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26 feb 2011

El periodista es un técnico en hechos

Fuente | El País

"Podríamos decir que el Wikiperiodismo es al periodismo lo que la Wikipedia a las enciclopedias clásicas", dijo Juan Luis Cebrián en la apertura del Master de Periodismo de El País. Arcadi Espada, desde enfrente, tardó poco en enmendarle la plana:

"No, y este es el principal problema de ese supuesto periodismo. El funcionamiento clásico, e ideal, de la wikipedia es el de especialistas escribiendo sobre las materias que dominan. En el periodismo wikingo el especialista ha desaparecido. Siempre y cuando se entienda algo fundamental. No hay periodistas especialistas en ciencia, política, economía, etcétera. O en cualquier caso se trata de una especialización secundaria. La especialización del periodista sólo consiste en su capacidad de construir relatos globales sobre cualquier materia. De traducir al común las especialidades de los gremios. Y luego de relacionarlas, seleccionarlas y jerarquizarlas. El ciudadano se cree que por presenciar casualmente un hecho ya es un periodista. No. Cualquier hecho requiere un técnico. El periodista es un técnico en hechos. Alguien que sabe hacer las preguntas, alguien que sabe escribir las respuestas".

En marcha

Fuente | Wikipedia

Juan José Millás daba ayer en El País una nueva muestra de su agudeza sociológica. Y me gusta imaginar que nadie podrá abstraerse de lo leído en esta magistral columna:

"¿No ha tenido usted nunca la sensación de haber sido expulsado de su vida como cuando nos apeamos accidentalmente del autobús en la parada que no es? El autobús o la vida siguen su marcha, alejándose de nosotros, que los perdemos de vista cuando doblan la esquina. Continúan existiendo, pero en una dimensión lejana, en la que atraviesan calles o plazas que quedan fuera ya de nuestro alcance. ¿Y nosotros? ¿Qué hacer cuando uno se queda fuera de su propia vida? Hay quien se atiborra de ansiolíticos o somníferos. Hay quien se entrega al alcohol. Hay quien se dedica a hacer dinero... Todo ello para acostarse zombi, levantarse zombi y pasar el día zombi. De ese modo, no echas tanto de menos la vida de la que has sido expulsado (o de la que te has caído, o que has abandonado en un movimiento entre voluntario y no). Muchos, en un intento de recuperar esa vida, leen los libros o revisan el cine o retoman los hábitos que recuerdan ligados a ella. Pero lo cierto es que, fuera de la propia existencia, todos esos placeres carecen de emoción. Se le caen a uno de la mano las mejores novelas, abandona a medias las películas en otro tiempo más estimulantes, le resultan opacos los paisajes que le hicieron llorar. Los hay que se resignan, aceptando lo ocurrido como una suerte de jubilación anticipada y forzosa, una especie de pequeña muerte a la que tarde o temprano, a base de sofá y telebasura, piensan, se acostumbrarán. Pero la mayoría, me gusta imaginar, espera tenazmente el regreso de esa vida, desde donde quiera que esté, para subirse de nuevo a ella, y vivirla, en esta oportunidad, con mayor frenesí que antes. La mitad de la gente que vemos bajo las marquesinas callejeras -yo entre ellos- fingiendo esperar al autobús, esperan en realidad que vuelva a pasar su vida por delante para retomarla de nuevo, aunque sea en marcha".

24 feb 2011

Un deseado 'tranvía'

Fuente | rtve.es

Todavía puede verse en el Teatro Español de Madrid -tranquilo, tienes hasta el 10 de abril- uno de los acontecimientos teatrales de la temporada: 'Un tranvía llamado deseo'; un título que se basta y se sobra para generar expectación, pues su argumento está instalado desde hace décadas en el imaginario (cinematográfico) colectivo. Pero esta nueva versión llega cargada de alicientes, que pasa a valorar Javier Vallejo (El País):

"Para la mayoría, 'Un tranvía llamado deseo' es esa película de Kazan donde el brutal Stanley Kowalski interpretado por un Marlon Brando desbordante se fajaba en lucha desigual con la temperamentalmente frágil Blanche DuBois de Vivien Leigh. Kowalski y DuBois personifican el enfrentamiento entre el estadounidense nuevo, hijo de emigrantes, brutalmente hecho a sí mismo y los últimos vestigios de una aristocracia terrateniente sureña en vías de extinción. Con Blanche, desaparecen del mapa norteamericano el viejo orden, el deseo disfrazado de cortesía, el gusto por la cultura europeizante y un lenguaje trufado de circunloquios insufribles y de citas superfluas.

Es significativo que Kazan conservara en el filme el reparto entero de la producción original de Broadway (dirigida por él mismo), salvo a la actriz protagonista: Laurence Olivier le convenció para que fuera a ver a Leigh, su esposa, en el montaje londinense, y de allí se la trajo. Interpretada por una británica rodeada de norteamericanos, la Blanche marcescente pero atractiva de Leigh simboliza la decadencia de la vieja Europa recién autodestruida durante la II Guerra Mundial.

En la versión actual demoledora, desprovista de sentimentalismo, que Frank Castorf, director de la Volksbühne berlinesa, hizo nueve años atrás, Kowalski era un ex sindicalista de Solidaridad, nostálgico de sus luchas junto a Lech Walesa, y Blanche, una exuberante Marilyn Monroe crepuscular, capaz de fajarse con su antagonista de tú a tú. Al final del combate, cuando parecía que nada más podía pasar, la boca del escenario se elevaba por sorpresa, los restos de una vajilla hecha añicos rodaban estrepitosamente pendiente abajo, y ambos protagonistas, más la bellísima Stella, Mitch y una Eunice mulata, remontaban la pendiente hasta quedar los cinco al borde del abismo, 12 metros sobre las cabezas del público.

