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24 feb 2011

Marsé, el calígrafo

Fuente | El País

Marsé, al cabo uno de los premios Cervantes más justos de la literatura en español, publica nueva novela tras el (eternamente prorrogado) reconocimiento: Caligrafía de los sueños se titula una obra que es, a la vez, la misma canción 'marseana' de siempre y un soplo de aire fresco para la narrativa nacional. Como suena: se puede echar mano de la nostalgia con la vista puesta en el futuro, aunque eso solo esté al alcance de los maestros. Los descreídos, sigan la guía publicada por el crítico José-Carlos Mainer en Babelia:

"Se llama Mingo, que es un ridículo hipocorístico de Domingo, pero quiere que le llamen Ringo, como el personaje de John Wayne en 'La diligencia', de John Ford. Lo recordará algún lector de esta novela como uno de los adolescentes de Si te dicen que caí, el que tiene un padre más declaradamente 'rojo'. Aquí ha cumplido quince años, es hijo adoptado y acaba de perder un dedo en el taller de joyería donde trabaja. Y quiere ser pianista. Nada es lo que parece, o lo que la gente quisiera que fuera, en 1948... En la primera escena de Caligrafía de los sueños, una mujer desesperada se tiende sobre las vías del tranvía pero no son más que dos trozos de raíl que sobrevivieron a la retirada del servicio. Y la calle donde sucede todo tiene el nombre evocador de Torrente de las Flores aunque parece que recibió su designación por los dos apellidos de un antiguo propietario, el señor Torrente Flores. También Victoria Mir, la suicida, se hace llamar 'quinesióloga y quiromasajista' pero ejerce de curandera en su propia casa y hace sus ungüentos con las hierbas que recoge en la Montaña Pelada. Fue la mujer del alcalde de barrio falangista, que se suicidó; su amante, Benito Alonso, fue futbolista y ahora y siempre será un don nadie fantasioso y con pocos escrúpulos, como lo son casi todos: como el capitán Blay y el señor Sucre a quienes ya conocimos en El embrujo de Shanghai.

Nada es lo que parece pero todavía es peor en 'el culo del mundo' -se repite varias veces- que era la Barcelona de entonces (Ringo y sus amigos no olvidarán nunca que el 'malo' de la película 'El signo del Zorro' -era Basil Rathbone; el 'bueno' era Tyrone Power y la chica, Linda Darnell; el director, Rouben Mamoulian- había sido profesor de esgrima en Barcelona: jamás pudieron imaginar que el nombre de su ciudad se oyera en un filme de Hollywood). Pero Ringo intuye pronto la inestabilidad fantasmal de lo que le rodea: 'Como suele sucederle en los sueños, percibe en todo lo que está pasando aquí una mezcla de veracidad y absurdo', leemos al comienzo de la novela. Es su frase clave, si añadimos también a los ingredientes una tragedia impotente y un choteo resignado. Juan Marsé ha averiguado que la fidelidad a la memoria supone confiar en un material muy frágil que el tiempo y el egoísmo modifican inexorablemente. Novela a novela, el escritor ha descubierto que la memoria es cada vez menos exacta (al menos, desde la vuelta de tuerca que supuso Un día volveré). Pero también sabe que quien la cuenta es el que manda. Y los requisitos son dos, que conoce muy bien: hay que tener fuerza para evocar ('¿te sitúas?', repite aquí el contador de 'aventis', como si esto fuera una consigna literaria y quizá un recuerdo de aquella 'compositio loci' que recomiendan los 'Ejercicios Espirituales' ignacianos) y el recuerdo debe acompañarse de un cierto rencor justiciero (Ringo 'contempla la ciudad que se extiende hasta el mar bajo una levísima neblina y rechina los dientes': en el rechinar de dientes está lo que señalo).

