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27 feb 2011

Petras vs. Bell: ¿El fin de las ideologías?

Fuente | Wikipedia

El ilustre sociólogo James Petras se ha despachado a gusto con el (igualmente) ilustre sociólogo Daniel Bell en un (demoledor) epitafio del que considera un "publicista" del Imperio:

"El reciente fallecimiento de uno de los sociólogos estadounidenses más destacados, el profesor de Harvard Daniel Bell, y los grandes elogios expresados en las necrológicas que le han dedicado ponen de relieve la importancia de la utilidad ideológica por encima del rigor científico. Ejemplo típico de los medios de comunicación de masas y sus hagiografías es la necrológica que publicó el Financial Times (1), en la que afirmaba que 'pocos hombres tienen el don de mirar hacia el futuro, pero Daniel Bell (...) era uno de ellos (...) con una precisión asombrosa'. Más adelante, el mismo artículo laudatorio anunciaba que 'pocos pensadores de la segunda mitad del siglo XX lograron captar los cambios sociales y culturales de la época con tanta amplitud y tanto detalle como Bell'. Sin duda hay algunas razones importantes para que Bell reciba tan efusivas alabanzas, pero ciertamente ninguna de ellas es su comprensión de los cambios políticos, económicos e ideológicos que tuvieron lugar en Estados Unidos durante su vida intelectual.

El examen y el análisis de sus principales escritos revelan una 'asombrosa' tendencia al error de base en sus análisis de la evolución ideológica y los rasgos fundamentales de la economía de EEUU, su estructura de clases y su propensión a la guerra permanente y la profundización de la crisis económica.

Uno de los primeros y más influyentes libros de Bell, The End of Ideology (1960) (2), afirmaba que EEUU estaba entrando en un período en el que la ideología estaba desapareciendo como fuerza motriz de la acción política. Según su análisis, el pragmatismo, el consenso y el declive del conflicto social y de clases caracterizarían el futuro de la política estadounidense. The End of Ideology se publicó en una década en que la sociedad norteamericana se vio desgarrada por los movimientos antibelicistas y antiimperialistas, contempló la salida anticipada de un presidente de EEUU (Johnson) y tuvo a decenas de miles de sus soldados paralizados e inmovilizados en Indochina, lo que condujo a una movilización popular masiva en el país y erosionó cualquier idea de consenso político. Durante esta misma década, en cientos de ciudades del país estallaron importantes levantamientos urbanos y movimientos sociales afroamericanos, que produjeron en muchos casos enfrentamientos violentos y una fuerte represión por la Guardia Nacional y la policía, lejos de la construcción de cualquier tipo de 'consenso'. Las ideologías florecieron, entre otras el Black Power, el marxismo en muchas de sus formas, las diversas variantes de democracia participativa de la Nueva Izquierda, el feminismo y el ecologismo. En lugar de reflexionar sobre estas realidades de la década y replantearse sus equivocadas profecías, Bell, refugiado en las universidades de Columbia y más tarde (1969) Harvard, simplemente se burló de los protagonistas de las nuevas ideologías y los nuevos movimientos sociales. El renacimiento de la ideología como guía o justificación de la acción política no se limitó en absoluto a la izquierda y los movimientos ambientalistas: la estridente derecha de Ronald Reagan, con su ideológica neoliberal y neoconservadora, surgió hasta llegar a dominar la política en la década de 1980, redefiniendo el papel del Estado, protagonizando un asalto a gran escala sobre el estado del bienestar y la regulación empresarial, y justificando un resurgimiento masivo del militarismo.

Nunca un científico social ha interpretado tan erróneamente su momento histórico, ni ha hecho predicciones tan miopes que hayan sido refutadas en un plazo tan breve. Esta colosal desconexión con la realidad no impidió a Bell publicar un nuevo título con nuevas profecías: The Coming of Post Industrial Society (3). En él, Bell sostuvo que la lucha de clases y la actividad industrial estaban siendo reemplazadas por una nueva economía de servicios basada en los sistemas de información y en nuevos principios innovadores, nuevos modos de organización social y una nueva clase social. Llegó a argumentar que la lucha de clases estaba siendo reemplazada por una meritocracia basada en la educación y por políticas basadas en el interés individual.