El montaje que acaba de estrenar Mario Gas en el Teatro Español es fiel a la época, el espíritu y el ambiente de la obra original e incluso a la imagen que de ella transmite la película, aunque devuelve a Blance DuBois al centro del drama, de donde la desplaza en el cine la interpretación torrencial de Brando: lo fundamental aquí es su intento desesperado de agarrarse al estribo del tranvía de la vida, y su cuesta abajo cuando se cierran las manos que le tendían su hermana Stella, vencida por el poderoso vínculo animal que le une a Kowalski, y Mitch, novio incipiente en cuya medrosa voluntad el veneno de la difamación produce rápido un efecto letal.

Apoyado en una eficaz escenografía de Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, Mario Gas planea el canto del cisne de Blanche con un hiperrealismo menos minucioso y trabajado que el de sus memorables puestas en escena de 'Franky y Johnny' en el claro de luna y de 'La reina de belleza' de Lenanne. Vicky Peña, actriz tantas veces celebrada, da, por edad, una Blanche muy diferente de las varias que tenemos en la memoria, incluidas las recientes de Cate Blanchett y Rachel Weisz. Esta Blanche, instalada ya en la madurez, parece estar mandando sus naves al combate a la desesperada, con un nivel inicial de afectada coquetería que anticipa el fatal desenlace. Cuando se encandila con el joven vendedor de suscripciones parece reprimirse no tanto por miedo a ir demasiado lejos como por ser consciente de lo difícil que le sería.

Lo mejor de la primera parte es la escena íntima entre Mitch (un convincente Àlex Casanovas) y la protagonista, que abandona su impostura asumida: aquí Peña puede por fin explotar su veta dramática más sincera. El clímax de la segunda parte llega con el cara a cara definitivo entre Blanche, ahora gata sin tejado, y un Kowalski portuario interpretado con naturalidad de chico de barrio por Roberto Álamo, bajo una luz racheada veermeriana obra de Juan Gómez Cornejo. La difícil escena final mantiene la tensión cenital precedente. Ariadna Gil es una Stella con encanto, falta de punta dramática.

Quizás a un proyecto comercial hecho con sentido artístico, como éste, no quepa pedirle una lectura del texto más personal, pero sí una definición de producción y dramática más afinadas. El público de una función de a diario lo aplaudió todo y ovacionó a Vicky Peña".

Fuente | YouTube Juanjo Seoane / EFE

Marsé, el calígrafo

Fuente | El País

Marsé, al cabo uno de los premios Cervantes más justos de la literatura en español, publica nueva novela tras el (eternamente prorrogado) reconocimiento: Caligrafía de los sueños se titula una obra que es, a la vez, la misma canción 'marseana' de siempre y un soplo de aire fresco para la narrativa nacional. Como suena: se puede echar mano de la nostalgia con la vista puesta en el futuro, aunque eso solo esté al alcance de los maestros. Los descreídos, sigan la guía publicada por el crítico José-Carlos Mainer en Babelia:

"Se llama Mingo, que es un ridículo hipocorístico de Domingo, pero quiere que le llamen Ringo, como el personaje de John Wayne en 'La diligencia', de John Ford. Lo recordará algún lector de esta novela como uno de los adolescentes de Si te dicen que caí, el que tiene un padre más declaradamente 'rojo'. Aquí ha cumplido quince años, es hijo adoptado y acaba de perder un dedo en el taller de joyería donde trabaja. Y quiere ser pianista. Nada es lo que parece, o lo que la gente quisiera que fuera, en 1948... En la primera escena de Caligrafía de los sueños, una mujer desesperada se tiende sobre las vías del tranvía pero no son más que dos trozos de raíl que sobrevivieron a la retirada del servicio. Y la calle donde sucede todo tiene el nombre evocador de Torrente de las Flores aunque parece que recibió su designación por los dos apellidos de un antiguo propietario, el señor Torrente Flores. También Victoria Mir, la suicida, se hace llamar 'quinesióloga y quiromasajista' pero ejerce de curandera en su propia casa y hace sus ungüentos con las hierbas que recoge en la Montaña Pelada. Fue la mujer del alcalde de barrio falangista, que se suicidó; su amante, Benito Alonso, fue futbolista y ahora y siempre será un don nadie fantasioso y con pocos escrúpulos, como lo son casi todos: como el capitán Blay y el señor Sucre a quienes ya conocimos en El embrujo de Shanghai.