Posiblemente, en la mutilación del muchacho, el testigo principal, haya algo de simbólico en orden a lo que se viene diciendo; perder el dedo fue una renuncia a su sueño y quizá un autocastigo, pero sabemos que mediante ellos se ganó la toma de posesión de su verdadero destino: tener derecho a narrar. Para alcanzarlo, ha debido soportar la identidad borrosa de un niño adoptado e incluso ser el culpable de pequeñas crueldades imborrables -la muerte de un gorrioncillo, no haber llegado a entregar una carta que se tragó la cloaca, tratar mal a Violeta y aprovecharse sexualmente de su pasividad- que generaron la mala conciencia y el apartamiento un poco soberbio que siempre habrá de tener un narrador conspicuo. En el capítulo homónimo del libro, 'Caligrafía de los sueños', se escenifica la toma de posesión de esa dignidad de testigo: Ringo coge una hoja limpia de la libreta y un lápiz afilado, y sabe que ya no le interesará la sopa de músicas peliculeras en la que vive sino 'la melodía de las palabras que ahora vuelven', aquel 'mutilado conjunto de notas que la memoria auditiva había guardado y ahora convertía en palabras [...]. Y corrige y concluye el que será, aunque todavía no lo sepa, párrafo seminal'. En toda novela de Marsé hay uno de esos párrafos: madeja que se devana, centro que irradia calor e incendia el resto de los párrafos.

La potestad de narrar hay que merecerla... Juan Marsé lleva más de medio siglo haciéndolo y, por supuesto, Ringo tiene mucho de él. No es una novela autobiográfica. Pero quien sea habitual de los relatos del escritor diría que se trata de nueva destilación de la autobiografía en forma de novela: en El amante bilingüe ya jugó con la doble identidad del personaje central -Faneca y Marés- con ánimo de crear un fantasma suyo en el relato y así burlarse de todos los participantes en la habitual rebatiña de las identidades lingüísticas excluyentes. Aquí, en torno al inicio de una vocación (y de un oficio y de un destino), ha reelaborado o inventado con ternura y sarcasmo las huellas de su propio pasado, lo que incluye el relato de su propio nacimiento y el recuerdo de unos padres adoptivos, que seguramente no tuvieron mucho que ver con los reales: la espléndida Berta de esta novela, siempre confiada en la suerte, y Pep, el Matarratas, anticlerical y republicano, a ratos contrabandista y otros secuaz de un grupo de ayuda a prófugos rojos, que además trabaja en un centro clandestino de torrefacción de café (cuyo olor también impregnaba el cuerpo de Juanita, en Si te dicen que caí, y el de Rosita, en Ronda del Guinardó).

Después de una novela como Canciones de amor en Lolita's Club, que tenía algo de violento reportaje, de respuesta visceral a lo que ahora mismo está pasando, Juan Marsé nos ha vuelto a contar muchas de las razones por las que persiste su fidelidad a un barrio, a unos tipos humanos y a una manera de narrar: en escenas demoradas cuando se siente a gusto en ellas, calibrando cada adjetivo, sumando bulímicamente cada detalle o cada imagen, hasta lograr la intensidad que se busca. Esta vez el relato tiene un tono más reposado y menos tenso, con algo de piedad bienhumorada y con un manifiesto deseo de final feliz. O casi, ya que, a la postre, lo que parecía una deriva de episodios a medias entre la fantasía y la verdad acaba por revelar su entraña de sordidez. Ringo-Marsé la ha descubierto y tiene de qué seguir escribiendo: por ejemplo, haciéndolo de 'los buenos propósitos y su flagrante inanidad'... Lo cual quiere decir que escribirá de la vida misma".

Gimferrer, el rapsoda

Portada del libro
Fuente | Seix Barral

Ha regresado a las librerías el gran poeta (vivo) de la literatura catalana: Pere Gimferrer. Rapsodia es el título de un subyugante poema-libro compuesto en seis días que Ángel L. Prieto de Paula valoraba así en Babelia:

"El sólido prestigio de Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) no le ha impedido embarcarse en arriesgados proyectos en los que juega al todo o nada, como si tuviese que trepar a un trono olímpico que ocupa sin disputa desde hace casi medio siglo. El autor que en 1966 había anegado el imperio del realismo con un río de imágenes surreales (Arde el mar), y que dos años después emitía un largo lamento semivelado por los brillos cinematográficos (La muerte en Beverly Hills), dio un primer quiebro cuando mostró al aire las raíces de un yo que, hasta entonces, aparecía y desaparecía en sus irisaciones culturalistas. Lo hizo en catalán (Els miralls, 1970), la lengua de su poesía durante varias décadas. Luego siguieron títulos como L'espai desert (1977) o Com un epíleg (1981), que amagaba con ser la cala del silencio definitivo. Pero el poeta volvió a sorprender con Mascarada (1996), donde a sus motivos anteriores se sumaba una poderosa carga de protesta civil. No sería su última inflexión. Amor en vilo (2006), otra vez en castellano, daba curso a un autobiografismo erótico y desmedido, que aturdió a muchos lectores tanto más cuanto que el autor había trabajado desde sus comienzos con correlatos objetivos y otros resortes para rebajar el confesionalismo. En este punto, y tras Tornado (2008), se entiende la expectación ante Rapsodia, el nuevo y excelente libro de Gimferrer.

