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24 feb 2011

Un deseado 'tranvía'

Fuente | rtve.es

Todavía puede verse en el Teatro Español de Madrid -tranquilo, tienes hasta el 10 de abril- uno de los acontecimientos teatrales de la temporada: 'Un tranvía llamado deseo'; un título que se basta y se sobra para generar expectación, pues su argumento está instalado desde hace décadas en el imaginario (cinematográfico) colectivo. Pero esta nueva versión llega cargada de alicientes, que pasa a valorar Javier Vallejo (El País):

"Para la mayoría, 'Un tranvía llamado deseo' es esa película de Kazan donde el brutal Stanley Kowalski interpretado por un Marlon Brando desbordante se fajaba en lucha desigual con la temperamentalmente frágil Blanche DuBois de Vivien Leigh. Kowalski y DuBois personifican el enfrentamiento entre el estadounidense nuevo, hijo de emigrantes, brutalmente hecho a sí mismo y los últimos vestigios de una aristocracia terrateniente sureña en vías de extinción. Con Blanche, desaparecen del mapa norteamericano el viejo orden, el deseo disfrazado de cortesía, el gusto por la cultura europeizante y un lenguaje trufado de circunloquios insufribles y de citas superfluas.

Es significativo que Kazan conservara en el filme el reparto entero de la producción original de Broadway (dirigida por él mismo), salvo a la actriz protagonista: Laurence Olivier le convenció para que fuera a ver a Leigh, su esposa, en el montaje londinense, y de allí se la trajo. Interpretada por una británica rodeada de norteamericanos, la Blanche marcescente pero atractiva de Leigh simboliza la decadencia de la vieja Europa recién autodestruida durante la II Guerra Mundial.

En la versión actual demoledora, desprovista de sentimentalismo, que Frank Castorf, director de la Volksbühne berlinesa, hizo nueve años atrás, Kowalski era un ex sindicalista de Solidaridad, nostálgico de sus luchas junto a Lech Walesa, y Blanche, una exuberante Marilyn Monroe crepuscular, capaz de fajarse con su antagonista de tú a tú. Al final del combate, cuando parecía que nada más podía pasar, la boca del escenario se elevaba por sorpresa, los restos de una vajilla hecha añicos rodaban estrepitosamente pendiente abajo, y ambos protagonistas, más la bellísima Stella, Mitch y una Eunice mulata, remontaban la pendiente hasta quedar los cinco al borde del abismo, 12 metros sobre las cabezas del público.

El montaje que acaba de estrenar Mario Gas en el Teatro Español es fiel a la época, el espíritu y el ambiente de la obra original e incluso a la imagen que de ella transmite la película, aunque devuelve a Blance DuBois al centro del drama, de donde la desplaza en el cine la interpretación torrencial de Brando: lo fundamental aquí es su intento desesperado de agarrarse al estribo del tranvía de la vida, y su cuesta abajo cuando se cierran las manos que le tendían su hermana Stella, vencida por el poderoso vínculo animal que le une a Kowalski, y Mitch, novio incipiente en cuya medrosa voluntad el veneno de la difamación produce rápido un efecto letal.

Apoyado en una eficaz escenografía de Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, Mario Gas planea el canto del cisne de Blanche con un hiperrealismo menos minucioso y trabajado que el de sus memorables puestas en escena de 'Franky y Johnny' en el claro de luna y de 'La reina de belleza' de Lenanne. Vicky Peña, actriz tantas veces celebrada, da, por edad, una Blanche muy diferente de las varias que tenemos en la memoria, incluidas las recientes de Cate Blanchett y Rachel Weisz. Esta Blanche, instalada ya en la madurez, parece estar mandando sus naves al combate a la desesperada, con un nivel inicial de afectada coquetería que anticipa el fatal desenlace. Cuando se encandila con el joven vendedor de suscripciones parece reprimirse no tanto por miedo a ir demasiado lejos como por ser consciente de lo difícil que le sería.

Lo mejor de la primera parte es la escena íntima entre Mitch (un convincente Àlex Casanovas) y la protagonista, que abandona su impostura asumida: aquí Peña puede por fin explotar su veta dramática más sincera. El clímax de la segunda parte llega con el cara a cara definitivo entre Blanche, ahora gata sin tejado, y un Kowalski portuario interpretado con naturalidad de chico de barrio por Roberto Álamo, bajo una luz racheada veermeriana obra de Juan Gómez Cornejo. La difícil escena final mantiene la tensión cenital precedente. Ariadna Gil es una Stella con encanto, falta de punta dramática.

Quizás a un proyecto comercial hecho con sentido artístico, como éste, no quepa pedirle una lectura del texto más personal, pero sí una definición de producción y dramática más afinadas. El público de una función de a diario lo aplaudió todo y ovacionó a Vicky Peña".