Nada es lo que parece pero todavía es peor en 'el culo del mundo' -se repite varias veces- que era la Barcelona de entonces (Ringo y sus amigos no olvidarán nunca que el 'malo' de la película 'El signo del Zorro' -era Basil Rathbone; el 'bueno' era Tyrone Power y la chica, Linda Darnell; el director, Rouben Mamoulian- había sido profesor de esgrima en Barcelona: jamás pudieron imaginar que el nombre de su ciudad se oyera en un filme de Hollywood). Pero Ringo intuye pronto la inestabilidad fantasmal de lo que le rodea: 'Como suele sucederle en los sueños, percibe en todo lo que está pasando aquí una mezcla de veracidad y absurdo', leemos al comienzo de la novela. Es su frase clave, si añadimos también a los ingredientes una tragedia impotente y un choteo resignado. Juan Marsé ha averiguado que la fidelidad a la memoria supone confiar en un material muy frágil que el tiempo y el egoísmo modifican inexorablemente. Novela a novela, el escritor ha descubierto que la memoria es cada vez menos exacta (al menos, desde la vuelta de tuerca que supuso Un día volveré). Pero también sabe que quien la cuenta es el que manda. Y los requisitos son dos, que conoce muy bien: hay que tener fuerza para evocar ('¿te sitúas?', repite aquí el contador de 'aventis', como si esto fuera una consigna literaria y quizá un recuerdo de aquella 'compositio loci' que recomiendan los 'Ejercicios Espirituales' ignacianos) y el recuerdo debe acompañarse de un cierto rencor justiciero (Ringo 'contempla la ciudad que se extiende hasta el mar bajo una levísima neblina y rechina los dientes': en el rechinar de dientes está lo que señalo).

Posiblemente, en la mutilación del muchacho, el testigo principal, haya algo de simbólico en orden a lo que se viene diciendo; perder el dedo fue una renuncia a su sueño y quizá un autocastigo, pero sabemos que mediante ellos se ganó la toma de posesión de su verdadero destino: tener derecho a narrar. Para alcanzarlo, ha debido soportar la identidad borrosa de un niño adoptado e incluso ser el culpable de pequeñas crueldades imborrables -la muerte de un gorrioncillo, no haber llegado a entregar una carta que se tragó la cloaca, tratar mal a Violeta y aprovecharse sexualmente de su pasividad- que generaron la mala conciencia y el apartamiento un poco soberbio que siempre habrá de tener un narrador conspicuo. En el capítulo homónimo del libro, 'Caligrafía de los sueños', se escenifica la toma de posesión de esa dignidad de testigo: Ringo coge una hoja limpia de la libreta y un lápiz afilado, y sabe que ya no le interesará la sopa de músicas peliculeras en la que vive sino 'la melodía de las palabras que ahora vuelven', aquel 'mutilado conjunto de notas que la memoria auditiva había guardado y ahora convertía en palabras [...]. Y corrige y concluye el que será, aunque todavía no lo sepa, párrafo seminal'. En toda novela de Marsé hay uno de esos párrafos: madeja que se devana, centro que irradia calor e incendia el resto de los párrafos.

La potestad de narrar hay que merecerla... Juan Marsé lleva más de medio siglo haciéndolo y, por supuesto, Ringo tiene mucho de él. No es una novela autobiográfica. Pero quien sea habitual de los relatos del escritor diría que se trata de nueva destilación de la autobiografía en forma de novela: en El amante bilingüe ya jugó con la doble identidad del personaje central -Faneca y Marés- con ánimo de crear un fantasma suyo en el relato y así burlarse de todos los participantes en la habitual rebatiña de las identidades lingüísticas excluyentes. Aquí, en torno al inicio de una vocación (y de un oficio y de un destino), ha reelaborado o inventado con ternura y sarcasmo las huellas de su propio pasado, lo que incluye el relato de su propio nacimiento y el recuerdo de unos padres adoptivos, que seguramente no tuvieron mucho que ver con los reales: la espléndida Berta de esta novela, siempre confiada en la suerte, y Pep, el Matarratas, anticlerical y republicano, a ratos contrabandista y otros secuaz de un grupo de ayuda a prófugos rojos, que además trabaja en un centro clandestino de torrefacción de café (cuyo olor también impregnaba el cuerpo de Juanita, en Si te dicen que caí, y el de Rosita, en Ronda del Guinardó).

Después de una novela como Canciones de amor en Lolita's Club, que tenía algo de violento reportaje, de respuesta visceral a lo que ahora mismo está pasando, Juan Marsé nos ha vuelto a contar muchas de las razones por las que persiste su fidelidad a un barrio, a unos tipos humanos y a una manera de narrar: en escenas demoradas cuando se siente a gusto en ellas, calibrando cada adjetivo, sumando bulímicamente cada detalle o cada imagen, hasta lograr la intensidad que se busca. Esta vez el relato tiene un tono más reposado y menos tenso, con algo de piedad bienhumorada y con un manifiesto deseo de final feliz. O casi, ya que, a la postre, lo que parecía una deriva de episodios a medias entre la fantasía y la verdad acaba por revelar su entraña de sordidez. Ringo-Marsé la ha descubierto y tiene de qué seguir escribiendo: por ejemplo, haciéndolo de 'los buenos propósitos y su flagrante inanidad'... Lo cual quiere decir que escribirá de la vida misma".

El (trillado) futuro del periodismo

Foto | Bernardo Pérez
Fuente | El País

"Los directores de El País, Le Monde, The New York Times, Der Spiegel y The Guardian han protagonizado un debate sobre el futuro del periodismo en la era de Wikileaks en el museo Reina Sofía, de Madrid. A continuación os ofrecemos un resumen de lo que han dicho en este encuentro Javier Moreno, Silvye Kauffman, Bill Keller, Georg Mascolo y Alan Rusbridger. En la sala también estuvo presente Nick Davies, que fue de los primeros en ver que el contacto con Wikileaks podía ser fundamental.