Es este un poema-libro articulado en diecisiete secuencias, unitario por el fervor de la dicción y por la irradiación sucesiva de sus imágenes irracionales. Sus tiradas de endecasílabos blancos sortean la monotonía o el sonsonete mediante ocasionales alteraciones acentuales o versos de otra medida; solo difiere la primera serie, escrita casi en su totalidad en alejandrinos: 'Se ha desencuadernado por la mitad mi vida, / como el pienso del alba se desploma en los sauces'... Lo más llamativo es quizá su rescate del Gimferrer inicial, visible en su resplandor arrebatado, su mundo de asociaciones libres, el poema como palimpsesto donde se inscriben versos y motivos ajenos (de Dante a Cernuda, de Garcilaso a Eliot) y la lectura de la vida a través de los filtros del cine, la literatura, la pintura o la naturaleza sometida al arte. Destaca la traducción de las imágenes a palabras (écfrasis), una subversión aún activa de las vanguardias, en cuanto que rompe el orden discursivo como representación del logos; y también, a la inversa, la plasmación visual de las ideas. Aquí están, por lo demás, su universo amoroso, una cierta entonación hímnica teñida de elegía en algunas remisiones al pasado, y la concepción de la poesía en tanto que realidad autónoma que se dice a sí misma y que se aparta de la utilización de las palabras como meros instrumentos para comunicar.

De modo que Rapsodia supone para el lector una especie de reconocimiento platónico de Gimferrer: algo que debe subrayarse, pues en los últimos tiempos el autor nos había habituado a la sorpresa (si vale la paradoja). El libro relee creativamente la tradición gimferreriana más temprana: de Mensaje del Tetrarca (1963) tiene el encendimiento y el empaque cosmológico, aunque no su enfatismo; de Arde el mar (1966), el despliegue de su mapa cultural; de La muerte en Beverly Hills (1968), la nervadura visionaria y su bagaje de metáforas contemporáneas.

Como si quisiera evitarnos lecturas descarriadas, el libro proporciona algunas orientaciones 'ad usum Delphini': la definición de 'rapsodia' del diccionario Oxford (entusiasta y extravagante declamación o composición de tono elevado...), una relación de juicios críticos y una 'Nota' donde el autor explica que su redacción le ha llevado seis días, aunque la corrección le ocupara varios meses. Todo ello es adventicio o irrelevante. Se esforzará en vano o simplemente errará el tiro quien pretenda descubrir un argumentario referencial. Por el contrario, Rapsodia es una construcción sostenida por vislumbres suprarreales: 'La luz de una campana de titanio / envuelve los viñedos, y en las parras / una sirena de cristal de roca / desde el rosal del aire desgajado / separa nuestros ojos'... La intensidad lírica solo desciende cuando los versos ceden al didactismo metapoético, como en la serie XIV, que defiende la autosuficiencia del poema y un lenguaje cuya validez no está supeditada a los significados externos (y aquí resurge el propósito creacionista de Prometeo o de Luzbel, creo que esta vez sí periclitado): 'por versos anteriores al sentido / o por encima del sentido, versos / que significan lo que el verso es, / no lo que puede significar'...

Las fulguraciones de Rapsodia recorren el camino de retorno a la juventud del autor. Soberbiamente dotado para decir la vida en clave artística, Gimferrer ha compuesto un poema recapitulativo cuya maestría y belleza se perciben globalmente, pues todo en él está concertado para la música del conjunto: sin alardes, adornos o excrecencias que pudieran desviar hacia lo accesorio la atención lectora".