Un vistazo siquiera superficial a la época nos revela que fue un momento de intensificación de la lucha de clases -esta vez desde arriba en vez de desde abajo- que supuso un violento y exitoso ataque de carácter político de los gobiernos de Reagan y las grandes corporaciones contra los derechos de los trabajadores, con despidos masivos y encarcelamiento de los controladores aéreos en huelga, además del inicio de una campaña nacional para hacer retroceder los salarios y la protección del empleo en las industrias del automóvil, el acero y otras industrias claves.

En segundo lugar, el relativo declive de la manufactura industrial y el surgimiento de la industria de servicios no se tradujo en el crecimiento de empleos de cuello blanco mejor pagados para los hijos de los obreros industriales desplazados: la gran mayoría de los nuevos trabajadores de servicios estaban mal pagados (con ingresos 60% inferiores a los de los trabajadores industriales sindicalizados) y encuadrados en trabajos manuales de baja categoría.

Lo que Bell calificó de sociedad postindustrial del conocimiento fue, de hecho, el predominio cada vez mayor del capitalismo financiero, que pudo definir cada vez más la utilización y las funciones principales de los sistemas de información: el desarrollo de nuevos softwares diseñados para los instrumentos financieros especulativos. En lugar del mérito como base de la movilidad social, especialmente en la franja social superior, es la conexión con los grandes bancos de inversión lo que ha venido sirviendo como principal vehículo hacia el éxito. Esta relación ha socavado la economía industrial y el empleo estable del país.

Las contribuciones conceptuales de Bell reflejan una asombrosa habilidad para acuñar eufemismos destinados a oscurecer el predominio de una clase financiera parasitaria y el etiquetado como meritocracia de sus abusivas prácticas.

Es difícil de creer que Bell, que fue redactor encargado de la sección de empleo de Fortune, la gran publicación de los negocios, no estuviera al tanto del desplazamiento masivo de capitales de la industria a las actividades financieras. Pero lo que hizo fue perfeccionar sus habilidades como publicista para acuñar frases simples y conceptos pegadizos, útiles para formar parte de la narrativa de unos medios de comunicación ansiosos por desviar el debate público de las características profundamente negativas de la embestida capitalista sobre la clase obrera a partir de 1980.

El último gran libro de Bell, The Cultural Contradictions of Capitalism (4) ha sido a la vez la celebración del capitalismo como gran historia de éxito, que sin embargo lleva en su seno, según nos advirtió, la semilla de su propia destrucción desde el momento en que el valor puritano del trabajo bien hecho había sido erosionado y sustituido por la gratificación instantánea, el consumismo y la contracultura, todo lo cual conduce inevitablemente a la crisis moral.

Una vez más, Bell desvía la atención de las contradicciones estructurales más evidentes, para centrarse en patrones de comportamiento marginales, en sí mismos subproductos de un poder global e imperial creciente. Las más flagrantes contradicciones que Bell ignoró son, por una parte, la que se produce entre la tradición republicana estadounidense, en vías de desaparición, y el impulso dominante hacia la construcción del imperio; y por otra, la contradicción entre el declive de la economía del país y el crecimiento del militarismo de ámbito mundial. La retórica postindustrial de Bell no tuvo en cuenta que la pérdida de empleo en la industria estadounidense no se debió a la conversión de las empresas en una supuesta economía de la información, sino más bien a su reubicación en el extranjero, (Asia, Caribe y México), bien mediante subcontratación, bien mediante inversión extranjera. En otras palabras, Bell atribuye el descenso de la economía interna estadounidense a la moralidad de la clase media y los consumidores de bajos ingresos del país, en lugar de presentar un análisis objetivo de las características estructurales y el comportamiento del capital globalizado en su servicio a un imperio en expansión.

De un modo aún más perverso, este 'pensador excepcional y paradigma de nuestro tiempo', fue incapaz de captar la esencial profundización de las contradicciones de clase de nuestra época. Algunos estudios estadísticos comparativos han demostrado que EEUU tiene ahora las peores desigualdades de cualquier país capitalista y el peor sistema de salud de los cincuenta principales países industrializados. Por otra parte, al igual que muchos de los intelectuales ricos de Nueva York, con sus salarios de seis cifras, Bell no registró el hecho ineludible de que las desigualdades en Manhattan eran tan acusadas o más que las de Guatemala, Calcuta o Sao Paulo: menos del 1% de los residentes controlan el 40% de la riqueza de Nueva York.

Así son las contradicciones 'culturales' de Bell: el contraste entre las declaraciones de nuestro insigne académico y la realidad existente en los márgenes del vergel académico.