Moreno (El País): "Las filtraciones de Wikileaks han constituido el mayor acontecimiento de los últimos años". El director del periódico español se pregunta si el periodismo va a tener que cambiar después de Wikileaks y explica que gracias a los papeles de Wikileaks se valoran más las habilidades y cualidades del periodismo. "Hemos tratado a Assange como una fuente. Como hemos tratado a tantas otras". Moreno pregunta también si Wikileaks ha puesto en evidencia que los medios no han cumplido con su función y lanza una pregunta a la mesa: ¿Creéis que Wikileaks ha cambiado o va a cambiar el periodismo?

Keller (NY Times): "Soy un poco escéptico sobre (el hecho de) que Wikileaks haya cambiado el mundo".

Kauffman (Le Monde): "Para mí Wikileaks es otro ejemplo de este vínculo entre la prensa y la democracia". Ha explicado que para los periódicos la falta de transparencia de los Gobiernos es un obstáculos y que Wikileaks ha sido un nuevo instrumento para luchar contra esto. "No creo que haya cambiado el periodismo, pero es un instrumento más para conseguir transparencia".

Rusbridger (The Guardian): "Ha sido la gente de occidente, que tiene libertad de prensa, la que ha pensado que Wikileaks no es para tanto, pero en los países sin libertad de prensa estaban deseando que llegara más". Resalta que internet permite cruzar fronteras y que las informaciones que The Guardian publica sobre otros países con menor libertad de prensa traspasa los controles.

Mascolo (Der Spiegel): "Todos estos documentos no van a desaparecer. Forman parte del historial público". "Como periodistas solemos ser muy competitivos, no se nos da bien compartir noticias. Cuando todo esto empezó pensamos que iba a ser un dolor de cabeza, pero ha terminado siendo un gran trabajo de periodismo".

Moreno plantea otro interrogante: ¿Era lo correcto publicar todo el material en bruto?

Mascolo (Der Spiegel): "Nunca nos planteamos la posibilidad de publicar todos los documentos tal y como nos llegaron". Cuenta que la información necesitaba explicación y contexto. Además consideraron que había información que debía mantenerse en secreto, como nombres de gente que había colaborado con el ejército en Afganistán.

Rusbridger (The Guardian): "Nos dimos cuenta de que publicarlo tal cual nos llegaba habría supuesto un riesgo para algunas personas". Añade que "la presencia de nuestros periódicos le dio a la historia una claridad y una objetividad que de otro modo nunca habría tenido".

Kauffman (Le Monde): "Añadir nuestra experiencia es lo que les dio credibilidad a los cables".

Keller (NY Times) expone que en Estados Unidos el caso es el contrario. Allí recibían más quejas por publicar algunos de los cables al completo que por no publicar todo el material.

Kauffman (Le Monde) dice que en Francia sucedió algo parecido a lo que comentaba el director del New York Times: "Muchos lectores del periódico no podían entender que pusiéramos en público tantos secretos de Estado".

Rusbridger (The Guardian): "Una de las decisiones más difíciles que tuvimos que tomar fue la de publicar los cables sobre Yemen o no. El Gobierno americano temía los efectos políticos y argumentaba que Yemen estaba en la primera línea de la lucha contra el periodismo. Decidimos publicarlo y estoy seguro de que la decisión fue la correcta. Son decisiones que tenemos que tomar como periodistas". Y añade, sobre Julian Assange: "Si no piensas que es el mesías o que es el demonio, estás en medio y te critican por ambos lados".

Keller (NY Times): "En Estados Unidos varios senadores reaccionaron de forma exagerada pidiendo que se enmendara la ley de espionaje para criminalizar estas informaciones".

Moreno (El País): "La reacción del Gobierno español fue una reacción muy profesional, muy contenida".

Rusbridger (The Guardian): "No tengo quejas sobre el Gobierno de Cameron, con la reserva de que hay un juicio contra la persona acusada de ser la fuente de todo esto".

Moreno pide a los ponentes que compartan sus experiencias en el trato con Assange y pregunta si le consideran un periodista.

Rusbridger (The Guardian): "Es muchas cosas y creo que explota este estatus. No es una fuente, es más bien un intermediario. No es la fuente original, es intermediario, editor y empresario".

Mascolo (Der Spiegel): "Creo que Julian Assange debería estar protegido por la primera enmienda, pero para la revista Der Spiegel es una fuente".

Kauffman (Le Monde): "Él no hace lo mismo que nosotros, pero creo que hay que darle crédito".

Keller (NY Times): "Además de ser fuente terminó por convertirse en noticia, pero nosotros cuando hemos tratado con él por Wikileaks le hemos tratado como una fuente".

Nueva pregunta para la mesa: ¿Se plantean los directores de estos periódicos crear una plataforma similar a Wikileaks para su medio?

Keller (NY Times): “Nosotros hemos pensado la posibilidad de crear un buzón para que la gente suelte secretos. Todos tenemos fuentes que nos traen secretos”. “Hay una serie de cuestiones legales y periodísticas, pero la principal es preguntarnos que si algo es realmente anónimo ¿cómo se puede verificar?”.

Mascolo (Der Spiegel):“Somos un buzón desde hace mucho años. Si hay otra manera en que la gente quiere enviarnos información ¿por qué no?”.

Rusbridger (The Guardian): "Los periodistas tienen que prestar más atención para hacer que las filtraciones sean más seguras para la fuente". Explica que hay que alcanzar esto desarrollando tecnología propia o usando la de Wikileaks u Openleaks.

Kauffman (Le Monde): "Las revoluciones no se hacen solo con Twitter o con Facebook".

Moreno pregunta a la mesa por el futuro del periodismo y del negocio.