19 feb 2011

Un hombre culto

Fuente | Culturarte

Nuevo alumbramiento -en el sentido más amplio del término- del filósofo Javier Gomá en Babelia. Esta vez, pone el foco sobre el hombre y (su relación con) la cultura:

"[...] A los ojos del hombre sin cultura -sea o no hombre de vastas lecturas- cuanto le rodea disfruta de la seguridad, evidencia, sencillez y neutralidad de los hechos de la naturaleza. De igual manera que los planetas avanzan por sus órbitas, el mundo es para él un conjunto de actos regulares y previsibles, intemporales en su incuestionada validez. Lo que hace de él un yo, el entorno en que vive, las ideas que se le transmiten, el conjunto de creencias latentes en las que flota, las pulsiones, afectos y deseos que alberga, las fuentes de su placer y su dicha, las costumbres que le sostienen, las instituciones que rigen su ciudadanía, el régimen político que le gobierna, los ideales que movilizan sus emociones: todo ello es, para el hombre sin cultura -tenga o no título universitario- un mero 'datum', algo que está ahí, siempre lo ha estado y siempre lo estará.

Hay días que contemplamos nuestro brazo extendiéndose por nuestro campo de visión y nos desasosiega ese remo de nuestra anatomía. ¿Qué hace eso ahí? Algo semejante nos sucede cuando empezamos a comprender que la imagen del mundo dominante en una cultura, que se nos presenta con la estabilidad, regularidad y fijeza de un hecho de la naturaleza, dotado de una objetividad autónoma y trascendente al hombre, es en realidad una criatura, un 'constructo' contingente de ese mismo hombre. Ese hallazgo le produce un estremecimiento no inferior al que sacudió a Jim Carrey cuando, en 'El show de Truman', vislumbró, por una pluralidad de indicios, la artificialidad del universo que habitaba, convertido en estudio de televisión. El axioma cultural por antonomasia rezaría como una perífrasis de la famosa sentencia de Ortega: la cultura no tiene naturaleza sino historia. En cuanto entidades simbólicas, no somos hijos biológicos de la madre naturaleza sino padres adoptivos de la cultura que producimos y cuando descubrimos esta paternidad imprevista, sentimos una extrañeza pareja a la que a veces nos suscita nuestro propio cuerpo.

Y así como la paternidad biológica puede ser deseada o no mientras que la adoptiva lo es siempre, así también nosotros, tras superar la perplejidad inicial, podemos elegir gozosamente la cultura de nuestro tiempo como resultado de una decisión meditada, y no por forzada necesidad. Caigo en la cuenta de que todo lo que soy, pienso y siento, y todo cuanto existe en la realidad, está históricamente mediado. Tener cultura no es saber mucha historia sino un negocio más sutil: tener conciencia histórica, lo que es una forma de autoconocimiento. No es lo mismo almacenar datos del pasado que ser consciente de la historicidad de lo humano, aunque a veces lo primero lleva a lo segundo.

Una conciencia histórica de estas características presenta tres ventajas:

La primera permite asombrarse por los increíbles logros conseguidos por la humanidad haciéndose cargo de los sufrimientos y el esfuerzo colectivo que han requerido. Así podemos, por ejemplo, admirarnos de que sólo en tiempo reciente el hombre haya consentido en renunciar mayoritariamente a la venganza privada y, cuando sufre un daño que estima injusto, en delegar en un tercero la determinación de la culpa y la administración del castigo, en lugar de tomarse la justicia por su mano. Ídem de lienzo respecto a la dignidad del hombre, el reconocimiento de la libertad individual, la protección del Estado social o la alternancia democrática. El inculto -sea o no intelectual reconocido y creador de opinión pública- descuenta estas conquistas, como un niño mal criado, y quizá hasta las desdeña, aburrido. Quien sabe que las sociedades antiguas, por estar privadas de ellas, fueron moralmente peores en este aspecto a las modernas llega a comprender que es un prodigio civilizatorio que la comunidad actual haya logrado ponerse colectivamente de acuerdo en principios o costumbres como los mencionados.

En segundo lugar, ese hombre puede temerse que, si no se cuidan estos grandes avances morales de la civilización, quizá se malogren en el futuro, arruinando los sacrificios que costaron. Por tanto, el hombre cultivado estará inclinado a mantenerse siempre alerta en una especie de estado de ánimo escatológico previendo los peligros que acechan, pues la suya es una mirada de madurez que anticipa el carácter precario, vulnerable y reversible de todo lo humano, y al ser sensible a la fragilidad del progreso moral, se dejará más fácilmente involucrar en su activa defensa.