Como intelectual, la contribución de Bell, fue por consiguiente mediocre, en el mejor de los casos, y carente de una perspectiva interesante, sobre todo en sus pretensiones proféticas. La notoriedad de Bell y su reputación, sobre todo en los medios de comunicación y revistas de prestigio académico, se debió a su capacidad inagotable para poner de moda eufemismos pegadizos diseñados para desviar la atención de los devastadores efectos socioeconómicos del capitalismo de finales del siglo XX. Bell proporcionó útiles conceptos a los publicistas y escribas de los negocios y las finanzas para que pudieran embellecer sus narrativas. Su gran reputación entre muchos académicos de escritor deseoso de abordar los grandes temas de nuestro tiempo para debatir y polemizar con los críticos situados a la izquierda, es una virtud menor dada su mediocridad básica y su mendaz defensa de lo indefendible.

(1) 2/12-13/1, p. 5
(2) El fin de las ideologías, Tecnos 1964
(3) El advenimiento de la sociedad postindustrial, Alianza Editorial 2006
(4) Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza Editorial 2010

24 feb 2011

La izquierda y lo correcto

Fuente | Letras Libres

El (incisivo) ensayista mexicano Gabriel Zaid publica en el número de febrero de Letras Libres un (imprescindible) ensayo político. Con su enrevesada -por juguetona- prosa, su afilada ironía y su habitual descreimiento, Zaid denuncia que en México se ha pretendido, desde hace décadas, que ser de izquierda es un requisito indispensable para participar del debate intelectual y político, y que cualquier postura distinta, es satanizada y descalificada por principio, como si hubiera una identificación inequívoca entre la izquierda y lo correcto. ¿Te suena? A mí también. Por eso merece la pena entresacar del prolijo texto los párrafos siguientes: para tener un motivo más para dudar de nuestras (aparentemente asentadas) convicciones ideológicas:

[...] La derecha es inhabitable, un infierno de todos tan temido que nadie lo quiere voluntariamente ocupar; a donde hay que empujar a quien se deje, para tener la seguridad de que uno sí es de izquierda (puesto que allá está la derecha, señalada con dedo flamígero).

Pero, ¿quién va a dejarse hundir en el infierno para que los fariseos gocen de la gloria de juzgar a todos desde el cielo? Nadie. Por eso, el infierno está vacío. Si la derecha no merece más que la muerte cívica, no puede haber derecha. Pero tampoco izquierda. Donde no hay derecha, la izquierda abarca todo, y por lo mismo no quiere decir nada. Donde la izquierda legitima, pero la derecha no, toda izquierda se vuelve sospechosa de ilegitimidad: todos acaban persiguiendo a todos. Donde hay que ser de izquierda para ser, ser de izquierda y nada es lo mismo.

En rigor, no se puede ser de izquierda (ni derecha): no hay tal manera ontológica de ser. Se está a la izquierda o a la derecha, en tal punto, con respecto a tal otra posición. Por lo mismo, considerando todo el espectro de posiciones posibles, lo normal es estar simultáneamente a la izquierda y a la derecha: a la izquierda de unos y a la derecha de otros.

Es imposible estar a la izquierda en todo y con respecto a todos: no estar a la derecha de nada ni de nadie. No hay tal lugar. ¿Por qué, sin embargo, en México, se pretende esa posición imposible? Porque lo importante no es la realidad, sino el realismo político de no ser rebasado por la izquierda y arrojado a las llamas. Hay que estar, pues, absolutamente a la izquierda, aunque tal posición no exista, aunque se reduzca a declarar que mi posición relativa es absoluta. Así aparece el 'ontologismo'. No estoy a la izquierda de tal posición en tal punto, y por lo tanto a la derecha de tal otra: soy de izquierda; más aún: soy la izquierda.

La palabra izquierda se usa como la palabra decente, y quiere decir aproximadamente lo mismo (lo correcto, lo conveniente). No se dice: en tal punto, con respecto a unos, estoy por la decencia; y por lo tanto, con respecto a otros, estoy por la indecencia. Se dice: soy decente; más aún: soy la mismísima decencia.

