"Los Razzies, considerados los 'anti-Oscar' de la industria, se cebaron hoy con 'The Last Airbender', [...]. Según reveló la fundación Golden Raspberry Award, que entrega los temidos Razzies, 'The Last Airbender' se hizo con las estatuillas (unas frambuesas doradas cuyo valor es inferior a cinco dólares) a la peor película, peor director, peor guión, peor actor de reparto (Jackson Rathbone, que también se lo llevó por 'Twilight Saga: Eclipse') y peor uso del 3D.
La otra gran perjudicada de la velada fue 'Sex and the City 2', que se llevó el galardón de peor actriz (destinado a todo su reparto femenino, formado por Sarah Jessica Parker, Kim Cattrall, Kristin Davis y Cynthia Nixon), peor secuela y peor reparto.
El título de peor actor fue a parar a Ashton Kutcher, por 'Killers' y 'Valentine's Day', mientras que como peor actriz se coronó Jessica Alba, gracias a 'The Killer Inside Me', 'Little Fockers', 'Machete' y 'Valentine's Day'.
La satírica ceremonia, celebrada como es tradición la noche previa a los Oscar, tuvo lugar en el Teatro Barnsdall Gallery, en Hollywood.
Los Razzie -palabra que se puede traducir como pedorreta- se crearon en 1980 como el antídoto al glamour que impone Hollywood anualmente gracias a los premios de la Academia" (EFE).
Marsé, al cabo uno de los premios Cervantes más justos de la literatura en español, publica nueva novela tras el (eternamente prorrogado) reconocimiento: Caligrafía de los sueños se titula una obra que es, a la vez, la misma canción 'marseana' de siempre y un soplo de aire fresco para la narrativa nacional. Como suena: se puede echar mano de la nostalgia con la vista puesta en el futuro, aunque eso solo esté al alcance de los maestros. Los descreídos, sigan la guía publicada por el crítico José-Carlos Mainer en Babelia:
"Se llama Mingo, que es un ridículo hipocorístico de Domingo, pero quiere que le llamen Ringo, como el personaje de John Wayne en 'La diligencia', de John Ford. Lo recordará algún lector de esta novela como uno de los adolescentes de Si te dicen que caí, el que tiene un padre más declaradamente 'rojo'. Aquí ha cumplido quince años, es hijo adoptado y acaba de perder un dedo en el taller de joyería donde trabaja. Y quiere ser pianista. Nada es lo que parece, o lo que la gente quisiera que fuera, en 1948... En la primera escena de Caligrafía de los sueños, una mujer desesperada se tiende sobre las vías del tranvía pero no son más que dos trozos de raíl que sobrevivieron a la retirada del servicio. Y la calle donde sucede todo tiene el nombre evocador de Torrente de las Flores aunque parece que recibió su designación por los dos apellidos de un antiguo propietario, el señor Torrente Flores. También Victoria Mir, la suicida, se hace llamar 'quinesióloga y quiromasajista' pero ejerce de curandera en su propia casa y hace sus ungüentos con las hierbas que recoge en la Montaña Pelada. Fue la mujer del alcalde de barrio falangista, que se suicidó; su amante, Benito Alonso, fue futbolista y ahora y siempre será un don nadie fantasioso y con pocos escrúpulos, como lo son casi todos: como el capitán Blay y el señor Sucre a quienes ya conocimos en El embrujo de Shanghai.
