecuadas son otras'. Una actitud de este tipo, ¿no los acercaría mucho más a los votantes, a seres humanos que sabemos, por experiencia, que nos hemos equivocado y hemos rectificado mil veces?

A la oposición le diría que es más importante ofrecer una alternativa que hacer una crítica. La razón es sencilla: la crítica es fácil, la alternativa es lo difícil. El ciudadano confiaría más en la oposición si ésta le demostrara no sólo que el Gobierno se equivoca -esto es algo que el ciudadano ya ve por sí mismo- sino que tiene soluciones para remediar los estropicios que el Gobierno comete.

¡Es que ya estamos en campaña electoral!, me dicen. Pues, precisamente: es el momento de proponer, argumentar, explicar los errores y los aciertos, las dificultades pasadas y las posibilidades futuras. Más pedagogía y menos insultos, más razones y menos críticas, ser más positivos que negativos".

Política: cuestión de fe

16 feb 2011

No les votes

Fuente | Joves d'Alcoi


Siempre he estado a favor de la abstención -siempre la he practicado-, incluso en los momentos en los que la democracia española ha gozado de mejor salud. Las más de las veces, me parece la única opción posible ante el panorama político que se nos ofrece. Los procesos electorales que se avecinan -autonómicos y municipales en mayo, y generales en 2012- contarán de nuevo con mi (pasiva) participación. En la red existen ahora mismo innumerables campañas que demandan un escarmiento a nuestra clase dirigente, argumentando diversos motivos para ello. Me uno a (casi) todas: no les votes.

10 feb 2011

Cómo acabar con los gobernantes autoritarios


Rut Diamint, de la Universidad Torcuato Di Tella (Buenos Aires), y Laura Tedesco, de la Universidad Autónoma de Madrid, son directoras del proyecto de investigación 'Liderazgo, renovación política y prácticas democráticas en América Latina'. Este mes, desde las páginas (virtuales) de Foreign Policy, explican en un artículo (aparentemente) inocente pero (enormemente) necesario "por qué hay líderes malos" y dan algunas psitas sobre "cómo hacer frente a gobernantes autoritarios y decadentes":

"En política asistimos cada día al predominio del personalismo, que afecta a muchos de los gobiernos latinoamericanos. Por ello, la cuestión del liderazgo político adquiere una enorme relevancia. ¿Cómo puede definirse a un líder? Aquel que puede interpretar la situación de conjunto, juzgar escenarios complejos y proponer soluciones viables, afirman algunos autores. Debe ser capaz de establecer una agenda, motivar a sus seguidores a lograrla y cumplirla, y generar acciones y símbolos que proporcionan a los ciudadanos un sentimiento de pertenencia, creando los medios y fines para fortalecer la identidad de los grupos y su cohesión, con la intención de movilizarlos hacia un trabajo colectivo.

El politólogo Joseph Nye sostiene que un buen líder es difícil de definir, ya que la palabra bueno tiene dos acepciones distintas: moralmente bueno o eficiente. Un buen líder sería aquel que ayuda de modo eficaz a un grupo a lograr sus metas. En algunos casos, los objetivos pueden ser malos desde el punto de vista moral, pero eficientemente buenos. Así entendemos que el líder es considerado un elemento crucial y positivo del juego político. Pero, ¿por qué hay líderes malos? ¿Por qué los individuos se dejan seducir por gobernantes ineficientes, incompetentes, inmorales o corruptos? La literatura en ciencias sociales no aborda con profundidad esas cuestiones, a pesar de que en América Latina los gobernantes que fortalecen su posición individual, postergando el bienestar colectivo, son frecuentes.

Este tipo de liderazgo no surge de la nada. Un líder ruin germina donde existen instituciones débiles, partidos políticos deslegitimados, corrupción, dosis de soberbia, falsificación del pasado y desmesurada sed de poder. Esta clase de líder cuenta en general con una oratoria brillante, que combina sentimentalismo con agresividad y firmeza militar con seducción indiscriminada. Con todos estos ingredientes es probable que el resultado sea un conductor interesado en obstaculizar los cambios y alimentar la permanencia de tradiciones como el clientelismo, el caudillismo y el autoritarismo.