Keller (NY Times): "Sí hay un futuro para el periodismo. El futuro del periodismo está online y el modelo de negocio está por determinar. El periodismo online ha triunfado antes que el negocio". Además Keller ha dicho que pretenden empezar a cobrar "a finales de este año" y confiesa que todavía no saben si ese modelo va a tener éxito.

Kauffman (Le Monde): "Los lectores tienen que entender que lo que nosotros producimos cuesta mucho dinero".

Mascolo (Der Spiegel): "Nuestra revista cuesta 4 euros y probablemente subamos el precio ¿Por qué va a costar menos nuestra revista que un café de Starbucks?".

El debate fue transmitido en directo por streaming y seguido por los usuarios de Twitter bajo la etiqueta #pconfuturo" (233grados.com).

23 feb 2011

El (desen)canto del cisne de Aronofsky


El nuevo extrañamiento cinematográfico de Darren Aronofsky está ya en las carteleras españolas. Lleva por título 'Cisne negro' y supone un capítulo más de la ecléctica intrahistoria del subgénero de películas en torno a la danza, de la que en estas últimas fechas se han estrenado -y se estrenarán- algunas notables muestras. La crítica ha caído rendida, una vez más, ante el heterodoxo creador de 'Pi, fe en el caos', 'Requiem por un sueño', 'La fuente de la vida' y 'El luchador'. Para muestra, un botón: Jordi Costa en El País:

"Las articulaciones del pie de una bailarina crujen con el estruendo de las placas tectónicas en una de las poderosas imágenes que abren la última película de Darren Aronofsky: un plano detalle que transforma el cuerpo de Natalie Portman en inesperado escenario de una película de catástrofes.

Como ya hiciera en la precedente 'El luchador', el cineasta se apropia del cuerpo de su protagonista para convertirlo en cordero sacrificial, objeto condenado a la extenuación expresiva a lo largo de un 'tour de force' formal que antepone, aquí, la estilización 'high class' a esa falsificación de una crudeza visceral que caracterizaba a la película anterior. Sería, no obstante, un error descifrar 'Cisne negro' tan solo a la luz de 'El luchador': el cineasta parece haber logrado aquí la síntesis perfecta de su poética, pues, más allá de esa exploración del cine como prolongación del 'body art', su película propone una inmersión, sin asideros, en las profundidades de una subjetividad fracturada, prolongando las propuestas de 'Pi' (1998) y 'Réquiem por un sueño' (2000).

'Cisne negro' cuenta una historia aparentemente sencilla, pero, tras cada una de sus imágenes y sus sonidos -en el cine de Aronofsky ni un ínfimo grano de celuloide es inocente-, se oculta un sofisticado dispositivo formal que amplifica el alcance de sus transparentes metáforas. El director juega con imágenes -los ecos del rostro de la Portman- y sonidos -el batir de las alas de un cisne- casi subliminales para colocar al espectador en el centro mismo del laberinto interior de Nina, la bailarina que abraza su lado oscuro, desborda su sexualidad reprimida y asume su autodestrucción en su demoledor camino a la perfección.

Es inevitable mencionar 'Las zapatillas rojas' (1948) como gran referente, pero, en este juego a la vez culterano y efectista que no renuncia a evocar 'Repulsión' (1965), 'Lo importante es amar' (1975), 'Carrie' (1976), 'Perfect Blue' (1998) e incluso 'Showgirls' (1995), quizá lo más sorprendente sea su reivindicación del formalismo 'grandguignolesco' del 'giallo': 'Cisne negro', que lanza no pocos guiños a la trilogía de 'Las tres madres' de Argento, sería, en suma, la perfecta hermana aristocrática de su 'Terror en la ópera' (1987). El clímax final conquista la grandeza de lo inefable: una apoteosis de cine puro, que de ningún modo puede (ni, por supuesto, merece) ser reducida a palabras".

20 feb 2011

El secreto (a voces) de la prensa española


Dos noticias complementarias, leídas a lo largo de la semana en 233grados.com, (re)sitúan el presente de la prensa española. Veamos:

"España se encuentra entre los grandes países de Europa donde más porcentaje de población usa Internet para el consumo de medios de comunicación. Lo reflejan los últimos datos anuales de Eurostat, correspondientes al año 2010, recogidos en un informe elaborado por el Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información (ONTSI).

El 40% de los españoles emplea la Red para leer periódicos o revistas digitales, seis puntos por encima de la media de los veintisiete.

España se coloca así ligeramente por debajo de Reino Unido (43%) y Alemania (42%), y muy por encima de Francia (21%), Italia (24%), Portugal (29%) o Grecia (25%). Como suele se habitual en estos estudios, aparecen de nuevo en lo más alto de la tabla los países nórdicos, con Finlandia en primera posición (74%).

Casi un tercio de los españoles ve la televisión o escucha la radio a través de webs. En concreto, un 27%, un punto más que la media de la UE. De los 'grandes' del continente, sólo Reino Unido se coloca por delante de España, con un 38 por ciento.

Francia anota un 26% y Alemania un 25%. Holandeses y finlandeses dominan aquí el ránking, con el 53 y el 44%, respectivamente".

Eso, por un lado; y por otro -o por el mismo-:

"Los diarios perdieron un 4% de difusión y un 4,2% de ventas y suscripciones a lo largo de 2010, según el Observatorio de la Prensa Diaria de AEDE/Deloitte. Las ventas de diarios generalistas han caído en un 4,27% a lo largo del año pasado mientras que la difusión cayó un 4,22%. La prensa deportiva perdió un 3,22% de difusión y sus ventas bajaron un 3%.