Nada es lo que parece pero todavía es peor en 'el culo del mundo' -se repite varias veces- que era la Barcelona de entonces (Ringo y sus amigos no olvidarán nunca que el 'malo' de la película 'El signo del Zorro' -era Basil Rathbone; el 'bueno' era Tyrone Power y la chica, Linda Darnell; el director, Rouben Mamoulian- había sido profesor de esgrima en Barcelona: jamás pudieron imaginar que el nombre de su ciudad se oyera en un filme de Hollywood). Pero Ringo intuye pronto la inestabilidad fantasmal de lo que le rodea: 'Como suele sucederle en los sueños, percibe en todo lo que está pasando aquí una mezcla de veracidad y absurdo', leemos al comienzo de la novela. Es su frase clave, si añadimos también a los ingredientes una tragedia impotente y un choteo resignado. Juan Marsé ha averiguado que la fidelidad a la memoria supone confiar en un material muy frágil que el tiempo y el egoísmo modifican inexorablemente. Novela a novela, el escritor ha descubierto que la memoria es cada vez menos exacta (al menos, desde la vuelta de tuerca que supuso Un día volveré). Pero también sabe que quien la cuenta es el que manda. Y los requisitos son dos, que conoce muy bien: hay que tener fuerza para evocar ('¿te sitúas?', repite aquí el contador de 'aventis', como si esto fuera una consigna literaria y quizá un recuerdo de aquella 'compositio loci' que recomiendan los 'Ejercicios Espirituales' ignacianos) y el recuerdo debe acompañarse de un cierto rencor justiciero (Ringo 'contempla la ciudad que se extiende hasta el mar bajo una levísima neblina y rechina los dientes': en el rechinar de dientes está lo que señalo).
Posiblemente, en la mutilación del muchacho, el testigo principal, haya algo de simbólico en orden a lo que se viene diciendo; perder el dedo fue una renuncia a su sueño y quizá un autocastigo, pero sabemos que mediante ellos se ganó la toma de posesión de su verdadero destino: tener derecho a narrar. Para alcanzarlo, ha debido soportar la identidad borrosa de un niño adoptado e incluso ser el culpable de pequeñas crueldades imborrables -la muerte de un gorrioncillo, no haber llegado a entregar una carta que se tragó la cloaca, tratar mal a Violeta y aprovecharse sexualmente de su pasividad- que generaron la mala conciencia y el apartamiento un poco soberbio que siempre habrá de tener un narrador conspicuo. En el capítulo homónimo del libro, 'Caligrafía de los sueños', se escenifica la toma de posesión de esa dignidad de testigo: Ringo coge una hoja limpia de la libreta y un lápiz afilado, y sabe que ya no le interesará la sopa de músicas peliculeras en la que vive sino 'la melodía de las palabras que ahora vuelven', aquel 'mutilado conjunto de notas que la memoria auditiva había guardado y ahora convertía en palabras [...]. Y corrige y concluye el que será, aunque todavía no lo sepa, párrafo seminal'. En toda novela de Marsé hay uno de esos párrafos: madeja que se devana, centro que irradia calor e incendia el resto de los párrafos.
La potestad de narrar hay que merecerla... Juan Marsé lleva más de medio siglo haciéndolo y, por supuesto, Ringo tiene mucho de él. No es una novela autobiográfica. Pero quien sea habitual de los relatos del escritor diría que se trata de nueva destilación de la autobiografía en forma de novela: en El amante bilingüe ya jugó con la doble identidad del personaje central -Faneca y Marés- con ánimo de crear un fantasma suyo en el relato y así burlarse de todos los participantes en la habitual rebatiña de las identidades lingüísticas excluyentes. Aquí, en torno al inicio de una vocación (y de un oficio y de un destino), ha reelaborado o inventado con ternura y sarcasmo las huellas de su propio pasado, lo que incluye el relato de su propio nacimiento y el recuerdo de unos padres adoptivos, que seguramente no tuvieron mucho que ver con los reales: la espléndida Berta de esta novela, siempre confiada en la suerte, y Pep, el Matarratas, anticlerical y republicano, a ratos contrabandista y otros secuaz de un grupo de ayuda a prófugos rojos, que además trabaja en un centro clandestino de torrefacción de café (cuyo olor también impregnaba el cuerpo de Juanita, en Si te dicen que caí, y el de Rosita, en Ronda del Guinardó).
Después de una novela como Canciones de amor en Lolita's Club, que tenía algo de violento reportaje, de respuesta visceral a lo que ahora mismo está pasando, Juan Marsé nos ha vuelto a contar muchas de las razones por las que persiste su fidelidad a un barrio, a unos tipos humanos y a una manera de narrar: en escenas demoradas cuando se siente a gusto en ellas, calibrando cada adjetivo, sumando bulímicamente cada detalle o cada imagen, hasta lograr la intensidad que se busca. Esta vez el relato tiene un tono más reposado y menos tenso, con algo de piedad bienhumorada y con un manifiesto deseo de final feliz. O casi, ya que, a la postre, lo que parecía una deriva de episodios a medias entre la fantasía y la verdad acaba por revelar su entraña de sordidez. Ringo-Marsé la ha descubierto y tiene de qué seguir escribiendo: por ejemplo, haciéndolo de 'los buenos propósitos y su flagrante inanidad'... Lo cual quiere decir que escribirá de la vida misma".