Fuente | YouTube Juanjo Seoane / EFE

9 feb 2011

(Otra) 'Gata sobre tejado de zinc caliente'

Fuente | YouTube cdn


"Ustedes saben que no soy partidario de las versiones aligeradas, pero por una vez le doy la razón (con reparos) a Àlex Rigola, que [...] ha dejado la función en hora y media y el reparto en seis actores. De entrada, Rigola tiene el detalle de señalar que [...] es una 'adaptación libre' que como tal asume y dirige. Su poda tiene sentido: el original rebosa palabrería; 'informa' en vez de mostrar o sugerir; los personajes de Gooper y Mae, cuñados de Maggie, parecen villanos de opereta (sureña), y sobra por completo el desfile de secundarios: el cura, el médico, los niños, los criados.

Hay en el trabajo de Rigola resoluciones admirables (la forma en que Big Daddy intuye la verdad de boca de su hijo, mucho más sutil que en el original) y, qué vamos a hacerle [...]: parece que a veces no es fácil encontrar un equilibrio entre la retórica y el telegrama. En su reenfoque del texto también hay ganancias y pérdidas: Rigola humaniza a Gooper (Santi Ricart) y Mae (Ester Cort), pero convierte a Big Mama (Muntsa Alcañiz), que quiere realmente a Big Daddy (Andreu Benito) y en el tercer acto tenía peso y emoción, en una criatura errabunda y casi fantasmal, por no decir cercana a un zombi.

La escenografía de Max Glaenzel ya indica un intento de maridaje, no siempre feliz, entre naturalismo y estilización: la cama bajo un árbol muerto, la floración de arbustos de algodón, el piano atestado de botellas, y el rótulo en neón que indica, por si hiciera falta, el mantra de la obra: 'Why Is It So Hard To Talk?'. En los sesenta habrían dicho que 'La gata' era un texto sobre la incomunicación; quizás sea más preciso decir que versa sobre el autoengaño, sobre lo que rechazamos saber hasta que no queda más remedio: el origen de la culpa de Brick, la enfermedad de Big Daddy. Hablando de incomunicación, el primer acto roza, en manos de Rigola, la parodia de Antonioni. Es sugestivo que Brick (Joan Carreras) beba susurrando canciones junto al piano, como si su mente estuviera en un bar de las afueras de Marte, mientras Maggie (Chantal Aimée) clama por su retorno al tálamo, pero no me parece buena idea la insistencia en tenerles a seis metros y hablándose de perfil, distancia sólo interrumpida por un fallido intento de felación.

El clima creado por el espléndido pianista Raffel Plana, que parece tocar realmente desde otro planeta, como si las notas heladas se derritieran al contacto con la tórrida atmósfera terrestre, es notabilísimo, aunque la iluminación lóbrega y el calor de la sala empujan la magia hacia una cierta letargia. Carreras interpreta a Brick como un golden boy caído, empapado en alcohol, exhalando asco hacia todo y especialmente hacia sí mismo: parece un primo hermano de Seymour Glass y de los antihéroes de Fitzgerald. Es muy difícil interpretar desde el arrasamiento y embocar el punto justo: Carreras lo consigue. No puedo decir lo mismo de Chantal Aimée, que se entrega pero no convence, quizás porque su combinación de agonía anímica y desborde pasional resulta un tanto forzada. Falta más viveza en sus parlamentos, a ratos demasiado enfáticos. Quizás, curiosamente, requeriría algo más de texto, algo más de la verborrea nerviosa del original. Quizás, a fin de cuentas, el pugilato entre Brick y Maggie no tenga un interés superlativo. Todo cambia, y cómo, con la entrada de Andreu Benito, que interpreta a Big Daddy con su mezcla habitual de autoridad y melancolía (muy cercano a su Dorn en 'La gaviota' de la Villarroel), pero con una fuerza y unas embestidas de rabia que nunca le había visto. El brutal anhelo de sinceridad del personaje centuplica el voltaje de la función: por fin pasan cosas, por fin se coge el toro por los cuernos, por fin nos sentimos implicados en el conflicto (aunque, la verdad, suena muy raro que Brick le llame 'abuelo').

Benito y Carreras no sólo bordan un mano a mano de antología: el careo entre Brick y Big Daddy es la función, es lo que nos toca y lo que se recuerda; lo demás es planteamiento y desenlace, estructuralmente necesarios pero con muy inferior garra dramática. Incluso me atrevería a decir, cargando un poco la mano, que la historia se entendería perfectamente sólo con ese tramo. El desenlace sigue las pautas formales de un oratorio, iniciado en la culminación emocional del segundo acto con 'Song to the siren', de Tim Buckley/This Mortal Coil. Aquí Rigola está muy cerca de sus escenas del desierto en '2666' o de las nítidas fantasmagorías de Castellucci: los personajes contra la pared, como oficiantes de un ritual arcaico; los algodonales relumbrando en la penumbra como vírgenes fluorescentes; la música girando sobre sí misma, en un loop infinito, como una elegía funeral o una tormenta acercándose. La intensidad poética es sobresaliente, aunque a costa de forzar la nota pesimista. A la amputación del personaje de Big Mama, señalada al principio, hay que sumar la condena de Maggie a la inoperancia: sin lanzamiento de botellas, sin reafirmación vital, sin redención para su hombre. Pero así lo ha querido el director y adaptador".