Los líderes malos tienen, en general, brillantes capacidades para engañar a propios y ajenos y se crean una cobertura democrática plagada de referéndums, elecciones varias, movilizaciones sociales de apoyo, grupos de colaboradores vestidos del mismo color y eslóganes de vida o muerte. Últimamente, el horizonte político se ha visto inundado de reformas constitucionales que reivindican derechos sociales, políticos, económicos, de minorías y de mayorías. Una vez abandonada la lucha armada, las revoluciones vienen de la mano de la Constitución.  Así se va obteniendo una mezcla inclasificable, que obstruye los rótulos, pero también la razón práctica.

Autoritariamente democráticos, estos líderes rechazan la modernización de los partidos provocando una pobreza programática que influye en el diseño de políticas públicas. Los partidos se deterioran y devienen en meras maquinarias electorales, y los seguidores dejan de ser individuos críticos, dotados de principios e ideas para convertirse en números del marketing político.

En los últimos años, los líderes parecen estar en ascenso y los partidos en decadencia y, sin embargo, las democracias necesitan de ambos para funcionar adecuadamente. La ascensión de los líderes no amenaza necesariamente el funcionamiento democrático de los gobiernos, en tanto y en cuanto las formaciones políticas sigan actuando como maquinarias de producción de programas que aseguran su coherencia, su coordinación y supervisan su implementación. Para ello se requiere que las instituciones del Estado sean capaces de controlarse entre sí y controlar el ascenso del líder. Pero ésta es una de las debilidades de las democracias latinoamericanas, que junto con el deterioro de los partidos como semilleros de dirigentes y maquinarias ideológicas, provoca una baja calidad de la dirigencia.

En estos contextos, cuando un líder se arroga el poder omnímodo de regular los medios de comunicación, la financiación extranjera a las ONG y se blinda ante la acción de la oposición o se asigna el poder de gobernar por decretos, descalificar a los oponentes o reinventar el pasado, instala en la sociedad la incertidumbre, el cortoplacismo y el culto al personalismo. Gradualmente, la política se vuelve más informal y lo arbitrario se endiosa. La sociedad civil pierde el zenit y queda atrapada por egoísmos, intereses o miedos. Los sindicatos, las fuerzas armadas, la iglesia, las asociaciones empresarias y los medios de comunicación se van polarizando.

¿Qué puede hacerse frente a líderes autoritarios y decadentes? ¿Quién tiene la capacidad de educarlos? Un académico británico, Anthony Seldon, afirmó, frente a recientes actos de corrupción de los parlamentarios, que los ciudadanos tendrían que ser más activos y hacer más por mejorar y proteger los sistemas democráticos. Ciertamente, deberíamos sentirnos responsables y culpables de alimentarnos de movilizaciones desorganizadas que echan presidentes, pero que son incapaces de controlar a funcionarios corruptos e ineficientes anclados en todos los niveles de gobierno.

Una de las soluciones, o al menos un primer paso, es fomentar una sociedad civil que promueva el cambio a través de la condena legal, social y política. Hacer sentir que no todo vale y que una buena política social no puede obnubilar los comportamientos antidemocráticos. La ciudadanía tiene que estar en alerta permanente en lugar de dormitar y despertar cuando la crisis ya está garantizada. Vedar a los líderes corruptos y autoritarios no debería ser tan difícil, pero exige una participación democrática más activa, constante y responsable de la sociedad. No una reacción espontánea y desorganizada, sino una revisión analítica de sus logros reales y de sus mentiras, reproducidas por medios cooptados y por manifestaciones masivas manipuladas".

Historia de un saqueo municipal (III)

El Periódico Extremadura | 10 de enero de 2011
Fuente | kiosko.net

8 feb 2011

La 'guerra sucia' de la CIA, al descubierto


"Todo comenzó en 1954, cuando Washington decidió derrocar al primer presidente de Guatemala elegido democráticamente, Jacobo Arbenz. Pero fue durante la agresión a la naciente revolución cubana que el equipo de choque tomó cuerpo y creció hasta convertirse en el instrumento idóneo para las prácticas de la 'guerra sucia'. Desde entonces, sus acciones clandestinas, de naturaleza criminal, han servido para imponer la ley de Washington en múltiples ocasiones. El 'Equipo de Choque' fue pues creado para realizar las peores tareas de la política exterior estadounidense. Pero no sólo lo formaron paramilitares, o agentes con licencia para matar. Las operaciones clandestinas fueron preparadas por personalidades relevantes, por políticos, algunos de los cuales siguen hoy en activoSi los gobiernos republicanos se destacaron por impulsar y utilizar el equipo, el clan de los Bush ha sobresalido por brindar protección incluso a los más sangrientos de ellos, concediéndoles impunidad al margen de las propias leyes estadounidenses".