"Cada día y mientras más se acerca la ceremonia de entrega de los premios Oscar, aparece en Los Ángeles un nuevo grafiti del artista callejero británico Banksy.
Primero se dejó ver un Charlie Brown aparentemente encendido y luego, precisamente enfrente del edificio que alberga el sindicato de directores de Hollywood, una figura de un lascivo Mickey Mouse persiguiendo a modelos.
En los últimos días han surgido murales de un niño-soldado cuyo rifle está cargado de lápices de color y un perro bulldog orinando, entre otros.
Se trata de su primera película como director, que muestra su particular estilo de 'guerrilla urbana' que consiste en pintar paredes e intervenir espacios públicos, filmarlo todo y huir de la policía.
Otros, seguidores de las obras del rebelde creador, consideran que el grafiti es una especie de epílogo de la cinta, cuyos productores han catalogado como 'la primera película de desastre de arte callejero del mundo'.
Lo cierto es que el elusivo Banksy se encuentra, definitivamente, en Hollywood.
Las obras de Banksy están causando entusiasmo en la ciudad.
[...] 'Banksy, deberías pintar aquí', reza un letrero dejado en una pared en el centro de Los Ángeles.
Mr. Brainwash, un artista callejero local que es el personaje central del documental de Banksy, pintó un enorme mural en el sur de Los Ángeles en el que figura el artista británico convertido en trofeo del Oscar.
Todo el bullicio que está causando el despliegue de arte callejero agrega sabor al misterio que rodea al artista.
La pregunta generalizada es: ¿acudirá Banksy a los Oscar?
En esta ocasión, el interrogante es, en caso de que se la gane, cómo recibirá Banksy la estatuilla dorada que otorga la Academia del Cine de Estados Unidos".
"¿Cuáles fueron los acontecimientos que distinguieron el espíritu del siglo XXI del espíritu del siglo XX? Desde una perspectiva global fueron, en primer lugar, la destrucción del muro de Berlín y el subsiguiente final rápido del orden de la guerra fría y, segundo, la destrucción de los edificios del World Trade Center el 11 de septiembre del 2001. El primer acto de destrucción estuvo lleno de brillantes esperanzas, mientras que el siguiente fue una tragedia abrumadora. La convicción generalizada, en el primer caso, de que 'el mundo será mejor que nunca' fue totalmente despedazada por el desastre del 11/S. Estos dos actos de destrucción, que se desarrollaron en cada lado del punto de inflexión milenario con una inercia tan ampliamente distinta, parecen haberse combinado como una sola dualidad que causó una gran transformación en nuestra mentalidad.
Durante los últimos 30 años he escrito ficción en varias formas, desde cuentos cortos hasta novelas completas. Las historias siempre han sido uno de los conceptos humanos más fundamentales. Aunque cada una es única, funcionan principalmente como algo que puede compartirse o intercambiarse con otras. Esa es una de las cosas que les dan su significado. Las historias cambian de forma libre conforme inhalan el aire de cada nueva era. Siendo en principio un medio de transmisión cultural, son altamente variables en lo que respecta al modo de presentación que emplean. Como diestros diseñadores de moda, los novelistas arropamos las historias, conforme cambian de forma de un día a otro, con palabras adecuadas a sus perfiles.
Desde una perspectiva profesional, parecería que la conexión e interacción entre nosotros y las historias con que topamos experimentaron mayor cambio que nunca en algún momento cuando el mundo cruzó (o empezó a cruzar) el umbral del milenio. Que haya sido un cambio para bien o un cambio menos bienvenido, no estoy en posición de juzgarlo. Todo lo que puedo decir es que probablemente nunca podremos regresar al punto de partida.
Hablando por mí, uno de los motivos por los que lo siento con tanta convicción es el hecho de que la ficción que escribo experimenta en sí misma una transformación perceptible. Las historias en mi interior cambian de forma constante conforme inhalan la nueva atmósfera. Claramente puedo sentir el movimiento dentro de mi cuerpo. Puedo ver que al mismo tiempo también sucede un cambio sustancial en la forma en que los lectores reciben la ficción que escribo.