La prensa económica ha sido la que ha sufrido mayores pérdidas. Las ventas de Expansión han caído en un 11,69%, las de Cinco Días en un 14,57% y las de El Economista en un 12,34%. El Economista y Expansión perdieron más de un 10% de difusión el año pasado, mientras que la de Cinco Días cayó en un 4,09%.

Los ingresos por publicidad descendieron a nivel global en un 3,79%. La prensa económica, una vez más, fue la más afectada con un descenso del 9,77%. Las caídas en la prensa generalista y en la deportiva fueron del 3,72% y del 5,07% respectivamente.

Entre los principales medios españoles, las caídas más importantes las protagonizaron El Correo Español (pierde un 7,65% en difusión y un 8,21% en ventas), El Periódico de Catalunya (un 6,46% y un 8,90% en ventas) y El País (un 5,55% y un 6,42% en ventas). La difusión de El Mundo descendió en un 4,71% y la de ABC en un 2,77%, mientras que sus ventas descendieron en un 6,14% y un 0,67% respectivamente. La Vanguardia, en cambio es el único que se mantiene estable y ha visto incrementada su difusión en un 0,14%, aunque sus ventas cayeron en un 1%.

As y Marca vendieron un 1,65% y un 3,19% menos respectivamente, mientras que las ventas de Sport cayeron en más de un 7% y las de Mundo Deportivo se mantuvieron estables con una bajada del 0,14%".

ARte COntemporáneo

Fuente | El País

19 feb 2011

Espada, Cercas y el burdel


Las agarradas -negro sobre blanco, naturalmente- entre Arcadi Espada y Javier Cercas -maestros ambos para mí, cada uno en lo suyo- en torno a la delgada línea roja que separa periodismo y literatura, ficción y realidad en la narrativa (pseudo)periodística contemporánea -relatos reales me parece que lo llaman- son bien conocidas por los amantes de las letras españolas -en cualquiera de sus manifestaciones-. Sucede que esta semana la cosa ha llegado a las manos -es un decir- por culpa de una columna publicada por el primero en El Mundo el pasado día 15. El escrito ha hecho correr ya ríos de tinta -y de sangre mediática, claro- pese a su corta vida, y ha permitido a Espada llevarse el 'gato al agua' -de momento- en un duelo de (afiladas) plumas al que nadie puesto aún el 'the end'. Sirva como consuelo, entre tanto, la síntesis del asunto que publicaba antes de ayer el animador del cotarro en su diario:

"Tenía un hombre que días antes, y a propósito de una columna mía, había escrito una carta a este periódico cuyo único argumento era llamarme mentecato, haciendo uso del lenguaje recto. Y un hombre que, sobre todo, había escrito en el diario El País un artículo con una serie de proposiciones entre las que destacaba, justo al comienzo, esta frase de Hitler como paradójico (y potente) argumento de autoridad: 'Exigimos una campaña legal contra quienes propagan mentiras políticas deliberadas y las diseminan a través de la prensa'.

Luego venía su pasmoso corolario lógico: '¿Quién escribió eso? Adolf Hitler, en 1920. ¿Qué significa eso? Significa, al menos, que hay que desconfiar de los cruzados contra el embuste, porque el énfasis en la verdad delata casi siempre al mentiroso'.

Y luego: 'El mejor lugar donde asediar la verdad factual del presente es el periódico. ¿Quiere esto decir que hay que exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responde a la verdad de los hechos? A mi juicio, no'.

Y luego: 'Se dirá que todo esto atañe solo a una parte del periódico, a esas secciones donde, como en las columnas o en los artículos de opinión, son admisibles ciertas licencias, y no al resto, donde lo que debe imperar es la verdad factual; es cierto, pero añado una reflexión a esa certeza. Si aceptamos que la historia es, como dice Raymond Carr, un ensayo de comprensión imaginativa del pasado, quizá debamos aceptar también que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. La palabra clave es imaginativa'.

Y luego. Y luego.

Eran sus absurdas excrecencias de siempre. Pensé que merecía una lección y que iba a dársela. La lección consistiría en aplicar sus premisas a un caso concreto. A una ficción concreta. Me iba a tomar con él alguna licencia, como tan graciosamente las llama. Era inevitable que sufriera alguna molestia, que en cualquier caso sería ligera y breve. Mucho más ligera, en cualquier caso, que las que habían sufrido en su mismo periódico algunas de las víctimas de sus modelos. Las de Juan José Millás, el primero. Y no, desde luego, por lo que se refiere a sus cuentos industriales tipo, para seguir a Cercas en su paráfrasis, 'abre la nevera y se encuentra dentro a su madre enana, con un cubata de Bacardí en una mano y un porro en la otra'. Nada de eso. Algo aún más aéreo. Cuando observando una foto de Rajoy con amigos Millás sentenciaba que la distancia de seguridad que guardaban se debía probablemente a la halitosis. Un cálido ejemplo de ficción con nombres propios. (El País Semanal, 31 de agosto de 2008) O cuando su maestro, Francisco Rico Manrique, se instalaba en el ambigú y en la posdata de un suelto sobre el fumar declaraba que no había fumado nunca un pitillo (El País, 11 de enero de 2011) mintiendo sobre su condición largamente nicotina para que al menos uno de sus argumentos sobreviviera. (Sin embargo, lo mejor de Rico sucedió a los pocos días cuando preguntado por la Defensora del Lector sacó el pitillo Rimbaud, le pidió fuego a la sorprendida e hizo la primera voluta: 'J’est un autre'. Lástima que luego cayera en una impropia 'nota de color', aunque algo de vulgaridad le va bien al talento). O qué decir, en fin, de uno de sus héroes antepasados, el fotógrafo Javier Bauluz, cuando adjudicó toda la indiferencia de Occidente ante la desdicha a una inerme pareja de bañistas cazada en la cercanía -trucada- de un cadáver.