28 ene 2011

Adiós a Paco Maestre

Paco Maestre en su último trabajo
Fuente | rtve.es

Ha muerto uno de mis más ilustres paisanos, el actor Paco Maestre, a quien disfruté con mayor provecho en el teatro que en el cine o la televisión y a quien recuerdo -fuera, memoria selectiva- en un par de ínfimos espectáculos en el Festival de Mérida, el certamen teatral de su (y mi) ciudad, en el que no seleccionó demasiado bien sus apariciones. Así relataba Rosana Torres en El País su despedida:

"El actor Paco Maestre ha fallecido en el Hospital Clínico de Madrid, donde fue ingresado hace unas horas, clínicamente muerto, tras sufrir un infarto de miocardio mientras grababa un capítulo de la serie 'Amar en tiempos revueltos', que se emite en TVE1 en las sobremesas.

Maestre era de esos grandes secundarios del cine y la televisión, y sobre todo el teatro (donde hizo más de un protagonista) que pertenecía a una generación de actores que venía a sustituir a los también geniales cómicos desaparecidos como Agustín González, Manuel Alexandre, Antonio Gamero, Luis Ciges y tantos otros.

Nació en Mérida (Badajoz) un 2 de julio de 1957, en una casa de la calle Sagasta, muy cercana a Las Siete Sillas en pleno Teatro Romano, en el que juega parte de su primera infancia.

Emigrado a Madrid en 1968, vive en los barrios de la periferia: Carabanchel, Vallecas, Entrevías y Villaverde-Bajo. De familia humilde, deja su trabajo en una oficina, al librarse de la mili por obeso, y se mete a actor hace más de tres décadas y se titula por la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid.

Lleno de recursos dramáticos Maestre trabajó en numerosas ocasiones, gracias a su educada y buena voz, en personajes del teatro lírico, como en sus últimas óperas, '¡Verdugo, verdugo!' y 'El pueblo de la avaricia', ambas de Leonardo Balada, bajo la puesta en escena de Gustavo Tambascio, director con el que Maestre trabajó en numerosas ocasiones. De hecho anoche Tambascio decidió llamarle para ofrecerle el papel de Cherubini en la zarzuela 'El dúo de la Africana' que va a montar en breve.

También trabajó bajo las órdenes de directores de cine como José Luis Alemán, Pedro Almodóvar, José Miguel Juárez, Mariano Barroso, José Luis García Sánchez, Agustí Villaronga, Álex de la Iglesia, Luis García Berlanga, Carlos Saura y José Luis Cuerda, además de ser un miembro destacado en las películas de La Cuadrilla.

A pesar de disfrutar mucho haciendo cine y televisión su pasión nada oculta era el teatro, en su versión dramática y lírica. No hace mucho obtuvo un gran éxito interpretando a Espasa de la zarzuela 'La del manojo de Rosas', dirigida por Emilio Sagi.

Recibió el Premio Max de Teatro en 1998, por su interpretación en 'Pelo de Tormenta', de Francisco Nieva en el Centro Dramático Nacional. También tiene en su haber el Premio Unión de Actores por su trabajo en 'Barrio' de Fernando León de Aranoa. También obtuvo el premio Ágora del Festival de Almagro a toda su carrera, otorgado por un jurado de críticos y expertos teatrales. Ha sido finalista unas cuantas veces al premio Unión de Actores.

En teatro trabajó bajó las órdenes de directores como Ángel Facio, Carmen Losa, Hadi Kurick, Ignacio García, José Antonio Ortega, Calixto Bieito, José Pascual, Juanjo Granda, Juan Carlos Pérez de la Fuente, José Carlos Plaza, Robert Wilson, Eduardo Fuentes, Francisco Nieva, Mario Gas, Miguel Narros y José Estruch, entre otros muchos.

En televisión también ha hecho otros fundamentales trabajos en series como 'Ana y los siete', 'Manos a la Obra', 'El Comisario', 'Pepa y Pepe' o 'Lleno por Favor'.

De carácter afable en los últimos tiempos había empezado a cuidarse una quebrada salud que años atrás le había producido problemas circulatorios, aunque algunos amigos hoy también lo achacan a su compulsiva adicción al tabaco y su tendencia a la obesidad, a pesar de que en los últimos tiempos se había quitado muchos kilos.

Hace unos minutos Tambascio recordaba los problemas físicos que atravesó cuando hicieron 'La discreta enamorada' y cómo Maestre se peleaba con su gran amigo, el también actor Emilio Gavira, cuando éste estaba dejando de fumar y Maestre le mortificaba diciendo que lo único que iba a conseguir era que se le agriara el carácter y tuviera mal humor. 'No había manera de que reconociera que tenía problemas serios de salud', ha dicho Tambascio.

El infarto le ha sobrevenido mientras grababa lo que ha terminado siendo su último personaje en 'Amar en tiempos revueltos', Celso, un hombre sin escrúpulos que no tiene la más mínima compasión por sus semejantes y que Maestre interpretaba midiendo maravillosamente las pausas y los silencios y aportando una frialdad al personaje, un fascista de la División Azul, que cortaba la respiración y conseguía dar verdadero miedo y repugnancia".