Ha habido un cambio que vale la pena resaltar, especialmente, en la postura de los lectores europeos y estadounidenses. Hasta ahora, mis novelas podían considerarse en términos del siglo XX. Esto es, podían entrar en sus mentes a través de pórticos como posmodernismo o realismo mágico u orientalismo; pero prácticamente desde que la gente acogió el nuevo siglo gradualmente empezó a despojarse del marco de estos ismos y a aceptar los mundos de mis historias con mayor tendencia al como es. Percibía intensamente este cambio cada vez que visitaba Europa y Estados Unidos. Me parecía que la gente aceptaba mis historias totalmente -historias muchas veces caóticas, otras tantas carentes de lógica, y donde la composición de realidad ha sido reconfigurada-. En lugar de analizar el caos dentro de mis historias, parecen haber comenzado a concebir un nuevo interés por la propia tarea de encontrar la mejor forma de aceptarlas.
En cambio, los lectores medios de los países asiáticos nunca necesitaron el pórtico de la teoría literaria para leer mi ficción. La mayoría de los asiáticos que se propusieron leer mis obras aceptaron al parecer desde el principio las historias que escribí como relativamente naturales. Primero llegó la aceptación, y luego (de ser necesario) el análisis. En la mayoría de los casos, en Occidente, sin embargo, con cierta variación, el análisis lógico vino antes de la aceptación. Estas diferencias entre Oriente y Occidente parecen desvanecerse con el paso de los años al influirse recíprocamente.
Si tuviera que etiquetar el proceso que ha experimentado el mundo durante los últimos años sería realineación.
Una importante realineación política y económica empezó después del final de la guerra fría. No hay mucho que decir acerca de la realineación en el área de la tecnología de la información, con un impactante desmantelamiento y establecimiento de sistemas a escala mundial. En el turbulento punto medio de estos procesos, obviamente, sería imposible que la literatura fuera la única que no se realineara y evitara el cambio sistémico.
Una importante dificultad ocasionada por este proceso de realineación es la pérdida -aunque sólo temporal- de los ejes coordinados para formar estándares de evaluación. Estos ejes estuvieron ahí hasta ahora, funcionando como bases fiables para medir el valor de las cosas. Se sentaban en la cabecera de la mesa como pater familias de los valores, decidiendo lo que concordaba y lo que no. Ahora nos despertamos y hallamos la desaparición no sólo del jefe de la familia, sino de la misma mesa. Por todos lados, parecería, las cosas han sido -o están siendo- tragadas por el caos.
Cuando oigo la palabra caos, automáticamente me imagino las escenas del 11-S -esas impactantes imágenes mostradas millones de veces en televisión-. Los dos aviones incrustándose contra los muros de cristal de las Torres Gemelas, las propias torres derrumbándose sin dejar rastro; escenas que seguirían siendo increíbles después de verlas más de un millón de veces. La trama que tuvo éxito con milagrosa perfección, una perfección que alcanzó casi un nivel de surrealismo. Si puedo decirlo sin temor a ser mal entendido, las imágenes parecían gráficos de ordenador para una película de Hollywood sobre el juicio final.
A menudo nos preguntamos cómo hubiera sido si nunca hubiera sucedido el 11-S o al menos si ese plan nunca hubiera sido tan exitoso de forma tan perfecta. El mundo habría sido muy distinto de lo que es ahora. Estados Unidos pudo haber tenido otro presidente (importante posibilidad) y las guerras en Iraq y Afganistán tal vez nunca habrían ocurrido (posibilidad aún mayor).
Llamemos Realidad A al mundo que tenemos actualmente, y Realidad B al mundo que pudimos haber tenido en ausencia del 11-S. No podremos dejar de observar que el mundo de Realidad B parece ser más real y racional que el mundo de Realidad A. Para decirlo en otros términos, vivimos en un mundo que tiene un nivel de realidad aún menor que el mundo irreal.
¿De qué otra forma podemos llamarlo sino caos?