La indecencia (como la derecha, como el infierno) son los otros. Pero como los otros no quieren facilitar las cosas declarándose indecentes, para darnos la seguridad de sentirnos decentes, la indecencia finalmente desaparece, dejando un signo de interrogación en toda decencia. Como no se puede perseguir a indecentes confesos, la única oportunidad de estar siempre y en todo del lado decente está en la lucha interminable de unos decentes contra otros, mutuamente acusados de no serlo.

[...] Así se llega a los criterios de verdad por afiliación: no se está del lado bueno por tener razón; se tiene razón por estar del lado bueno. Para legitimar una buena posición, hay que asegurarse otra buena posición: el lado bueno; para lo cual, afortunadamente, basta con declararse en contra de los malos. [...] Para no abandonar la posición de clase real, hay que traicionarla con ganas en las posiciones declarativas. Para no ser perseguidos, hay que pasarse al lado de los perseguidores.

Así sucede, paradójicamente, que alguien adopta posiciones más radicales cuando mejora su posición real, contra lo que sería de esperarse. Y es que, en una sociedad posrevolucionaria, las condiciones materiales siguen determinando la conciencia, pero al revés: a mejores condiciones materiales, mayor conciencia revolucionaria. Para tener buena conciencia, ganando más que el salario mínimo, hay que estar por el cambio. Sobre todo frente a posibles perseguidores, que pueden atacar por la izquierda. Los lideratos, dirigencias, prestigios, chambas, presupuestos, ingresos, prerrogativas y, en general, las posiciones privilegiadas, se defienden con posiciones avanzadas. Adelantándose a los posibles perseguidores. Siendo todavía más radical.

Temor constante de ser rebasados por la izquierda, de ser perseguidos por falta de radicalismo y hasta por cualquier signo de prosperidad. Buenas personas que miran de reojo, con temor, a su izquierda; donde se encuentran otras buenas personas, igualmente nerviosas por el qué dirán a su izquierda. Temores que sirven para chantajear [...].

La idea convencional de izquierda / derecha se corresponde con otra polaridad espacial: arriba / abajo. Se supone que la izquierda está abajo, con el pueblo y que la derecha está arriba, sobre ese volcán: que la gente de arriba está por el statu quo y la de abajo por el cambio. Pero no hay que olvidar que izquierda, derecha, arriba y abajo, son conceptos relativos. Todo depende de qué tan abajo o tan arriba, dónde, cuándo.

Si los privilegiados de arriba son aristócratas conservadores, que se creen de origen divino y no quieren el cambio, bajo los cuales (pero no tan abajo) está una burguesía que se cree el pueblo y quiere el cambio, tenemos, en efecto, que 'abajo' está la revolución y arriba la reacción. Pero hasta en ese caso resulta que hay otros conservadores: los campesinos, los de mero abajo. Cuando el volcán estalla, los revolucionarios llegan al poder, los de mero abajo siguen donde estaban y la polaridad entra en contradicción.

Los nuevos privilegiados necesitan una falsa conciencia. A diferencia de los aristócratas, no se creen de origen divino: creen que son el pueblo que llegó al poder y quiere el cambio. Pero no el cambio de arriba, naturalmente, cosa por demás absurda, si el pueblo ya está en el poder: quieren el cambio de abajo. Quieren modificar a los campesinos, quitarles lo conservador, sacarlos del atraso y la superstición, hacerlos a su imagen y semejanza: la vanguardia progresista a la cual la Revolución le hizo justicia.

Cuando la izquierda llega arriba, la reacción queda abajo: es el pueblo irredento que necesita educación; el ayer enterrado que no debe resucitar; la odiosa competencia de los que todavía no suben mucho y pretenden ser ellos los revolucionarios. Que los países comunistas procedieran a la 'reeducación por el trabajo' de los campesinos, que millones murieran en los campos de trabajos forzados y que tantos quisieran escapar del paraíso oficial, arriesgándose a todo en botes inseguros, sacudió a la izquierda europea, pero no a la mexicana.

[...] Las revelaciones persistentes sobre la realidad en los países comunistas y, finalmente, el desplome del imperio soviético tuvieron el efecto contrario del Sputnik: descolocaron el futuro. Entre la gente seria, hubo un replanteamiento de las 'leyes de la historia', 'la lucha de clases', el progreso y sus protagonistas. Hasta se llegó a decir que ya no tenía sentido hablar de izquierda o derecha.