Y, por último, si la cultura descansa sobre fundamentos contingentes, sus contenidos son por eso mismo susceptibles de discusión y, cuando procede, de refutación, revisión y abandono. La conciencia histórica, por consiguiente, conduce por fuerza a una conciencia crítica, autónoma y razonadora, que discrimina, en lo presente, aquello que merece conservarse de aquello que debe reformarse.

¿Qué es, pues, ser un hombre culto? Sólo una cuestión de detalles: sorprender la artificialidad del mundo, cultivar la conciencia histórica y crítica, y comprometerse en la continuidad de lo humano. Todo lo demás, como dice Verlaine, es literatura: 'Car nous voulons la nuance encore / Pas la couleur, rien que la nuance. / Et tout le reste es littérature'.

31 ene 2011

Lo quiero todo

Fuente | El País

Leo a Javier Gomá en Babelia: "No tengo intención ni mucho menos de renunciar a cuanto ya he elegido, ¡no tengo intención de renunciar a nada! Pero recuerdo que la gente me decía: 'No lo puedes tener todo; tienes que elegir' y ahora estoy en condiciones de responder a la gente y responderme a mí mismo con potente voz: 'No, no quiero elegir. ¡Yo lo quiero todo!'. Ya no más dilemas, aporías, antagonismos, 'aut-aut' kierkegaardianos, alternativas insuperables. Lo quiero absolutamente todo. Lo grande y lo menudo, la ebriedad y la rutina, la pasión y la felicidad, el placer y la virtud, la vulgaridad y la ejemplaridad, la vocación y la profesión, esta vida y la otra, la altura y el peso, la gravedad y la gracia, la ingenuidad y la lucidez, la experiencia y la esperanza, la altura y la profundidad, el norte, el sur, el este y el oeste, incluyendo, como leí en algún sitio, el 'cuerpo' y el 'arma', y todo ello hasta alcanzar el grado que indica el libro de Sackville-West: All Passion Spent. Ahora que ya estoy pasablemente adaptado al mundo, lo quiero todo sin renunciar a nada, aunque también -es importante añadir- sin presunción".

22 ene 2011

Mil semanas de 'Babelia'


"Caído el Muro de Berlín, a la cultura -“ese invento del gobierno”, que diría Rafael Sánchez Ferlosio- y su periodismo no le quedaba otra que acomodarse a los nuevos tiempos. Y en este escenario nació Babelia, con 32 páginas, el 19 de octubre de 1991. Manuel Vicent sugirió en un café de Lisboa el nombre de una revista que se abriría al debate existente en todo el mundo y que fundía en uno los suplementos de Artes, Libros y En cartel. El acontecimiento mereció una fiesta en el Teatriz de Madrid y sus detractores pronto la rebautizaron como 'Bobelia".

Así comienza Elisa Silió Delibes su relato de la (intra)historia del suplemento cultural de El País, del que hoy ha salido a la calle su número mil. Para celebrar tan magno acontecimiento, el poder aglutinador de Prisa ha reunido en un ejemplar extraordinario de 48 páginas a firmas de la magnitud de Mario Vargas Llosa, Héctor Abad Faciolince, Ángel S. Harguindey, Emilio Lledó, Joaquín Estefanía, José-Carlos Mainer, Juan Gelman, Umberto Eco, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Santos Juliá, Juan Cruz, Norman Foster, Zaha Hadid, Patrick Schumacher, Francisco Calvo Serraller, Bill Viola, Daniel Barenboim, Diego A. Manrique, Carlos Boyero, Marcos Ordóñez y Manuel Vicent, además de ofrecer una jugosa selección de lo mejor de la cultura de estos últimos (casi) veinte años.

Por si esto fuera poco, la edición digital de El País ha creado una sección en la que se pueden consultar las mil portadas de Babelia, desde aquella del 19 de octubre de 1991, que llamaba "papanatas" a los adalides del esnobismo cultural, hasta la diseñada ex profeso por Óscar Mariné para celebrar la efeméride de hoy.

Por último, el blog del equipo de Babelia, 'Papeles perdidos', ha comenzado a entresacar lo más granado del fecundo archivo de la publicación para ofrecerlo en formato pdf de manera gratuita a los incondicionales de la cultura leída.

Todo un lujo.