En todos esos casos, y en decenas que podían añadirse, esas ficciones, al igual que la mía, fueron creídas por mucha gente. Y habían causado daños. A Rajoy. A su mujer, porque la halitosis, incluso imaginaria, es uno de los motivos femeninos más aducidos para evitar las relaciones sexuales. A los lectores de Francisco Rico, de cuya confianza había abusado el académico. Y, desde luego, también a la pareja de bañistas estigmatizada por el fotógrafo Bauluz a causa de su falsa, pero manifiesta, falta de piedad. Por lo tanto me preocupaban las molestias que pudiera causarle a Cercas. Aunque menos, francamente, que las que yo mismo iba a causarme. Para empezar, iba a hacer de Cercas. Iba a seguir sus consejos y a fabricar una verdad moral a partir de una mentira fáctica, como con tanta insistencia, y sin quitarme un ojo de encima durante todas las horas de todos estos años, había tratado de inculcarme. La fabricación sólo podía hacerse en las páginas de un periódico. Sólo en el periódico se puede mentir. Que Ana Karenina se tire al tren no es mentira ni verdad. Que Javier Cercas estuviese en un lupanar, de Arganzuela, la madrugada del domingo es mentira y de la buena. Sabía, ciertamente, que yo no iba a salir sin daños del empeño. El primero es la seguridad de que iban a llamarme, y con toda razón, Cercas. Inmediatamente después, la arremetida del populacho cibernético, cuyo nivel de instrucción es ya inversamente proporcional a su capacidad de publicación. Luego había también el peligro de que me gustara. Y one more thing. Un peligro con el que yo entonces no contaba, que un lector muy sutil de mi blog describía en un comentario y que al cabo ha sido para mí el daño mayor, aunque instructivo.

Hay que dar un rodeo para explicarlo. Mi columna quería reproducir de Cercas hasta su enrollada untuosidad. Cuando releo esta frase que yo habré escrito, y ya para siempre: 'Sobre todo, porque el caso no refleja más que nuestra identidad de inofensivos soldados, al fin y al cabo sólo interesados en las maniobras de la retórica, el estilo y la verdad' me da un repeluco y hasta he de ir corriendo a lavarme. Pero es que toda la columna es una muestra elemental, casi grosera, del abrazo del oso. Algo muy de Cercas: sólo cabe leer la flatulenta crónica que dedicó en El País Semanal (8 de marzo de 2009) a nuestro casual y educado encuentro en un aeropuerto. La inexorable inmoralidad del abrazo del oso la explica bien este párrafo de la revista de prensa de Libertad Digital (15 de febrero): 'Pero la columna más informativa del día es la de Arcadi Espada en El Mundo, que le echa una mano al cuello a Javier Cercas. ¿Se habían enterado de que al columnista de El País le detuvieron el otro día en una redada contra la 'explotación sexual' en un burdel de Arganzuela? Pues ya lo saben. Le pusieron enseguida en libertad, que conste. 'No es ni lógico ni justo ni tolerable que su nombre fuera citado al día siguiente en uno de esos siniestros programas televisivos que se llevan el gato del periodismo al agua, pero sólo para escaldarlo', se indigna Espada. Y le envía un 'fraternal abrazo a la víctima Cercas'. Otro desde aquí, Javier, y dale las gracias a Arcadi. Si no es por su publicidad a lo mejor nunca nos habríamos enterado'. Leyendo esto, y la infinidad de comentarios posteriores, supe que había muchas personas que me creían capaces de escribir un texto así. Es decir, un texto que con la excusa de la solidaridad y la mano tendida fuera capaz de dar eco múltiple a la vida privada de Cercas. Estimable lección: muchos más lectores de los que creía piensan que soy capaz de una villanía semejante. Está bien saberlo.

En la información que publicaba ayer el diario El País (donde por cierto había un suelto de Lluís Bassets, su director adjunto, del que me ocuparé con atento detalle en 'Un lupanar en Arganzuela', blog) Cercas considera que yo le he calumniado. Ojalá sea una muestra, aunque oblicua, de que la edad pueril ha terminado y que el propósito moral de mi columna ha empezado a hacer efecto. Pero la precisión aún no es su fuerte. Yo no le he acusado falsamente de ningún delito. Como máximo le he llamado (¡pero falsamente!) 'putero'. Y creo que ni siquiera. 'Cercas, que eres más puta que las gallinas', eso es más bien lo que le llevo llamándole desde hace tiempo, aunque sin utilizar el recto. Poner a alguien en un burdel no es un delito. ¡Ah, tiempos en los que hay que abrirse paso a través de los grititos! El propio Cercas ha dado alegre publicidad a una de sus visitas. 'Hijos de la chingada, denle todos la bienvenida a Javier Cercas, que recién aterriza en Tijuana. Pinche güey: qué pronto encontró Las Adelitas'. Entonces las prostitutas y los asesinos y los narcos de Las Adelitas me dan la bienvenida al paraíso con un grito unánime, y mientras me siento de golpe el hombre más honrado de la tierra, consciente de que por fin he llegado al sitio donde siempre había querido estar, porque siempre lo había buscado sin saber que estaba buscándolo, pienso que Tijuana es una playa tan infinitamente triste como una herida (...)', escribía un apasionado Cercas después de haber estado en el burdel Las Adelitas, de Tijuana (El País Semanal 17 de agosto de 2003). A ver si el problema va a ser Arganzuela.