Norberto Bobbio, en Derecha e izquierda: Razones y significados de una distinción política, critica la idea de que el distingo quedó obsoleto, y tiene razón. También tiene razón cuando critica la supuesta imposibilidad de distinguir lo bueno de lo malo para la sociedad. Pero son dos distingos diferentes, y tiende a confundirlos. Trata de rescatar el concepto de la izquierda como protagonista de lo bueno para la sociedad. Es un error. Ni la izquierda ni la derecha son el bien (o el mal). Se puede estar bien o mal en esto o en aquello, pero no se puede ser el bien o el mal.

Ni la izquierda ni la derecha son el valor absoluto que se enfrenta al antivalor absoluto. Hay valores que defiende la izquierda, valores que defiende la derecha y valores que pasan de unas banderías a otras. Por eso, el ontologismo produce confusiones. Si todo lo bueno para la sociedad tiene que ser de izquierda y resulta que en tal caso lo bueno es lo que defendía la derecha, ¿lo reaccionario se convierte en revolucionario?

Abundan los ejemplos de valores conservadores abanderados hoy (o en algún otro momento) por la izquierda: La conservación de la naturaleza, de las especies, del ambiente. La conservación de las lenguas, de los clásicos, de las tradiciones, de los usos y costumbres. La conservación de lugares, monumentos, obras de arte, libros, objetos y documentos históricos. La conservación de la vida y la salud física y espiritual. La conservación de los valores religiosos, familiares, patrióticos [...]".

15 feb 2011

'Hoy': La Bien Querida

La Bien Querida | Hoy | Fiesta | 2011

'Romancero' fue un hito a nivel nacional. Así lo demuestran las múltiples portadas de revistas especializadas, los éxitos en países como México y Estados Unidos, las nominaciones como disco del año en los medios más reputados, los Premios de la Música a Mejor Álbum y Artista Revelación, la participación en 'Una Ópera Egipcia' de Los Planetas, presencia en los mejores festivales (FIB, Primavera Sound, South Pop...), e incluso la mención como uno de los discos de la década pasada por una publicación tan prestigiosa como Rockdelux. Pero 'Fiesta' da un salto más allá. Demuestra que aquello no fue algo efímero, sino una realidad tan aplastante como que Ana Fernández-Villaverde, La Bien Querida, es de lo más importante que le ha pasado al pop español en los últimos años.

De nuevo contando con la colaboración de David Rodríguez (Beef, La Estrella de David), 'Fiesta' hace honor a su nombre: una celebración inigualable, un homenaje involuntario a la música, un regalo para los oídos de todos aquellos que adoran la música. Inclasificable e irrepetible, indefinible pero sobre todo emocionante, la música de La Bien Querida juega con los estilos para dar finalmente el golpe maestro. Porque una vez más podemos escuchar flamenco, rumbas, rancheras, música mozárabe, valses, electrónica, ¡e incluso un solemne paso de Semana Santa! Pero todo ello siempre al servicio del pop, de unas melodías imperecederas, y sobre todo una lírica inolvidable, que incluye frases que nos rompen el corazón irremediablemente: 'Hay cosas que hubiera preferido no saber / Y todo lo que sabes que no quiero comprender / pero hoy al volverte a ver, / decidí empezar a quererte otra vez' canta en 'Hoy', single de presentación del disco, mientras que en 'Sentido Común' nos dice 'Me estás robando horas de sueño, / me estoy mintiendo y me lo creo, / pero como te estoy queriendo / no tiene memoria ni tiene tiempo'.

7 feb 2011

10 razones para legalizar las drogas

Fuente | Huasipungo


"1. La legalización pondría fin a la parte exageradamente lucrativa del negocio del narcotráfico, al traer a la superficie el mercado negro existente.

2. La legalización reduciría dramáticamente el precio de las drogas, al acabar con los altísimos costos de producción e intermediación que implica la prohibición. Esto significa que mucha gente que posee adicción a estas sustancias no tendrá que robar o prostituirse con el fin de costear el actual precio inflado de dichas substancias.

3. Legalizar las drogas haría que la fabricación de dichas sustancias se encuentre dentro del alcance de las regulaciones propias de un mercado legal. Bajo la prohibición, no existen controles de calidad ni venta de dosis estandarizadas.

4. El narcotráfico ha extendido sus tentáculos en la vida política de los países. La legalización acabaría con esta nefasta alianza del narcotráfico y el poder político.