20 ene 2011

Oriente y Occidente: enemigos eternos

Newsweek | 17 de enero de 2011

En el último número de Babelia, cuya portada habla de "Una guerra sin fin", Josep Ramoneda reseña el último libro de Anthony Pagden, titulado Mundos en guerra. 2.500 años de conflictos entre Oriente y Occidente. Como de costumbre, el intelectual español no se limita a analizar el contenido del libro, sino que esboza un miniensayo acerca de una cuestión a la que, como criticaba ayer Íñigo Sáenz de Ugarte en su blog 'Guerra eterna' a cuenta de la última portada de Newsweek [que tienes más arriba], no se le augura un fin inmediato:

"Dos mil quinientos años y la guerra continúa. Esta es la descorazonadora conclusión a la que nos conduce Anthony Pagden después de ofrecernos, en Mundos en guerra, un brillante friso que narra la historia de las relaciones entre Occidente y Oriente a partir de los grandes momentos de guerra, postración y devastación.

Fue Heródoto el primero que se preguntó 'qué era lo que dividía a Europa y Asia y por qué dos pueblos similares en muchos aspectos habían llegado a concebir odios tan perdurables entre ellos'. Los asiáticos (los de las tierras del sol naciente) 'eran fieros y salvajes, formidables en el campo de batalla' pero, por encima de todo, 'sumisos y serviles. Vivían siempre intimidados por sus gobernantes, a los que no consideraban simples hombres como ellos, sino dioses'. Los europeos (los de las tierras del sol poniente) amaban la libertad por encima de la vida y vivían bajo el imperio de la ley, no de los hombres y aún menos de los dioses. De este surco trazado por el historiador griego germinaron unas pautas culturales que de algún modo siguen alimentando hoy la idea de que Occidente y Oriente son dos mundos separados por dos visiones irreconciliables de la vida humana. El propósito de Anthony Pagden es hacernos comprender que 'los trágicos conflictos que surgen ahora por las tentativas occidentales de reorganizar una parte sustancial del Oriente tradicional a su propia imagen pertenecen a una historia mucho más antigua y potencialmente mucho más calamitosa, de la que la mayoría de ellos tienen incluso una oscura conciencia'.

Este largo camino ha sido jalonado de intentos de destruir la memoria y de condicionar los relatos. En esta historia de guerras y desencuentros, los frentes han cambiado y los antagonistas también. Pero Anthony Pagden pretende demostrar que hay una línea de continuidad a lo largo de los siglos en la interpretación de las diferencias irreconciliables. Y que los recuerdos históricos acumulados, 'algunos razonablemente precisos, otros completamente falsos', siguen alimentando hoy el conflicto. Un conflicto que al decir de Pagden pasa principalmente por la cuestión de la secularización de la sociedad.

Alejandro el Grande, el Imperio romano, las cruzadas, Napoleón, los imperios coloniales del XIX y, ahora, Estados Unidos representan en este gran relato los intentos más genuinos por parte de Occidente de civilizar al mundo oriental, que Pagden explica con sobriedad, sin que el carácter forzosamente panorámico de la descripción mengüe el interés del lector. Pero a partir de la eclosión del islam, la historia entrará paulatinamente en un proceso de criba de actores hasta llegar al presente en que el conflicto Occidente-Oriente se ha reducido a un conflicto entre la civilización occidental judeo-cristiana y sus instituciones liberal-democráticas y la civilización musulmana. Los demás actores asiáticos han ido desapareciendo de esta confrontación. Hasta el punto de que, cuando Pagden hace sus especulaciones sobre el futuro de este conflicto ancestral e interminable, China y las otras potencias asiáticas han desaparecido por completo de la narración.

En esta coyuntura, la doctrina del conflicto de civilizaciones, de Samuel Huntington, que son siete y no dos, cada una de ellas marcada a fuego por el hierro de la religión, es el mejor estimulante ideológico para la pervivencia del conflicto. Anthony Pagden cita la respuesta de Bin Laden cuando se le preguntó si estaba de acuerdo con la idea de Huntington: 'Totalmente. El Libro Santo lo dice muy claro. Los judíos y los estadounidenses inventaron el mito de la paz en la tierra. Eso es un cuento de hadas'.

Obviamente el estadio actual de esta guerra interminable tiene su icono en el 11-S. Tanto desde Al Qaeda, al afirmar que su ataque a las Torres Gemelas de Nueva York demostraba que la democracia liberal occidental estaba moralmente corrompida, como desde la administración americana con el discurso de Bush sobre el eje del mal, se quiso dar una dimensión moral al conflicto: cristianos contra musulmanes. Y de hecho los cristianos de países de religión islámica están sufriendo las consecuencias.