En las mismas declaraciones Cercas insinúa que irá al juez. Deduzco que a lloriquear como un pobre faction lo que no supo ganar en la fiction. Oh, dios santo, si fuera al juez...! Y, oh dios, si ganara... ¡Y la jurisprudencia que crearía! Mi amigo Mercutio lo decía muy finamente donde Jabois. Haga lo que haga, jaque mate. Yo soy de dominó y lo veo más bien como un seis doble ahorcado. En cualquier caso siempre será mejor el juez. Porque la alternativa que expresa con su pompa en El País es nada más y nada menos que la del 'pronunciamiento público'. Y lo que hace después con los pronunciamientos: la anatomía del instante. Para temblar.

Bien. Lo he hecho. Crucé la raya y he vuelto. Es un lugar fácil y da un poco de asco. Como un burdel. Sólo ahora comprendo de verdad los nervios permanentes de Cercas. El peso que lleva. Mal oficio".

De quitarse el sombrero ¿convendrás conmigo?

10 feb 2011

'Anna Bolena': batalla entre reinas vocales


'Anna Bolena', de Donizetti, se encuentra en el ecuador de las funciones programadas en la presente temporada del Gran Teatre del Liceu de Barcelona: un acontecimiento musical que Xavier Pujol refleja así en El País:

"Uno de los problemas de tener una historia tan larga y lustrosa como la que tiene el Liceo es que al final todo acaba convirtiéndose en aniversario, conmemoración o, como mínimo, rememoración.

Empecemos por este punto. 'Anna Bolena' fue la primera ópera que se representó en el Liceo, en 1847. El título se representó, entre otras ocasiones, en 1947, en el centenario del teatro, en un momento en que la obra estaba totalmente fuera del repertorio. Por 'Anna Bolena' pasó Caballé en 1982 y 10 años más tarde Edita Gruberova cantaba su primera Bolena en el teatro de La Rambla. En aquellas representaciones de 1992 debutó en el Liceo, sustituyendo al titular, un joven Josep Bros.

Anteayer, 18 años más tarde, el título regresaba al Liceo, Gruberova, volvía a enfrentarse al tremebundo papel de la reina inglesa y un tenor, Gregory Kunde, debutaba en el teatro barcelonés sustituyendo precisamente a Bros. Primera conclusión: cantar el papel del tenor en 'Anna Bolena' no es bueno para la salud. Hasta aquí la historia.

Expectativas de diverso género rodeaban esta 'Anna Bolena'. La primera era si Edita Gruberova podría, a sus 64 años, con un papel agotador y erizado de dificultades. El asunto tiene un punto de morbosidad, pero está justificada: el operístico es uno de los pocos cantos naturales que quedan sin trampa tecnológica ni cartón electrónico, y forma parte de la tradición de la ópera ver si los cantantes pueden o no con las partituras.

La otra gran expectativa se situaba en la nueva producción que el Liceo había encargado al mallorquín Rafel Duran, que debutaba en el teatro con este título.

Por Gruberova no hay que preocuparse, queda Edita para rato. Empezó un poco descolocada, pero enseguida se situó y ofreció una actuación fantástica que coronó con una 'aria de la locura' final que enardeció al público pese a calar ligeramente el sobreagudo final. El dominio de Gruberova del papel va mucho más allá de lo vocal, posee el personaje y le saca un rendimiento dramático enorme a un libreto plagado de tópicos.

La otra gran triunfadora de la noche fue Elina Garanca en el papel de Giovanna Seymour. La mezzosoprano letona estuvo en todo momento a un nivel altísimo, con una voz bella e imponente, y una afinación exacta. El dúo del segundo acto entre Bolena y Seymour fue lo mejor de la noche, una fantástica batalla entre reinas vocales. El capítulo femenino se completó con la buena actuación de la contralto Sonia Prina en el papel 'in travesti' del músico Smeton.

El capítulo masculino se saldó a un nivel correcto. Gregory Kunde pudo sin dificultades con el papel de Percy y ofreció una buena actuación; Carlo Colombara resultó suficiente, pero poco contundente en lo vocal, en el papel de Enrico VIII, y Simón Orfila despachó muy correctamente el papel de Rochefort. Bien el coro, especialmente el femenino, y suficiente pero sin especial brillo la orquesta, dirigida por Andriy Yurkevych, debutante en la plaza.

La esperada nueva producción recibió algún abucheo, no muchos, y aplausos, tampoco muchos. La producción, más sosona que mala, va de atemporal, como ya es casi norma últimamente, y se ambienta en un espacio de luz cálida, que nos remite al concepto de prisión de lujo; esto se acrecienta con la presencia de unas cámaras de vídeo que a modo de Gran Hermano vigilan constantemente a los personajes. Unos figurantes disfrazados de cuervos rememoran las célebres aves de la torre de Londres, donde se ambienta parte de la acción, y trasiegan arriba y abajo mesas, sillas y atrezzo. La dramaturgia de personajes y situaciones fue convencional y, aunque con el belcantismo más vale dejar las cosas como están y no meterse en camisa de once varas, se esperaba algo más elaborado".