5. Legalizar las drogas acabaría con un foco importante de corrupción, la cual aumenta en todos los niveles del gobierno debido a que una substancial parte de toda clase de autoridades han sido comprados, sobornados o extorsionados por narcotraficantes, creando un gran ambiente de desconfianza por parte de la población hacia el sector público en general.

6. Los gobiernos dejarían de malgastar miles de millones de dólares en el combate de las drogas, recursos que serían destinados a combatir a los verdaderos criminales: los que le violan los derechos a los demás (asesinos, estafadores, violadores, ladrones).

7. Con la legalización se acaba el pretexto del Estado de socavar nuestras libertades civiles con el fin de llevar a cabo esta guerra contra las drogas. Intervenciones telefónicas, allanamientos, registro de expedientes, censura y control de armas son actos que atentan contra nuestra libertad y autonomía como individuos.

8. Legalizar las drogas desactivará la bomba de tiempo en la que se ha convertido Latinoamérica, especialmente en los países andinos, Centroamérica y México. Esto ha llevado a una intervención creciente por parte de Estados Unidos, país que desde hace más de una década ha venido fortaleciendo su presencia militar en la región de una manera nunca vista desde el fin de la Guerra Fría.

9. En una sociedad en donde las drogas son legales, el número de víctimas inocentes producto del consumo y la venta de estupefacientes se vería reducido substancialmente. Gran cantidad de personas que nunca han consumido estas sustancias o que no están relacionadas con la actividad se ven perjudicadas o incluso pierden la vida debido a las 'externalidades' de la guerra contra las drogas: violencia urbana, abusos policiales, confiscación de propiedades, allanamientos equivocados, entre muchos otros.

10. La legalización conducirá a que la sociedad aprenda a convivir con las drogas, tal y como lo ha hecho con otras sustancias como el alcohol y el tabaco. El proceso de aprendizaje social es sumamente valioso para poder disminuir e internalizar los efectos negativos que se derivan del consumo y abuso de ciertas sustancias".

18 ene 2011

Las guerras de 2011

Fuente | galleryone.ca

Según la ong International Crisis Group, hay dieciséis conflictos en gestación que habrá que vigilar en los próximos meses. Llegaron tarde a la revolución tunecina, pero no hay que perder detalle de la nefasta predicción que publica Foreign Policy:

"En la actualidad hay en todo el mundo casi tres docenas de conflictos rugientes, desde los valles de Afganistán hasta las junglas de República Democrática del Congo, pasando por las calles de Cachemira. ¿Pero cuáles son las crisis que pueden estallar en 2011? He aquí varios lugares preocupantes que componen esta lista.

Costa de Marfil: Este país se encuentra al borde de lo que puede ser un terrible 2011. Tras un retraso de cinco años, Costa de Marfil celebró elecciones presidenciales el 31 de octubre. La primera ronda, pacífica, recibió los elogios de la comunidad internacional, pero la segunda, entre el presidente actual, Laurent Gbagbo, y el ex primer ministro Alassane Ouattara, se vio enturbiada por choques y acusaciones de fraude por ambas partes.

Colombia: A primera vista, las perspectivas del país latinoamericano para 2011 parecen muy buenas. El nuevo presidente, Juan Manuel Santos, ha sorprendido a muchos de quienes le criticaban con sus audaces propuestas de reforma, muchas de ellas dirigidas a abordar las raíces del conflicto civil con los rebeldes de izquierda desde hace 46 años. Ha reparado las relaciones con los vecinos Venezuela y Ecuador, se ha comprometido a proteger a los defensores de los derechos humanos y ha propuesto leyes para ayudar a reasentar a los cuatro millones de desplazados del país. Sin embargo, no todo es bueno. A pesar de una serie de pérdidas estratégicas en los últimos años -en territorio y en líderes destacados-, las guerrillas izquierdistas, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), siguen teniendo unos 8.000 miembros armados y aproximadamente el doble de partidarios.

Zimbabue: Conviene no perderlo de vista en 2011, para ver cómo el gobierno de unidad del país -que agrupa al presidente Robert Mugabe y al líder de la oposición, el primer ministro Morgan Tsvangirai, merece su nombre conciliador cada día menos. ¿Cuál será el momento más delicado? Las elecciones. Ambos desean celebrarlas, pero no están de acuerdo en qué debe someterse a la decisión de los ciudadanos.