¿Qué tipo de significado puede tener la ficción en una era como esta? ¿A qué tipo de propósito puede servir? En una era donde la realidad es insuficientemente real, ¿cuánta realidad pueden tener las historias ficticias? Sin lugar a dudas, este el problema al que hacemos frente ahora los novelistas, las preguntas que se nos han planteado. En el momento en que nuestras mentes cruzaron el umbral del nuevo siglo, también cruzamos el umbral de la realidad de una vez por todas. No tuvimos otra opción más que cruzarlo, finalmente, y, al hacerlo, nuestras historias se ven forzadas acambiar de estructura. Las novelas e historias que escribimos indudablemente serán cada vez más distintas en carácter y sensaciones que las que han aparecido antes, de la misma forma que la ficción del siglo XX se diferencia drástica y claramente de la ficción del siglo XIX.
El objetivo propio de una historia no es juzgar lo que está bien y lo que está mal, lo bueno y lo malo. Lo más importante es que determinemos si, en nuestro interior, los elementos variables y tradicionales avanzan armónicamente, determinar si las historias individuales y comunes se suman en la raíz en nuestro interior.
En otras palabras, el papel de una historia es mantener la solidez del puente espiritual construido entre el pasado y el futuro. Nuevas morales y orientaciones emergen con bastante naturalidad de tal empresa. Para que ello suceda, primero debemos respirar profundamente el aire de la realidad, el aire de las cosas como son, y debemos encarar pródigamente y sin prejuicios la forma en que las historias están cambiando dentro de nosotros. Debemos acuñar nuevas palabras a tono con el ritmo de ese cambio.
En ese sentido, al mismo tiempo que la ficción (narración) sufre actualmente una prueba severa, ello representa una oportunidad inusitada. Por supuesto que a la ficción siempre se le ha asignado responsabilidad y preguntas que afrontar en cada era, pero sin duda estas son ahora especialmente importantes. La narración o historia posee una función que sólo ella puede cumplir, y es la de 'convertir todo en una historia'. Transformar las cosas y sucesos que nos rodean en la metáfora de la forma narrativa y sugerir la verdadera naturaleza de la situación en el dinamismo de esa sustitución: tal es la función más importante de la historia.
En mi última novela, 1Q84, no muestro el futuro cercano de George Orwell, sino lo contrario -el pasado cercano- de 1984. ¿Qué hubiera pasado en el caso de un distinto 1984, no el original que conocemos sino otro 1984 transformado? ¿Y qué pasaría si repentinamente nos lanzaran a ese mundo? Habría, por supuesto, tanteos hacia una nueva realidad.
En la brecha entre Realidad A y Realidad B, en la inversión de realidades, ¿en qué medida podríamos preservar nuestros valores recibidos y, al mismo tiempo, qué tipo de nueva moral podríamos llegar a parir? Este es uno de los temas de mi trabajo. Dediqué tres años a escribir esta historia, tiempo durante el cual simulé en mí su mundo hipotético. El caos sigue ahí, en perfecta forma.
Pero, después de abundantes pruebas y errores, presiento intensamente que finalmente lo estoy logrando plasmar en términos de una historia. Tal vez la solución parta de aceptar tranquilamente el caos no como algo que 'no debería existir', que debería rechazarse fundamentalmente en principio, sino como algo que 'está ahí en calidad de hecho real'.
Tal vez sea demasiado optimista. Pero como narrador de historias, como esperanzado y humilde piloto de la mente y el espíritu, no puedo evitar sentirlo de esta manera, en el sentido de que el mundo, también, después de abundantes pruebas y errores, seguramente logrará nueva confianza de que lo está captando y descubrirá sin duda pistas que sugieran una solución, porque, finalmente, el mundo y las historias han cruzado el umbral de muchos siglos y han atravesado muchos jalones para sobrevivir hasta el día de hoy".