Esto es lo que cuenta El equipo de choque de la CIA. Cuba, Vietnam, Angola, Chile, Nicaragua, que detalla los resultados de una ardua investigación llevada a cabo por el escritor y periodista Hernando Calvo Ospina, colombiano de nacimiento y residente en Francia. Edita El Viejo Topo.

Portada del libro
Fuente | El Viejo Topo

El superhéroe del paro

Fuente | El Jueves

7 feb 2011

Historia de un saqueo municipal (I)

Fuente | Hoy

Hoy publicó el pasado fin de semana la demostración de cómo un (presunto) canal de televisión vivió a costa de un (supuesto) ayuntamiento durante muchos años y, de paso, una advertencia a la (inconsiciente) ciudadanía que sufragó ese derroche ahora que los (indecentes) derrochadores y sus (irresponsables) beneficiarios aspiran a mangonear de nuevo en comandita.

La globalización de los sondeos

2 feb 2011

La mayor agencia de colocación

Fuente | El País

Leído hoy, en la base de la columna de Gabriel Albiac en ABC: "Lo triste es que todos perdamos el tiempo en enigmas de risa. ¿Tiene hoy relevancia saber cuál será el sujeto que haga el papelón de encabezar las listas del PSOE en las elecciones generales? No, ninguna. Lo que se juega, en realidad, en la charada que estos días representan los feudales señores socialistas, es mucho más inmediato. Ni a Griñán, ni a Fernández Vara, ni a Álvarez Areces se les da un ardite el desastre electoral de 2012. Lo suyo -su sueldo y el de su nutrida clientela- se juega dentro de tres meses. La elecciones autonómicas son la mayor agencia de colocación de este país. Con enorme diferencia. Una contabilidad que diera el número exacto de políticos locales que no vivieron nunca más que de eso, dibujaría el mejor retrato de nuestra democracia: empleo. Arbitrario, estable empleo de los peores, de los más sumisos. Empleo suculento, que pagamos todos".

En manos de 'hijos de puta'

Fuente | twitpic

El amigo Nacho Escolar se ha puesto hoy estupendo parafraseando a Roosevelt, viendo hijos de puta por todas partes:

"La Internacional Socialista acaba de expulsar al PND, el partido de Hosni Mubarak, porque 'incumple los valores de la socialdemocracia'. Se dieron cuenta justo ayer. Hace dos semanas, también descubrieron que el partido de Ben Ali en Túnez, el RCD, tampoco reflejaba 'los principios que definen a esta organización'. Lo expulsaron tres días después de que Ben Ali huyese del país con su botín.

No quiero cargar todo el muerto a la socialdemocracia; sería muy injusto. El tunecino RCD, por ejemplo, también tenía un acuerdo de cooperación con el Partido Popular Europeo, y el gran aliado de estos regímenes en Europa ha sido el conservador Sarkozy. Todo Occidente -la izquierda y la derecha- parece que acaba de descubrir que en este local se juega, que las repúblicas hereditarias (ese oxímoron) que Estados Unidos y Europa amparan desde hace años en el norte de África y Oriente Medio se levantan sobre la tortura, la censura, el asesinato y la corrupción. He usado bien el verbo: 'amparan', en presente. O si no, ¿cómo explicar las declaraciones de Trinidad Jiménez elogiando la 'apertura democrática' de la dictadura marroquí?

La simetría histórica con Latinoamérica, con la vieja política de la CIA en el 'patio trasero' de EEUU, es casi perfecta. Las dictaduras bananeras son a las tiranías árabes como el comunismo al islamismo. El miedo al supuesto mal mayor sirve de excusa para tolerar los abusos del hijo de puta, de 'nuestro hijo de puta' -como bautizó Roosevelt a Somoza-. De fondo, se asume como inevitable esa teoría tan racista: que esos países 'no están preparados para la democracia'. Es una espiral sin fin: jamás estarán preparados mientras siga en el poder un dictador. Es el mismo desprecio que también nos aplicaron a los españoles con aquel hijo de puta que nos gobernó".