Irak: Está hoy mucho mejor que en 2007, cuando cada día morían casi dos docenas de iraquíes por atentados suicidas. Sin embargo, no tiene todavía un horizonte despejado. Y hoy no son los activistas sino los políticos quienes representan la peor amenaza. El nuevo Ejecutivo, formado en diciembre tras nueve meses de negociaciones, es débil y carece de las instituciones necesarias para gobernar con eficacia. La burocracia iraquí está recién nacida y es frágil, y sus Fuerzas de Seguridad dependen todavía demasiado de la formación, la logística y los servicios de inteligencia estadounidenses. Mientras tanto, abundan las quejas de grupos minoritarios y refugiados repatriados, y no parece que el Estado vaya a ser capaz de responder a todas esas demandas políticas. La violencia sectaria asoma de vez en cuando con nuevos brotes, y no está ni mucho menos aplacada por completo; en noviembre murieron aproximadamente 300 iraquíes en actos violentos.

Venezuela: Durante los próximos 12 meses, habrá que observar al presidente venezolano, Hugo Chávez, mientras lleva hasta el extremo su variante de socialismo del siglo XXI. Después de haber perdido la mayoría en al Parlamento en septiembre, Chávez ha estado trabajando para asegurarse de que la nueva legislatura dominada por la oposición sea irrelevante. El presidente ha consolidado su control del Ejército y la policía, ha nacionalizado más empresas privadas y ha conseguido que la Asamblea Nacional saliente, progubernamental, le concediera poderes provisionales para “gobernar por decreto”.

Sudán: En 2005 terminaron dos decenios de guerra con la firma del Acuerdo Integral de Paz (AIP). Pero ahora que este inicia sus últimas fases, esa delicada paz corre peligro. Aunque la prioridad internacional ha sido garantizar la celebración del referéndum, la estabilidad a largo plazo de la región necesita que el norte y el sur de Sudán sean capaces de mantener una relación positiva.

México: Hace cuatro años que el presidente mexicano, Felipe Calderón, declaró la guerra contra los narcotraficantes del país. En ese periodo, 30.000 personas han sido víctimas del conflicto, muchas de ellas en la frontera con Estados Unidos, en gran parte como consecuencia de las luchas internas entre bandas rivales para controlar los pasillos de la droga. Hoy, Ciudad Juárez, una urbe fronteriza próxima a Texas, compite con Caracas por el título de ciudad con más muertes del mundo. En los últimos 12 meses, la violencia se ha extendido a centros culturales y económicos del país que antes se consideraban inmunes a la penetración de la droga. Por el norte, las rutas del crimen organizado mexicano llegan ya a casi todas las áreas metropolitanas de Estados Unidos. En resumen, pese al paquete de ayuda de 400 millones de dólares (unos 300 millones de euros)  anuales de EE UU y los grandes aumentos de los fondos para el Ejército, no está nada claro que el gobierno de México esté ganando -o pueda ganar- esta batalla.

Guatemala: La guerra de México contra la droga está teniendo repercusiones en toda Latinoamérica. Ante las presiones del Gobierno mexicano, los cárteles más terribles están buscando territorios más cómodos y encontrándolos en Guatemala, donde el Estado es débil y las instituciones frágiles. Si las cosas se ponen verdaderamente mal en 2011, este país podría acabar acogiendo una guerra perpetua de desgaste entre diversos cárteles, que rivalizan por el control de las rutas de la droga -y, cada vez más, los del tráfico de seres humanos- hacia Estados Unidos.

Haití: La naturaleza fue cruel con la isla en 2010, pero este año puede ser la política la que maltrate a Haití. El país más pobre del hemisferio occidental comenzó el año con un devastador terremoto en enero que mató a más de 300.000 personas y continuó con una epidemia letal de cólera y un proceso de reconstrucción lento y difícil que sigue muy retrasado y lleno de obstáculos. Las elecciones presidenciales del 28 de noviembre, que deberían haber desembocado en la formación de un nuevo gobierno legítimo, están paralizadas por las acusaciones de fraude. No se decidirá quién es el vencedor hasta que se celebre una segunda ronda en enero, pero ya han estallado protestas sobre lo que algunos consideran la injusta exclusión de varios candidatos.

Tayikistán: Una tierra de extraordinaria belleza, una pobreza terrible y unos líderes codiciosos, Tayikistán puede muy bien convertirse en un territorio perfecto para las guerrillas -procedentes de Asia Central y otros grupos musulmanes de Estados de la antigua Unión Soviética- que llevan años luchando junto a los talibanes y ahora quizá estén pensando en volver a su país para ajustar las cuentas a los brutales y corruptos dirigentes de la región.