Anthony Pagden, para cerrar el libro, vuelve a Heródoto: lo que había diferenciado a los griegos de los persas era 'una forma exclusiva de organización política, la isonomía (el orden de igualdad política)', y son 'los principios fundamentales de la isonomía convertidos ya en democracia liberal moderna los que definen más que ninguna otra cosa Occidente, tanto para los musulmanes como para los no musulmanes'. Occidente actúa conforme a tres ideas que, según Pagden, confunden sus estrategias: la idea de que todo el mundo quiere la libertad individual, la idea de que la democracia es algo natural, y la idea de que todo proceso democrático debe conducir necesariamente a la creación de una democracia liberal burguesa. Con estos prejuicios de partida, la democracia sólo puede exportarse a golpe de pistola. Sisífico empeño, como demuestran las experiencias de Afganistán y de Irak.

Para Pagden, la cuestión clave es la secularización, la separación de la religión y del Estado: 'Al final esto es lo que diferencia a Occidente, y a la mayoría de las sociedades actuales del mundo musulmán, de lo que harían de ellas los islamistas'. Y hoy el islam, en muchas partes del mundo, se ha convertido en 'una religión de protesta y resentimiento, en gran parte comprensible, en parte justificable, pero en el conjunto estéril'. Pero en el terreno del fundamentalismo no puede decirse precisamente que Estados Unidos vaya a la zaga, en un momento en que el fundamentalismo cristiano ha emprendido su particular cruzada contra el presidente Barack Obama, al que intentan colocar un aura de sombras islámicas.

Lejos del sueño de la convivencia entre israelíes y árabes que se hundió definitivamente con la guerra de los Seis Días, lejos de que la secularización crezca a ambos lados, cuando la derecha americana y parte de la europea apelan a la restauración moral, las fronteras del conflicto se difuminan: los musulmanes habitan las periferias de las metrópolis europeas. Y encuentran en el islam un hogar cultural y una justificación para el odio cuando se sienten excluidos y maltratados.

A pesar de las dificultades, no todo es negativo en la convivencia de los musulmanes con los europeos. Viven en condiciones difíciles y, a menudo, humillados por unas clases medias europeas que proyectan su inseguridad en el racismo y el desprecio al paria y, sin embargo, la mayoría asume paulatinamente los modos de vida de los europeos. Al Qaeda tiene capacidad de aterrorizar y con la ayuda de sus enemigos consigue que su discurso esté siempre en primer plano. Pero su capacidad de movilización de las sociedades islámicas es escasa y la idea de que el mundo árabe pueda unirse a ella en una guerra contra Occidente es pura fantasía. Al Qaeda es un problema más grande para los países musulmanes que para Occidente.

No obstante, Anthony Pagden concluye en clave pesimista: 'Mientras haya quienes insistan en que debería existir, el antiguo combate entre Oriente y Occidente continuará existiendo. Puede limitarse, de momento al menos, a ataques terroristas y brotes de manifestaciones públicas de odio, pero no será menos agrio, ni a la larga menos infructuoso, de lo que ha sido durante los dos últimos milenios'. ¿Pesimismo de la razón o simetría estética al poner el 'the end' a su fantástica superproducción? Podría ser, sin embargo, que fuera el carácter impreciso conceptualmente de los propios conceptos de Oriente y Occidente lo que provoque la desazón final que puede sentir el lector.

Ciertamente, los conflictos se hacen eternos cuando hay voluntad e interés en que se perpetúen. Occidente ha reencontrado en el mundo musulmán el papel de enemigo contra el que cohesionarse ideológicamente que dejó vacante el hundimiento de los sistemas de tipo soviético. Y el antioccidentalismo es muy rentable para que los autócratas y los teócratas islámicos mantengan sometidas a sus poblaciones. Probablemente, Pagden comete un error muy común entre los dirigentes occidentales: centrarse en los verdugos y olvidar a las víctimas, fijarse en Al Qaeda o en los ayatolás y no reconocer a los miles de ciudadanos de sus países que buscan la libertad, se la juegan para defenderla y esperan de Occidente complicidad y no la absurda pretensión de imponer los derechos humanos a punto de pistola".