"Todos tenemos derecho a absolutamente todo", escribe el reputado corresponsal de guerra especialista en terrorismo global Chris Hedges en Empire of Illusion: The End of Literacy and the Triumph of Spectacle[Imperio de ilusión: el fin de la cultura literaria y el triunfo del espectáculo] "El lenguaje es algo muy obvio", apunta Lesley Docksey en Global Reserach, atemorizada por el poder de la palabra, antes de continuar: "En 'Hollywood and the War Machine' [Hollywood y la máquina bélica] (parte de la serie 'Empire' de AlJazeera TV, diciembre de 2010) hubo un fascinante debate sobre el romance de Hollywood con la guerra y el romance del Pentágono con Hollywood. Hollywood se beneficia al obtener acceso a todo el costoso material militar que necesita para crear imágenes de épicas batallas heroicas. El Pentágono gana porque puede escribir los guiones, reescribir la historia tal como le conviene y utilizar las películas como instrumentos de reclutamiento para sus interminables guerras.
Esta perversa relación fue discutida por los cineastas Oliver Stone y Michael Moore y el periodista Chris Hedges. Hedges sugirió que para muchos estadounidenses la guerra se ha convertido ahora en algo sagrado: el Pentágono actúa como la iglesia y los soldados son sus sacerdotes. No es de extrañar por lo tanto, que exista un apetito de películas que muestran la guerra como una batalla contra el mal, con valerosos héroes estadounidenses que siempre vencen contra las dificultades. Luego dijo lo siguiente: "Creemos que, porque tenemos la capacidad de librar la guerra, tenemos el derecho a librar la guerra". Palabras escalofriantes, palabras que parecen exagerar el caso, excepto que… No cuando se consideran las actitudes de las que hacen gala los cables diplomáticos estadounidenses publicados por WikiLeaks".
"Todos tenemos derecho a absolutamente todo", opina el afamado periodista y escritor norteamericano: un lema que ha calado hondo en el paraíso del liberalismo en que se ha convertido su patria; una tesis que causa tanto dolor como el que pretende combatir, despreciando, de paso, la ética y el Derecho internacional.
Para Jordi Costa, "quizás el libro más relevante en la historia reciente de la crítica cinematográfica sea Mutaciones del cine contemporáneo de Jonathan Rosenbaum y Adrian Martin: es, probablemente, el que mejor refleja cuáles son los desafíos de la crítica en el paisaje actual”. Aunque con ocho años de retraso, el desarrollado olfato editorial de Errata Naturae hace posible ahora que los cinéfilos españoles podamos empaparnos de estas Mutaciones publicadas originalmente en inglés y que, de forma inmediata, se convirtieron en un libro de culto dentro y fuera del mundo anglosajón, al ser considerado un volumen imprescindible para acercarse al horizonte cambiante y absolutamente diversificado de la producción cinematográfica actual y en términos globales.
"A comienzos del siglo XXI, el corporativismo, las exigencias de maximización de los beneficios y las anquilosadas fórmulas narrativas de Hollywood parecen gobernar el mercado cinematográfico mundial. Sin embargo, y tal como demuestra este volumen, el cine contemporáneo es hoy más rico y plural que nunca. Con el comienzo del nuevo siglo se ha hecho patente la existencia de nuevos discursos fílmicos y otras narrativas que se enfrentan al canon del relato tradicional en occidente, así como nuevas fronteras para los géneros clásicos, nuevas técnicas para la creación de la imagen fílmica digital y para su difusión a través de internet, nuevos espacios geográficos de producción absolutamente descentralizados, nuevos contextos de visionado a través de la oferta DVD, el Home Cinema y la generalización de las descargas desde la red.
Los trabajos de críticos y cineastas reunidos en este libro, que representan a algunos de los más destacados teóricos del cine de los cinco continentes, reivindican estas mutaciones del cine contemporáneo como la prueba palmaria de la buena salud del cine, al tiempo que avalan la creación de nuevas comunidades críticas capaces de reflexionar, más allá de toda frontera geográfica o generacional, sobre el presente y el futuro del cine".
Como ya sabrás a estas alturas, lo de menos en la reciente entrega de los Globos de Oro fueron los premios y los premiados. De lo que todo el mundo habla en los mentideros cinematográficos -con una división de opiniones de aúpa- es del presentador de la gala, el polifacético comediante británico Ricky Gervais.
Si aún no has tenido oportunidad de disfrutar de sus corrosivas intervenciones, aquí tienes una muestra de sus puyazos a diestro y siniestro, que no dejaron títere hollywoodiense con cabeza.
[El vídeo está subtitulado mediante una transcripción interactiva]