Pakistán: Cuesta recordar un periodo en el que Pakistán no pareciera estar al borde del abismo. Este año no va a ser ninguna excepción. El país afronta una crisis humana en su parte central, donde las inundaciones han desplazado a 10 millones de personas, la amenaza contra la seguridad que representan los grupos terroristas que actúan en suelo paquistaní, y la inestabilidad política de un gobierno débil que todavía trata de ejercer el control civil sobre un Ejército todopoderoso.

Somalia: Si sigue yendo hacia abajo en 2011, todo el país puede acabar en manos de los insurgentes islamistas. Hasta ahora, el gobierno de transición, respaldado por la ONU, ha resistido los ataques de los rebeldes sólo gracias a la protección de la fuerza de paz de la Unión Africana; es un gobierno débil y dividido, nacional sólo en teoría. Además, la capital, Mogadiscio, sufre un asedio continuo de los combatientes, una realidad que ha hecho que millones de personas hayan huido de sus casas sólo en este año. Cuando el Gobierno obtiene victorias sobre los rebeldes, se cuentan en calles y manzanas, que tienen que capturar una a una.

Líbano: Si se tiene en cuenta que todavía sufre las consecuencias de una guerra con Israel en 2006 que dejó como legado un precario equilibrio de poder entre los cristianos y los fundamentalistas islámicos, se puede decir que el país de los cedros está hoy más al borde del desastre que nunca. En los próximos meses, se espera que un tribunal internacional formule cargos contra varios miembros de Hezbolá por el asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Hariri, una medida que puede desatar luchas sectarias en todo el país. Sobre todo, los procesamientos podrían acabar con el frágil acuerdo de reparto de poder conseguido en Doha en 2008. De ser así, Líbano podría sufrir la vuelta a los asesinatos políticos, la guerra abierta entre distintos grupos o nuevos intentos del Partido de Dios de reafirmar su poder político y militar.

Nigeria: El 2010 fue uno de los más difíciles para este país africano: el presidente de Nigeria desapareció por motivos médicos -y luego falleció-, cientos de personas murieron por la violencia sectaria entre musulmanes y cristianos en la región central del país, y la amnistía rebelde en la región petrolífera del Delta del Níger se rompió, produciéndose una serie de atentados y secuestros. Y no parece que 2011 vaya a ser mejor para el país más poblado de África. Está previsto que se celebren elecciones presidenciales en primavera; las últimas, en 2007, dejaron asombrados a los observadores internacionales que vieron las flagrantes intimidaciones y manipulaciones de urnas.

Guinea: Comienza 2011 con ciertas esperanzas. En diciembre, este país de África occidental presenció la toma de posesión del primer presidente electo de su historia, Alpha Condé. Tras décadas de gobiernos autocráticos, seguidas de un golpe en 2009, este nuevo sistema es verdaderamente un milagro.

R. D. del Congo: Años después del final oficial de la segunda guerra del Congo, que se prolongó de 1998 a 2003 y fue responsable de hasta 4,5 millones de muertes, franjas enteras del inmenso país centroafricano continúan en armas. En las provincias orientales de Kivu, un Ejército nacional sin disciplina combate a los grupos rebeldes por el control del territorio. En medio del torbellino de violencia y violaciones que dejan a su paso, la mayor fuerza de paz que ha desplegado la ONU en el mundo se ve impotente para proteger incluso a los que más cerca viven de sus bases. Lo que acecha detrás del conflicto es la vasta riqueza natural del Congo, que es el ejemplo perfecto de la llamada maldición de los recursos. El Gobierno, los guerrilleros, las empresas privadas y los ciudadanos buscan la forma de beneficiarse del oro, el cobalto, el cobre, el coltán y todos los demás minerales existentes bajo el suelo del país, sobre todo en el este y el sur, mientras que el Ejecutivo central tiene su sede a 1.500 kilómetros al oeste y está separado de las provincias orientales por una jungla impenetrable y una lengua y una etnia distintas. Los grupos rebeldes siguen recorriendo las regiones fronterizas orientales y ejerciendo su autoridad de manera impune y cruel. Ni el Gobierno ni los grupos rebeldes tienen la fuerza suficiente para vencer, pero ambos tienen los recursos necesarios para luchar indefinidamente".